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Cósimo bajó hasta una

Cósimo bajó hasta una rama baja, cogió de la boca del perro aquel jirón desteñido que había sido ciertamente una cinta del pelo de Viola, así como aquel perro había sido sin duda un perro de Viola, olvidado allí en la última mudanza de la familia. Más aún, ahora a Cósimo le parecía recordarlo, el verano antes, todavía cachorro, asomando de un cesto del brazo de la niña rubia, y quizá se lo habían llevado como regalo en ese momento. - ¡Busca, Óptimo Máximo! - y el pachón se tiraba entre los bambúes; y volvía con otros recuerdos de ella, la cuerda de saltar, un trozo roto de cometa, un abanico. En la cima del tronco del árbol más alto del jardín, mi hermano grabó con la punta del espadín los nombres Viola y Cósimo, y luego, más abajo, seguro de que a ella le habría gustado, aunque lo llamara con otro nombre, escribió: Perro pachón Optimo Máximo. A partir de entonces, cuando se veía al muchacho sobre los árboles, se podía estar seguro de que mirando delante de él, o cerca, se vería el pachón Óptimo Máximo trotando con la barriga en el suelo. Le había enseñado la busca, la muestra, la cobranza: los trabajos de todas las especies de perros de caza, y no había animal del bosque que no cazaran juntos. Para traerle la pieza, Óptimo Máximo trepaba con dos patas a los troncos lo más arriba que podía; Cósimo descendía para coger la liebre o la perdiz de su boca y le hacía una caricia. Esas eran todas sus familiaridades, sus alegrías. Pero continuamente, entre el suelo y las ramas, corría un diálogo del uno al otro, un entendimiento, de ladridos monosilábicos y chasquidos de lengua y dedos. Esa necesaria presencia que para el perro es el hombre y para el hombre el perro, no los traicionaba nunca, ni a uno ni a otro; y aunque distintos de todos los hombres y perros del mundo, podían considerarse, como hombre y perro, felices. XI Durante mucho tiempo, toda una época de su adolescencia, la caza fue para Cósimo el mundo. También la pesca, ya que con un sedal aguardaba anguilas y truchas en los remansos del torrente. Se nos ocurría pensar a veces que quizá él ya tenía sentidos e instintos distintos de los nuestros, y que aquellas pieles con las que se ataviaba correspondían a una mutación total de su naturaleza. Desde luego, el estar continuamente en contacto con las cortezas de los árboles, fija la mirada en el moverse de las plumas, los pelos, las escamas, en esa gama de colores que presenta esta apariencia del mundo, y luego la verde corriente que circula como una sangre de otro mundo en las venas de las hojas: todas estas formas de vida tan alejadas de la humana como un tallo de planta, un pico de tordo, una branquia de pez, estos confines de lo salvaje a los que tan profundamente se había arrojado, podían ahora modelar su ánimo, hacerle perder toda semblanza de hombre. Y en cambio, por muchos dones que él absorbiese de la comunión con las plantas y de la lucha con los animales, siempre vi claramente que su puesto estaba aquí, que estaba de nuestra parte. Pero aunque fuera sin querer, algunas costumbres se hacían más raras y se perdían. Como el seguirnos las fiestas a la misa mayor de Ombrosa. Durante los primeros meses trató de hacerlo. Cada domingo, al salir toda la familia apretujada, vestida de ceremonia, lo encontrábamos sobre las ramas, también él, en cierto modo, con un intento de traje de fiesta, por ejemplo, con el viejo frac desenterrado, o el tricornio en lugar del gorro de piel. Nosotros nos encaminábamos, él nos seguía por las ramas, e íbamos así hasta el recinto sagrado, observados por todos los ombrosenses (aunque pronto se habituaron y disminuyó también la incomodidad de nuestro padre), nosotros acompasados, él saltando por los aires, lo que debía de ser una extraña visión, sobre todo en invierno, con los árboles desnudos. Entrábamos en la catedral, nos sentábamos en nuestro banco de familia, y él se quedaba fuera, se apostaba en un acebo al lado de una nave, justamente a

la altura de una gran ventana. Desde nuestro banco veíamos a través de las vidrieras la sombra de las ramas y, en medio, la de Cósimo, con el sombrero en el pecho y la cabeza inclinada. Por el acuerdo de mi padre con un sacristán, se mantuvo entornada esa vidriera todos los domingos, y así mi hermano podía seguir la misa desde su árbol. Pero con el paso del tiempo ya no lo vimos. La ventana fue cerrada porque había corriente. Muchas cosas que antes habrían sido importantes, para él ya no lo eran. En primavera se prometió nuestra hermana. ¿Quién lo habría dicho, sólo un año antes? Vinieron estos condes de Estomac con el condesito, se dio una gran fiesta. Todas las habitaciones de nuestro palacio estaban iluminadas, había toda la nobleza de los alrededores, se bailaba. ¿Quién pensaba ya en Cósimo? Pues bien, no es cierto, todos pensábamos en él. De vez en cuando miraba por las ventanas para ver si llegaba; y nuestro padre estaba triste, y en aquella alegría familiar no había duda que su pensamiento se dirigía hacia él, que se había autoexcluido; y la generala que mandaba sobre toda la fiesta como si de una plaza de armas se tratara, quería sólo desahogar su congoja por el ausente. Quizá también Battista, que hacía piruetas, irreconocible fuera de sus ropas monacales, con una peluca que parecía de mazapán, y un grand panier adornado con corales que no sé que modista le había confeccionado, también ella aseguraría yo que pensaba en Cósimo. Y él estaba escondido - lo supe después -, estaba en la sombra de la cima de un plátano, al fresco, y veía las ventanas llenas de luz, las conocidas estancias aparejadas para la fiesta, la gente empelucada que bailaba. ¿Qué pensamientos pasaban por su cabeza? ¿Añoraba al menos un poco nuestra vida? ¿Pensaba en lo corto que era ese paso que lo separaba del regreso a nuestro mundo, en lo corto y lo fácil? No sé qué pensaba, qué quería. Sólo sé que permaneció allí todo el tiempo que duró la fiesta, e incluso más, hasta que uno a uno se apagaron los candelabros y no quedó ni una ventana iluminada. Las relaciones de Cósimo con la familia, pues, mal que bien continuaban. Mejor dicho, con un miembro de ella se hicieron más estrechas, puede decirse que sólo ahora aprendió a conocerlo: el caballero abogado Enea Silvio Carrega. Este hombre medio desvanecido, huidizo, del que nunca se conseguía saber dónde estaba o qué hacía, Cósimo descubrió que era el único de toda la familia que tenía un gran número de ocupaciones, y no sólo eso sino que nada de lo que hacía era inútil. Salía, tal vez en la hora más cálida de la tarde, con el fez plantado en la coronilla, en chancletas y la cimarra larga hasta el suelo, y desaparecía como si lo hubiesen tragado las grietas del terreno, o los setos, o las piedras de los muros. Incluso Cósimo, que se divertía estando siempre de vigía (o mejor, no es que se divirtiera, ya era éste su estado natural, como si su ojo abarcara un horizonte tan ancho que lo incluía todo), en un momento dado dejaba de verlo. Alguna vez se ponía a correr de rama en rama hacia el sitio donde había desaparecido, y no conseguía saber nunca qué camino había tomado. Pero había un indicio que se repetía siempre en aquellos parajes: abejas que volaban. Cósimo acabó por convencerse de que la presencia del caballero estaba relacionada con las abejas y que para localizarlo había que seguir su vuelo. Pero ¿cómo hacerlo? En torno a cada planta en flor había un disperso zumbido de abejas; no había que dejarse distraer por recorridos aislados y secundarios, sino seguir el invisible camino aéreo por el que el vaivén de las abejas se hacía cada vez más espeso, hasta que se llegaba a ver una densa nube que se alzaba detrás de un seto, como humo. Allí estaban las colmenas, una o varias, en fila sobre una tabla, y absorto con ellas, en medio del hervidero de abejas, estaba el caballero. Era en efecto, ésta de la apicultura, una de las actividades secretas de nuestro tío natural; secreta hasta cierto punto, porque él mismo traía a la mesa, de vez en cuando, un panal chorreante de miel recién cogida de la colmena; pero se desarrollaba totalmente fuera del ámbito de nuestras propiedades, en lugares que él evidentemente no quería que

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