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el-baron-rampante

- Decidme, según

- Decidme, según vosotros, el de la carroza de anoche, ¿fue un golpe de Gian dei Brughi, no? - Todos los golpes son de Gian dei Brughi cuando salen bien. ¿No lo sabes? - ¿Por qué cuando salen bien? - Porque cuando no salen bien, ¡quiere decir que son realmente de Gian dei Brughi! - ¡Ja, ja! ¡Ese chapucero! Cósimo ya no entendía nada. - ¿Gian dei Brughi un chapucero? Los otros, entonces, se apresuraban a cambiar de tono: - Claro que no, claro que no, ¡es un bandido que da miedo a todos! - ¿Lo habéis visto vosotros? - ¿Nosotros? ¿Y quién lo ha visto alguna vez? - Pero ¿estáis seguros de que exista? - ¡Esa sí que es buena! ¡Claro que existe! Pero si no existiera... - ¿Si no existiera? -...Sería lo mismo. ¡Ja, ja, ja! - Pero todos dicen... - Claro, es lo que hay que decir: ¡es Gian dei Brughi que roba y mata por todas partes, ese terrible bandido! ¡Quisiéramos ver que alguien lo dudase! En fin, Cósimo había comprendido que el miedo a Gian dei Brughi que había por el valle, cuanto más se subía hacia el bosque más se convertía en una actitud dudosa y a menudo abiertamente burlona. La curiosidad de dar con él se le pasó, porque comprendió que Gian dei Brughi a la gente más experta no le importaba nada. Y fue precisamente entonces cuando ocurrió el encuentro. Cósimo estaba en un nogal, una tarde, y leía. Le había entrado hacía poco la nostalgia de algún libro: estar todo el día con el fusil apuntando, esperando que llegue un pinzón, a la larga aburre. Así pues, leía el Gil Blas, de Lesage, sosteniendo con una mano el libro y con la otra el fusil. Óptimo Máximo, al que no le gustaba que su amo leyese, daba vueltas alrededor buscando pretextos para distraerlo: ladrando por ejemplo a una mariposa, para ver si conseguía hacerle apuntar el fusil. Y de pronto, bajando de la montaña, por el sendero, venía corriendo y jadeando un hombre barbudo y mal vestido, desarmado, y detrás llevaba a dos esbirros con los sables desenvainados que gritaban: «¡Detenedlo! ¡Es Gian dei Brughi! ¡Lo hemos cogido, al fin!» Ahora el bandido se había distanciado un poco de los esbirros, pero si continuaba moviéndose torpemente como quien tiene miedo de equivocarse de camino o caer en alguna trampa, los tendría pronto pisándole los talones. El nogal de Cósimo no presentaba agarraderos para quien quisiera trepar, pero él tenía allí en la rama una cuerda de esas que llevaba siempre consigo para superar los pasos difíciles. Tiró un extremo a tierra y ató el otro a la rama. El bandido vio caer aquella cuerda casi en las narices, se retorció las manos un momento en la incertidumbre, luego se agarró a la cuerda y trepó con rapidez, revelándose como uno de esos inseguros impulsivos o impulsivos inseguros que parece que nunca sepan aprovechar el momento justo y por el contrario atinan siempre. Llegaron los esbirros. La cuerda ya había sido retirada y Gian dei Brughi estaba junto a Cósimo entre las frondas del nogal. El camino se bifurcaba. Los esbirros tomaron cada uno por un lado distinto, luego se volvieron a encontrar, y no sabían a donde ir. Y repentinamente toparon con Óptimo Máximo que meneaba la cola por aquellos parajes. - ¡En! - dijo uno de los esbirros al otro -, ¿no es éste el perro del hijo del barón, el que vive en los árboles? Si el muchacho está por aquí cerca podrá decirnos algo. - ¡Estoy aquí arriba! - gritó Cósimo. Pero no gritó desde el nogal donde estaba antes y en donde estaba escondido el bandido; se había desplazado rápidamente a un castaño

de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza en aquella dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno. - Buenos días, Señoría - dijeron -, ¿por casualidad no habréis visto correr al bandido Gian dei Brughi? - Quién era no lo sé - respondió Cósimo -, pero si buscáis a un hombrecito que corría, ha tomado por ahí, hacia el torrente... - ¿Un hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo... - Bueno, desde aquí parecéis todos pequeños... - ¡Gracias, Señoría! - y tiraron hacia el torrente. Cósimo volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei Brughi todavía estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos y la barba hirsutos y rojos como los mismos brezos, con hojas secas, erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos. Escrutaba a Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo. - ¿Se han ido? - se decidió a preguntar. - Sí, sí - dijo Cósimo, afable -. ¿Es usted el bandido Gian dei Brughi? - ¿Cómo me conoce? - Ah, pues, por la fama. - ¿Y usted es el que nunca baja de los árboles? - Sí. ¿Cómo lo sabe? - Bueno, también yo, la fama corre. Se miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se encuentran por casualidad y están contentas de no ser desconocidas la una para la otra. Cósimo no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer. - ¿Qué lee? - El Gil Blas, de Lesage. - ¿Es bonito? - Pues sí. - ¿Le falta mucho para terminarlo? - ¿Por qué? Bueno, unas veinte páginas. - Porque cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara - sonrió, algo confundido -. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se sabe qué hacer. Si tuviera un libro de vez en cuando, digo. Una vez detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo cogí. Me lo llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del botín, con tal de quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la linterna, me dispongo a leer..., ¡estaba en latín! No entendía ni una palabra... - Sacudió la cabeza -. Ya ve, yo el latín no lo sé... - Bueno, el latín, caray, es difícil - dijo Cósimo, y sintió que a pesar suyo estaba tomando un aire protector -. Este está en francés... - Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos - dijo Gian dei Brughi -. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Está la mar molt alborotada. En media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei Brughi. Así empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei Brughi había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo, tomaba en préstamo otro, escapaba a esconderse a su refugio secreto, y se hundía en la lectura. A Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa, y cuando los había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a quedárselos más tiempo, porque una vez leídos se los pasaba a Gian dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién sabe dónde los tenía el bandido. En días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre un determinado árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya que el bosque estaba siempre batido por los esbirros. Esto tan simple era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano, que desde luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal. Pero a Gian dei

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