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el-baron-rampante

aquella

aquella invectiva feroz: «¡Yo me río de todos vuestros antepasados, señor padre!», que ya anunciaba su vocación de rebelde. Nuestra hermana, en el fondo, lo mismo. También ella, si bien vivía en el aislamiento que le había impuesto nuestro padre, tras la historia del marquesito De la Mela, siempre había sido de espíritu rebelde y solitario. Qué fue lo que pasó aquella vez con el marquesito, nunca se supo del todo. Hijo de una familia enemiga nuestra, ¿cómo se pudo introducir en casa? ¿Y para qué? Para seducir, o mejor, para violar a nuestra hermana, se dijo en el largo litigio que mantuvieron después las dos familias. En realidad, nunca conseguimos imaginarnos a aquel bobalicón pecoso como un seductor, y menos aún con nuestra hermana, desde luego más fuerte que él, y famosa por echar pulsos incluso con los mozos de cuadra. Y además, ¿por qué fue él quien gritó? Y los criados que acudieron con nuestro padre, ¿por qué lo hallaron con los pantalones hechos pedazos, destrozados como por las garras de una tigresa? Los De la Mela nunca quisieron admitir que su hijo hubiese atentado contra el honor de Battista ni consintieron el matrimonio. Así nuestra hermana acabó sepultada en casa, con los hábitos de monja, aún sin haber hecho votos ni siquiera de terciaria, dada su dudosa vocación. Su ánimo pérfido se expansionaba sobre todo con la cocina. Era excelente cocinando, ya que no le faltaba ni prontitud ni fantasía, cualidades principales para una cocinera, pero donde ella ponía las manos no se sabía qué sorpresas podían llegarnos luego a la mesa; una vez preparó unas tostadas con paté, la verdad es que exquisitas, de hígado de ratón, y no nos lo dijo hasta que las hubimos comido y encontrado buenas; por no hablar de las patas de saltamontes, las de atrás, duras y dentelladas, puestas en mosaico sobre un pastel; y los rabitos de cerdo, asados como si hubiesen sido rosquillas; y aquella vez que dio a cocer un puercoespín entero, con todas las púas, quién sabe por qué, desde luego sólo para impresionarnos cuando levantaron el cubreplatos, porque ni ella, que siempre comía todas las cosas raras que preparaba, lo quiso probar, aún cuando era un puercoespín cachorro, rosado, sin duda tierno. En realidad, gran parte de esta horrenda cocina era ingeniada sólo por su aspecto, más que por el placer de hacernos saborear junto a ella manjares con unos sabores horripilantes. Estos platos de Battista eran unas obras de delicada orfebrería animal o vegetal: coliflores con orejas de liebre puestas sobre un anillo de pelos de liebre; o una cabeza de cerdo de cuya boca salía, como si sacara la lengua, una langosta roja, y la langosta entre las pinzas sujetaba la lengua del cerdo como si se la hubiese arrancado. Luego los caracoles: había conseguido decapitar no sé cuántos caracoles, y las cabezas, aquellas cabezas de caballitos tan viscosas, las había clavado, creo que con mondadientes, sobre unas pastas de hojaldre, y parecían, cuando llegaron a la mesa, una bandada de minúsculos cisnes. Y más aún que la vista de aquellas chucherías impresionaba pensar en todo el empeño que sin duda Battista había puesto al prepararlas, imaginar sus manos sutiles mientras desmembraban aquellos cuerpecitos de animales. El modo en que los caracoles excitaban la macabra fantasía de nuestra hermana, nos empujó, a mi hermano y a mí, a una rebelión, que era, al mismo tiempo, de solidaridad con los pobres animales atormentados, de desagrado por el sabor de los caracoles cocidos y de exasperación por todos y todo, hasta el punto que no hay que sorprenderse que a partir de ese momento madurase Cósimo su gesto y todo lo que le siguió. Habíamos urdido un plan. Cuando el caballero abogado traía a casa un cesto lleno de caracoles comestibles, los metían en un tonel de la bodega, para que ayunaran, y comiendo sólo salvado se purgasen. Al desplazar la tapa de tablas de este tonel aparecía una especie de infierno, en el que los caracoles subían por las duelas con una lentitud que ya era un presagio de agonía, entre restos de salvado, estrías de opaca baba agrumada y coloreados excrementos, recuerdo de los buenos tiempos de las hierbas al aire libre. Algunos estaban fuera del caparazón, con la cabeza extendida y los cuernos separados, otros encogidos, dejando asomar solamente desconfiadas antenas, otros de

tertulia como comadres, otros adormecidos y encerrados, otros muertos, vueltos al revés. Para salvarlos del encuentro con aquella siniestra cocinera, y para salvarnos a nosotros de sus opíparas comidas, practicamos un agujero en el fondo del tonel, y desde allí trazamos con briznas de hierba picada y miel, un camino lo más escondido posible, detrás de barriles y aparejos de la bodega, para incitar a los caracoles a la fuga, hasta un ventanuco que daba a un bancal inculto y lleno de maleza. Al día siguiente, cuando bajamos a la bodega a examinar los efectos de nuestro plan, a la luz de una vela inspeccionamos las paredes y los corredores. «¡Aquí hay uno! ¡Aquí otro! ¡Mira éste hasta dónde ha llegado!» Ya una hilera de caracoles sin grandes claros recorría el suelo y las paredes, del tonel al ventanuco, siguiendo nuestra pista. «¡Rápido, caracoles! ¡De prisa, escapad!», no pudimos contenernos de decirles, viendo los animalillos andar lentamente, no sin desviarse en inútiles rodeos por las desconchadas paredes de la bodega, atraídos por ocasionales depósitos y mohos y grumos; pero la bodega estaba oscura, abarrotada, accidentada; esperábamos que nadie pudiera descubrirlos, que todos tuvieran tiempo de escapar. En cambio, aquel alma sin paz de nuestra hermana Battista de noche recorría toda la casa a la caza de ratones, sosteniendo un candelabro, y con la escopeta bajo el brazo. Aquella noche pasó por la bodega, y la luz del candelabro iluminó un caracol perdido en el techo, con la estela de baba argéntea. Retumbó un disparo. Todos en las camas nos sobresaltamos, pero enseguida volvimos a hundir la cabeza en la almohada, acostumbrados como estábamos a las cacerías nocturnas de la monja doméstica. Pero Battista, destruido el caracol y desplomado un trozo de revoque con aquel escopetazo irrazonable, comenzó a gritar con su vocecilla estridente: «¡Socorro! ¡Se escapan todos! ¡Socorro!» Acudieron los criados medio desnudos, nuestro padre armado con un sable, el abate sin peluca, y el caballero abogado, aún antes de entender nada, por miedo a incordios, escapó al campo y se fue a dormir a un pajar. Al claror de las antorchas todos se pusieron a dar caza a los caracoles por la bodega, aunque a nadie le importaran gran cosa, pero ahora ya estaban despiertos y no querían admitir, por el amor propio de siempre, que se habían molestado para nada. Descubrieron el agujero en el tonel y comprendieron en seguida que habíamos sido nosotros. Nuestro padre vino a calentarnos a la cama, con el látigo del cochero. Acabamos recubiertos de estrías violetas en la espalda, las nalgas y las piernas, encerrados en un triste cuartucho a modo de prisión. Nos tuvieron allí tres días, a pan, agua, ensalada y sopa fría (que, por suerte, nos gustaba). Después, la primera comida en familia, como si nada hubiese ocurrido, todos de maravilla, aquel mediodía del 15 de junio; ¿y qué había preparado nuestra hermana Battista, encargada de la cocina? Sopa de caracoles y guiso de caracoles. Cósimo no quiso tocar ni siquiera un caparazón. «¡Comed u os volvemos a encerrar de inmediato en el cuartucho!» Yo cedí, y empecé a tragarme los moluscos. (Fue un poco una bajeza por mi parte, que hizo que mi hermano se sintiera más solo, por lo que en su abandonarnos había también una protesta contra mí, que lo había decepcionado; pero sólo tenía ocho años, y además ¿de qué sirve comparar mi fuerza de voluntad, o mejor, la que podía tener de niño con la obstinación sobrehumana que marcó la vida de mi hermano?) - ¿Y eso? - dijo nuestro padre a Cósimo. - ¡No y no! - dijo Cósimo, y rechazó el plato. - ¡Fuera de esta mesa! Pero Cósimo ya nos había vuelto las espaldas y estaba saliendo del comedor. - ¿Adónde vas? Lo veíamos por la puerta de cristales mientras cogía su tricornio y su espadín en el vestíbulo. - ¡Lo sé yo! - y corrió hacia el jardín.

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