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el-baron-rampante

se supieran. Debía de

se supieran. Debía de ser una precaución suya, para sustraer las ganancias de esta personal industria al mal estado de la bolsa de la administración familiar; o quizá - ya que desde luego el hombre no era avaro, y además, ¿qué podía rendirle aquel poco de miel y de cera? - para tener algo en lo que el barón su hermano no metiera la nariz, no pretendiese llevarlo de la mano; o quizá, incluso, para no mezclar las pocas cosas que amaba, como la apicultura, con las muchas que no amaba, como la administración. De todas maneras, era un hecho que nuestro padre nunca le habría permitido tener abejas cerca de casa, porque el barón tenía un miedo irrazonable de que le picasen, y cuando por casualidad se encontraba con una abeja o una avispa en el jardín, escapaba con una absurda carrera por las alamedas, metiéndose las manos en la peluca como para protegerse de los picotazos de un águila. Una vez, en una situación así, le voló la peluca; la abeja, espantada por su arrebato, se le echó encima y le clavó el aguijón en el cráneo calvo. Estuvo tres días con pañuelos empapados de vinagre en la cabeza, porque era así, muy violento y fuerte en los casos más graves, pero, en cambio, un pequeño arañazo o un forúnculo insignificante lo hacían ponerse como loco. Así pues, Enea Silvio Carrega había diseminado su cría de abejas por aquí y por allí en todo el valle de Ombrosa; los propietarios le daban permiso para tener una colmena o dos en uno de sus bancales, a cambio de un poco de miel, y él andaba siempre de un sitio para otro, atareado en torno a las colmenas moviéndose de una forma que parecía tener patitas de abeja en lugar de manos, también a causa de que las llevaba, para que no le picasen, enfundadas en unos mitones negros. En la cara, enrollado alrededor del fez como un turbante, llevaba un velo negro, que a cada respiración se le pegaba y levantaba sobre la boca. Y movía un artefacto que esparcía humo, para alejar a los insectos mientras él hurgaba en las colmenas. Y todo, hervidero de abejas, velos, nubes de humo, le parecía a Cósimo un encantamiento que aquel hombre trataba de suscitar para desaparecer de allí, borrarse, volar lejos, y después renacer otro, o en otro tiempo, o en otro lugar. Pero era un negro de poca monta, porque reaparecía siempre igual, tal vez chupándose una yema del dedo pinchada. Era ya primavera. Cósimo una mañana vio el aire como enloquecido, vibrante con un sonido nunca oído, un zumbido que llegaba a ser un estruendo, y atravesado por un pedrisco que en vez de caer se desplazaba en dirección horizontal, como un lento torbellino diseminado, que seguía una especie de columna más densa. Era una multitud de abejas: y en torno estaba el verde y las flores y el sol; y Cósimo, que no comprendía qué era, se sintió presa de una excitación ansiosa y feroz. - ¡Las abejas se escapan! ¡Caballero abogado! ¡Las abejas se escapan! - empezó a gritar, corriendo por los árboles en busca de Carrega. - No se escapan: enjambran - dijo la voz del caballero, y Cósimo lo vio debajo, despuntado como un hongo, mientras le hacía señas de que estuviera callado. Después enseguida se alejó, desapareció. ¿Adónde había ido? Era la época de los enjambres. Una multitud de abejas estaba siguiendo a una reina que salía de la vieja colmena. Cósimo miró a su alrededor. Volvía a aparecer por la puerta de la cocina el caballero abogado y llevaba en la mano un caldero y una sartén. Ahora golpeaba la sartén contra el caldero y extraía un ¡ding!, ¡ding! muy fuerte, que atronaba los tímpanos y se apagaba en una larga vibración, tan molesta que daban ganas de taparse las orejas. Percutiendo esos utensilios de cobre cada tres pasos, el caballero abogado caminaba detrás de las abejas. A cada uno de los sonidos, el enjambre parecía asaltado por una sacudida, un rápido bajar y volver arriba, y el zumbido parecía atenuarse, el vuelo más incierto. Cósimo no veía bien, pero creía que ahora todo el enjambre convergía hacia un punto en el verde, y que no iba más allá. Y Carrega continuaba dando golpes en el caldero. - ¿Qué sucede, caballero abogado? ¿Qué hace? - le preguntó mi hermano, llegando hasta él.

- Rápido - farfulló -, ve al árbol donde se ha parado el enjambre, ¡pero cuidado con moverlo hasta que llegue yo! Las abejas descendían hacia un granado. Cósimo llegó allí y al principio no vio nada, luego enseguida descubrió una especie de fruto grueso, como una piña, que colgaba de una rama, y estaba compuesto en su totalidad por abejas agarradas unas sobre otras, y continuamente llegaban otras a engrosarlo. Cósimo estaba en lo alto del granado conteniendo la respiración. Debajo colgaba el racimo de abejas, y cuanto más grueso se volvía más ligero parecía, como si pendiera de un hilo, o todavía menos, de las patitas de una vieja abeja reina, y compuesto por un sutil cartílago, con todas aquellas alas crujientes que extendían su diáfano color gris sobre las estrías negras y amarillas de los abdómenes. El caballero abogado llegó dando saltitos, y sostenía entre las manos una colmena. La aproximó invertida al racimo. «Venga», dijo bajito a Cósimo, «una pequeña sacudida seca». Cósimo zarandeó apenas el granado. El enjambre de millares de abejas se soltó como una hoja, cayó a la colmena, y el caballero la tapó con una tabla. «Listo». Así fue como nació entre Cósimo y el caballero abogado un entendimiento, una colaboración que podría llamarse incluso amistad, si amistad no pareciese un término excesivo, referido a dos personas tan poco sociables. En el terreno de la hidráulica, mi hermano y Enea también terminaron por encontrarse. Puede parecer extraño, porque quien se pasa la vida sobre los árboles difícilmente tiene algo que ver con pozos y canales; pero ya os he hablado de aquel sistema de fuente colgante que Cósimo había inventado, con una corteza de álamo que llevaba el agua de una cascada a las ramas de una encina. Al caballero abogado, por otra parte, y pese a su distracción, nada se le escapaba de cuanto se relacionara con las venas de agua de todos aquellos campos. Desde encima de la cascada, escondido tras un aligustre, espió a Cósimo cuando sacaba la conducción de entre las frondas de la encina (donde la volvía a poner cuando no la utilizaba, por esa costumbre de los salvajes, que hizo también suya enseguida, de esconderlo todo), la apoyaba en una horqueta de la encina y en unas piedras del precipicio por el otro lado, y bebía. A la vista de aquello, quién sabe qué cosas pasaron por la cabeza del caballero: fue presa de uno de sus raros momentos de euforia. Asomó tras el aligustre, dio palmadas, pegó dos o tres brincos que parecía que saltase a la cuerda, salpicó agua; por poco no se mete en la cascada y se arroja al abismo. Y empezó a explicarle al muchacho la idea que había tenido. La idea era confusa y la explicación todavía más: el caballero abogado ordinariamente hablaba en dialecto, por modestia más que por ignorancia de la lengua, pero en estos imprevisibles momentos de excitación pasaba directamente del dialecto al turco, sin que se diera cuenta, y no se entendía nada. En pocas palabras: se le había ocurrido la idea de un acueducto colgante, con una conducción sostenida precisamente por las ramas de los árboles, que permitiría alcanzar la vertiente opuesta del valle, árida, y regarla. Y el perfeccionamiento que Cósimo, secundando de inmediato su proyecto, le sugirió: usar en ciertos puntos troncos de conducción agujereados, para que lloviera sobre los sembrados, lo dejó pasmado. Corrió a esconderse en su estudio, a llenar hojas y más hojas de proyectos. También Cósimo puso interés en ello, porque todo lo que se podía hacer referente a los árboles le gustaba, y le parecía que ayudaba a dar una nueva importancia y autoridad a su posición allá arriba; y creyó haber encontrado en Enea Silvio Carrega un insospechado compañero. Se citaban en ciertos árboles bajos; el caballero abogado subía con la escalera de mano, los brazos atestados de rollos de dibujos; y discutían durante horas los desarrollos, cada vez más complicados, de aquel acueducto. Pero nunca se pasó a la fase práctica. Enea Silvio se cansó, disminuyó sus coloquios con Cósimo, jamás terminó los dibujos; tras una semana debía haberse ya olvidado de

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