Views
5 months ago

el-baron-rampante

Ya no conseguía dar

Ya no conseguía dar impulso con los remos, cuando se acercó una sombra, otra lancha berberisca. Quizá desde la nave habían oído el ruido de la batalla en la orilla, y mandaban exploradores. Cósimo resbaló hasta la mitad del palo, para que lo ocultase la vela. El viejo, en cambio, comenzó a gritar en lengua franca que lo recogieran, que lo llevasen a la nave, y extendía los brazos. Fue oído, en efecto: dos jenízaros con turbante, en cuanto estuvo al alcance de la mano, lo agarraron por los hombros, lo levantaron ligero como era, y lo arrastraron a su barca. Aquella en la que estaba Cósimo, de rebote fue apartada, la vela cogió viento, y así mi hermano, que ya se veía muerto, se salvó de ser descubierto. Alejándose con el viento, a Cósimo le llegaban de la lancha pirata voces como de un altercado. Una palabra, dicha por los moros, que sonó parecida a «¡Marrano!», y la voz del viejo que se oía repetir como un idiota: «¡Ah, Zaira!», no dejaban lugar a dudas sobre la acogida que le habían dispensado al caballero. Sin duda lo consideraban responsable de la emboscada de la gruta, de la pérdida del botín, de la muerte de los suyos; lo acusaban de haberlos traicionado... Se oyó un grito, una zambullida, después silencio; a Cósimo le vino el recuerdo, nítido como si lo oyera, de la voz de su padre cuando gritaba: «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», persiguiendo a su hermano natural por el campo; y escondió el rostro en la vela. Volvió a subir a la verga, para ver adonde estaba yendo la barca. Algo flotaba en medio del mar como transportado por una corriente: un objeto, una especie de boya, pero una boya con cola... Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto al revés del caballero abogado que miraba con su habitual aire asustado, la boca abierta, y de la barba para abajo todo el resto estaba en el agua y no se veía, y Cósimo gritó: - ¡Caballero! ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no subís? ¡Agarraos a la barca! ¡Ahora os ayudo a subir! ¡Caballero! Pero su tío no respondía: flotaba, flotaba, mirando hacia arriba con aquel ojo aterrado que parecía que no viese nada. Y Cósimo dijo: - ¡Venga, Óptimo Máximo! ¡Tírate al agua! ¡Coge al caballero por el cogote! ¡Sálvalo! ¡Sálvalo! El perro obediente se zambulló, trató de aferrar por el cogote al viejo, no lo consiguió, lo cogió por la barba. - ¡He dicho por el cogote, Óptimo Máximo! - insistió Cósimo, pero el perro levantó la cabeza por la barba y la empujó hasta el borde de la barca, y se vio que de cogote ya no había, no había ni cuerpo ni nada, había sólo una cabeza, la cabeza de Enea Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra. XVI El final del caballero abogado fue contado por Cósimo al principio en una versión harto distinta. Cuando el viento llevó a la orilla a la barca con él encogido en la verga y Óptimo Máximo la siguió arrastrando la cabeza cortada, a la gente que había acudido a su llamada le contó - desde el árbol al que se había rápidamente trasladado con la ayuda de una cuerda - una historia bastante más simple: es decir, que el caballero había sido raptado por los piratas y después le habían dado muerte. Quizá era una versión dictada por el pensamiento de su padre, cuyo dolor sería tan grande con la noticia de la muerte del hermanastro y la visión de aquellos lastimosos restos, que Cósimo no se atrevió a apesadumbrarlo con la revelación de la felonía del caballero. Más aún, a continuación intentó, al oír hablar del abatimiento en que el barón había caído, construir para nuestro tío natural una gloria ficticia, inventando una lucha secreta y astuta para desbaratar a los piratas, a la que hacía tiempo que se dedicaba y que, descubierto, lo había llevado al

suplicio. Pero era un relato contradictorio y lleno de lagunas, también porque había algo más que Cósimo quería esconder, o sea el desembarco de lo hurtado por los piratas a la gruta y la intervención de los carboneros. Y en efecto, si la cosa se hubiese llegado a saber, toda la población de Ombrosa habría subido al bosque para quitarles las mercancías a los bergamascos, tratándolos de ladrones. Después de algunas semanas, cuando estuvo seguro de que los carboneros habían dado salida a todo, contó el asalto a la gruta. Y quien quiso subir para recuperar algo se quedó con las manos vacías. Los carboneros lo habían dividido todo en partes equitativas, el bacalao curado hoja a hoja, los salchichones, el queso, y con lo que sobró hicieron un gran banquete en el bosque que duró todo el día. Nuestro padre había envejecido mucho y el dolor por la pérdida de Enea Silvio tenía extrañas consecuencias sobre su carácter. Así le entró la manía de que las obras del hermano natural no se perdiesen. Y por lo mismo quiso cuidarse de la cría de las abejas, y se entregó a ello con gran gravedad, aunque nunca hasta entonces había visto de cerca una colmena. Se dirigía a Cósimo para que le aconsejara, pues éste algo había aprendido; no es que le hiciese preguntas, pero conducía la conversación hacia la apicultura y se quedaba escuchando lo que Cósimo decía, y luego lo repetía como una orden a los campesinos, con tono irritado y suficiente, como si fueran cosas archisabidas. A las colmenas trataba de no acercarse mucho, por aquel miedo suyo a que le picasen las abejas, pero quería demostrar que lo sabía vencer, y quién sabe el esfuerzo que le costaba. Del mismo modo daba órdenes de excavar unos canales, para acabar un proyecto iniciado por el pobre Enea Silvio; y si lo hubiese conseguido habría sido todo un acontecimiento, porque el finado nunca había llevado a término ninguno. Esta tardía pasión del barón por asuntos prácticos duró poco, desgraciadamente. Un día que, entre las colmenas y los canales, andaba ajetreado y nervioso, al hacer un movimiento brusco vio que se le echaban encima un par de abejas. Le entró miedo, empezó a agitar las manos, volcó una colmena, se alejó corriendo con una nube de abejas detrás. Al escapar a ciegas terminó en aquel canal que estaban intentando llenar de agua, y lo sacaron hecho una sopa. Lo metieron en la cama. Entre la fiebre de las picaduras y la del resfriado del baño, tuvo para una semana; luego podía considerarse curado. Pero le entró un abatimiento que no quiso levantarse más. Estaba siempre en la cama y había perdido todo apego a la vida. No había conseguido nada de lo que quería hacer: del ducado ya nadie hablaba, su primogénito seguía en los árboles incluso ahora que era un hombre, el hermanastro había muerto asesinado, la hija estaba casada lejos con gente aún más antipática que ella, yo todavía era demasiado pequeño como para estar junto a él, y su mujer demasiado decidida y autoritaria. Empezó a desvariar, a decir que los jesuitas ya habían ocupado su casa y no podía salir de la habitación, y así, lleno de amarguras y manías como siempre había vivido, le sobrevino la muerte. Cósimo también siguió el entierro, pasando de un árbol a otro, pero no consiguió entrar en el cementerio, porque a los cipreses, de fronda tan espesa, no hay modo de trepar. Asistió al sepelio desde el otro lado de la tapia, y cuando todos nosotros echamos un puñado de tierra sobre el ataúd, él echó una ramita con hojas. Yo pensaba que de mi padre todos habíamos estado siempre distanciados, como Cósimo sobre los árboles. Ahora el barón de Rondó era Cósimo. Su vida no cambió. Cuidaba, es cierto, de los intereses de nuestros bienes, pero siempre de modo intermitente. Cuando los administradores y arrendatarios lo buscaban no sabían nunca dónde encontrarlo; y cuando menos querían que los viese, lo tenían allí, sobre las ramas. También para cuidar de estos negocios familiares, Cósimo, ahora, se dejaba ver con más frecuencia en la ciudad, se paraba en el gran nogal de la plaza o en los acebos,

Ficción
813.54-S642d-Despertar_cronicas_vampiricas_I
Kelley%20Armstrong%20-%20Serie%20Darkest%20Powers%2002%20-%20El%20Despertar
isla-interior-angel-santiesteban-prats
adictos - Diputación Provincial de Albacete
el-cuaderno-dorado_dorislessing
AnimaBarda_Abril2012