Views
10 months ago

el-baron-rampante

Pero el

Pero el barón todavía no había entendido bien qué era lo que Viola aceptaba de él y qué no. A veces bastaba una nadería, una palabra o un acento de él para hacer saltar la ira de la marquesa. Por ejemplo él. - Con Gian dei Brughi leía novelas, con el caballero hacía proyectos hidráulicos... - ¿Y conmigo? - Contigo hago el amor. Como la poda, la fruta... Ella callaba, inmóvil. Enseguida advertía Cósimo que se había desencadenado su ira: los ojos se le habían convertido de repente de hielo. - ¿Por qué, qué hay, Viola, qué he dicho? Ella estaba distante, como si no lo viese ni lo oyese, a cien millas de él, con el rostro marmóreo. - Pero no, Viola, qué hay, por qué, oye... Viola se levantaba y, ágil, sin necesidad de ayuda, se disponía a bajar del árbol. Cósimo todavía no había comprendido cuál había sido su error, aún no había conseguido pensar en él, quizá prefería no pensar en él en absoluto, no entenderlo, para proclamar mejor su inocencia: - Pero no, no me habrás entendido, Viola, oye... La seguía hasta la horcadura más baja: - Viola, no te vayas, no así, Viola... Ella ahora hablaba, pero al caballo, que había alcanzado y desataba; montaba en la silla y se alejaba. Cósimo empezaba a desesperarse, a saltar de un árbol a otro. - ¡No, Viola, dime, Viola! Ella ya había galopado lejos. Él por las ramas la perseguía: - ¡Te lo suplico, Viola, yo te amo! Pero ya no la veía. Se lanzaba sobre ramas inseguras, con saltos arriesgados. - ¡Viola! ¡Viola! Cuando ya estaba seguro de haberla perdido, y no podía frenar los sollozos, hela aquí que volvía a pasar al trote, sin levantar la mirada. - ¡Mira, mira, Viola, qué hago! Y empezaba a dar cabezadas contra un tronco, con la cabeza desnuda (que tenía, a decir verdad, durísima). Ella ni siquiera lo miraba. Ya estaba lejos. Cósimo esperaba que volviese, con zigzags entre los árboles. - ¡Viola! ¡Estoy desesperado! Y se tiraba al vacío, cabeza abajo, sujetándose con las piernas a una rama y descargándose puñetazos en la cabeza y el rostro. O bien se ponía a romper ramas con una furia destructora, y un olmo frondoso en pocos instantes quedaba desnudo y desguarnecido como si hubiese pasado el pedrisco. Nunca, sin embargo, amenazó con matarse, es más, no amenazó nunca nada, los chantajes del sentimiento no le iban. Aquello que le apetecía hacer lo hacía, y cuando ya lo estaba haciendo lo anunciaba, no antes. En cierto momento, a doña Viola, la ira, tan imprevisiblemente como le había entrado, se le iba. De entre todas las locuras de Cósimo que parecía que no la hubiesen ni rozado, repentinamente una la inflamaba de piedad y amor. - ¡No, Cósimo, querido, espérame! Y saltaba de la silla, y se precipitaba a trepar por un tronco, y los brazos de él, desde arriba, estaban dispuestos para levantarla. El amor se reanudaba con una furia similar a la de la pelea. Era, en realidad, la misma cosa, pero Cósimo no entendía nada. - ¿Por qué me haces sufrir? - Porque te amo.

Ahora era él quien se enfadaba. - ¡No, no me amas! Quien ama quiere la felicidad, no el dolor. - Quien ama quiere sólo el amor, aun a costa del dolor. - Me haces sufrir adrede, entonces. - Sí, para ver si me amas. La filosofía del barón se negaba a ir más allá. - El dolor es un estado negativo del alma. - El amor lo es todo. - Contra el dolor ha de lucharse siempre, - El amor no se niega a nada. - Hay cosas que no admitiré nunca. - Sí que las admites, porque me amas y sufres. Del mismo modo que las desesperaciones, eran clamorosas en Cósimo las explosiones de alegría incontenible. A veces su felicidad llegaba a tal extremo que tenía que apartarse de la amante e ir saltando y gritando y proclamando las maravillas de su dama. - Yo quiero the most wonderful puellam de todo el mundo! Aquellos que estaban sentados en los bancos de Ombrosa, desocupados y viejos marineros, ya se habían acostumbrado a estas rápidas apariciones suyas. De pronto se le descubría llegar a saltos por los acebos, y declamar: Zu dir, zu dir, gunáika, Vo cercando il mio ben, En la isla de Jamaica, Du soir jusqu'au matin! O bien: Il y a un pré where the grass grows toda de oro Take me away, take me away, che io ci moro! Y desaparecía. Su estudio de las lenguas clásicas y modernas, aunque no muy profundo, le permitía abandonarse a esta clamorosa predicación de sus sentimientos, y cuanto más agitado estaba su ánimo por una intensa emoción, más oscuro se hacía su lenguaje. Se recuerda una vez que, por el Santo Patrón, la gente de Ombrosa estaba congregada en la plaza y había la cucaña y las guirnaldas y el estandarte. El barón apareció en lo alto de un plátano y con uno de aquellos saltos de los que sólo su agilidad acrobática era capaz, saltó al palo de la cucaña, trepó hasta arriba, gritó: «Qué viva die schöne Venus Posterior!», se dejó resbalar por el palo enjabonado hasta casi el suelo, se detuvo, volvió a subir raudo a lo alto, arrancó del trofeo un rosado y redondo queso, y con otro salto de los suyos voló de nuevo al plátano y escapó, dejando estupefactos a los ombrosenses. Nada como estas exuberancias hacía tan feliz a la marquesa; y la impulsaban a restituírselas con manifestaciones de amor igualmente. Los de Ombrosa, cuando la veían galopar a rienda suelta, el rostro casi hundido en la crin blanca del caballo, sabían que corría a una cita con el barón. También al ir a caballo expresaba ella una fuerza amorosa, pero aquí Cósimo no podía seguirla; y la pasión ecuestre de ella, aunque él la admirara mucho, también era, sin embargo, para él un secreto motivo de celos y rencor, porque veía a Viola dominar un mundo más vasto que el suyo, y comprendía que nunca podría tenerla sólo para sí, encerrarla en los límites de su reino. La marquesa, por su parte, quizá sufría por no poder ser al mismo tiempo amante y amazona; la asaltaba a veces una confusa necesidad de que el amor de ella y Cósimo fuera amor a caballo, y correr por los árboles ya no le bastaba, habría querido correr por ellos al galope en la silla de su corcel.

Ficción
C A T A R R O D E P E C H O
el-cuaderno-dorado_dorislessing
Dragón 40 _2001-12_.pdf - Archivos Forteanos Latinoamericano.
Rosario viaja con perros - Ebel Barat
Eliot, T. S. (Fernando Vargas, traductor) - Poesia completa T. S. Eliot
813.54-S642d-Despertar_cronicas_vampiricas_I
El duende quiso madrugar. nº 5
Kelley%20Armstrong%20-%20Serie%20Darkest%20Powers%2002%20-%20El%20Despertar