Views
4 months ago

el-baron-rampante

elegancia de sir Osbert tendría que perderos a vos, mi apasionado don Salvatore... Y escogiendo el fuego del teniente de San Cataldo, tendría que renunciar a vos, sir. Oh, ¿por qué?..., ¿por qué? - ¿Por qué qué? - preguntaron con una sola voz los dos oficiales. Y doña Viola, bajando la cabeza: - ¿Por qué no podré ser de ambos al mismo tiempo...? De lo alto del castaño de Indias se oyó un crujir de ramas. Era Cósimo que ya no conseguía mantenerse en calma. Pero los dos tenientes de navío estaban demasiado confundidos como para oírlo. Retrocedieron juntos un paso. - Eso jamás, señora. La marquesa alzó el hermoso rostro con su sonrisa más radiante: - Pues bien, seré del primero de vosotros que, como prueba de amor, para complacerme en todo, se declare dispuesto incluso a compartirme con el rival. - Señora... - Milady... Los dos tenientes, después de inclinarse hacia Viola con una seca reverencia de despedida, se volvieron uno frente al otro, se tendieron la mano, se la estrecharon. - I was sure you were a gentleman, signor Cataldo - dijo el inglés. - Ni yo dudaba de vuestro honor, mister Osberto - dijo el napolitano. Volvieron la espalda a la marquesa y se dirigieron a los caballos. - Amigos míos... Por qué tan ofendidos... Tontos... - decía Viola, pero los dos oficiales ya tenían el pie en el estribo. Era el momento que Cósimo esperaba desde hacía rato, saboreando la venganza que había preparado: ahora los dos iban a recibir una muy dolorosa sorpresa. Aunque, al ver su viril actitud al despedirse de la inmodesta marquesa, Cósimo se sintió repentinamente reconciliado con ellos. ¡Demasiado tarde! ¡A estas alturas el terrible dispositivo de venganza ya no podía eliminarse! En el espacio de un segundo, Cósimo generosamente decidió advertirles: - ¡Alto ahí! - gritó desde el árbol -, ¡no os sentéis en la silla! Los dos oficiales alzaron vivamente la cabeza. - What are you doing up there? ¿Qué hacéis ahí arriba? ¿Cómo os permitís? Come down! Detrás de ellos se oyó la risa de doña Viola, una de sus carcajadas susurradas. Los dos estaban perplejos. Había un tercero, que al parecer había asistido a toda la escena. La situación se complicaba. - In any way! - se dijeron -, ¡nosotros seguimos siendo solidarios! - ¡Por nuestro honor! - ¡Ninguno de los dos consentirá en compartir a milady con quien sea! - ¡Jamás en la vida! - Pero si uno de vosotros decidiera consentir en ello... - En ese caso, ¡siempre solidarios! ¡Consentiremos juntos! - ¡De acuerdo! Y ahora, ¡vamos! Ante este nuevo diálogo, Cósimo se mordió un dedo por la rabia de haber tratado de evitar el cumplimiento de la venganza. «¡Qué se cumpla, pues!», y se retiró entre las frondas. Los dos oficiales saltaban al arzón. «Ahora gritan», pensó Cósimo, y se tapó los oídos. Resonó un doble aullido. Los dos tenientes se habían sentado sobre dos puercoespines escondidos bajo la gualdrapa de las sillas. - ¡Traición! - y saltaron al suelo, con una explosión de saltos y gritos y vueltas sobre sí mismos, y parecía que querían tomarla con la marquesa.

Pero doña Viola, más indignada que ellos, gritó hacia lo alto: - ¡Bicho maligno y monstruoso! - y se lanzó por el tronco del castaño de Indias, desapareciendo tan rápidamente de la vista de los dos oficiales que la creyeron tragada por la tierra. Entre las ramas, Viola se encontró frente a Cósimo. Se miraban con ojos llameantes, y esta ira les daba una especie de pureza, como arcángeles. Parecían estar a punto de despedazarse, cuando ella: - ¡Oh, querido! - exclamó -. Así, así te quiero: ¡celoso, implacable! - Ya le había echado los brazos al cuello, y se abrazaban, y Cósimo ya no se acordaba de nada. Ella flotó entre sus brazos, apartó el rostro del suyo, como reflexionando y luego: - Pero, también ellos dos, cuánto me aman, ¿has visto? Están dispuestos a compartirme entre ellos... Cósimo pareció lanzarse contra ella, luego trepó por las ramas, mordió las frondas, se golpeó la cabeza contra el tronco: - ¡Son dos gusanooos...! Viola se había alejado de él con su rostro de estatua. - Tienes mucho que aprender de ellos, - Se volvió, descendió veloz del árbol. Los dos cortejantes, olvidando las pasadas contiendas, no habían encontrado otro recurso que el de comenzar con paciencia a buscarse recíprocamente las púas. Doña Viola los interrumpió. - ¡Pronto! ¡Subid a mi carroza! Desaparecieron detrás del pabellón. La carroza partió. Cósimo, en el castaño de Indias, escondía el rostro entre las manos. Comenzó una época de tormentos para Cósimo, pero también para los dos ex rivales. Y para Viola, ¿podía llamársele una época de gozo? Yo creo que la marquesa atormentaba a los demás sólo porque quería atormentarse. Los dos nobles oficiales estaban siempre a sus pies, inseparables, bajo las ventanas de Viola, o invitados en su salón, o en largas estadías solos en la posada. Ella los halagaba a ambos y les pedía en competencia siempre nuevas pruebas de amor, a las que cada vez se declaraban dispuestos, y ya no sólo estaban dispuestos a tenerla a medias cada uno, sino a compartirla también con otros, y así, rodando por la pendiente de las concesiones ya no podían detenerse, impulsados los dos por el deseo de conseguir por fin conmoverla de este modo y obtener el mantenimiento de sus promesas, y al mismo tiempo comprometidos por el pacto de solidaridad con el rival, y devorados por los celos y la esperanza de suplantar al otro, y ahora también por la atracción de la oscura degradación en la que se sentían hundir. A cada nueva promesa arrancada a los oficiales de marina, Viola montaba a caballo e iba a decírselo a Cósimo. - Oye, ¿sabes que el inglés está dispuesto a esto y a lo otro... Y el napolitano también...? - le gritaba, en cuanto lo veía tétricamente encaramado a un árbol. Cósimo no contestaba. - Esto es amor absoluto - insistía ella. - ¡Unos cerdos absolutos, eso es lo que sois! - aullaba Cósimo, y desaparecía. Este era el cruel modo que ahora tenían de amarse, y ya no encontraban cómo salir de él. La nave almirante inglesa zarpaba. - Vos os quedáis, ¿verdad? - dijo Viola a sir Osbert. Sir Osbert no se presentó a bordo; fue declarado desertor. Por solidaridad y emulación, don Salvatore desertó también. - ¡Ellos han desertado! - anuncio triunfalmente Viola a Cósimo -. ¡Por mí! Y tú... - ¿Y yo? - aulló Cósimo, con una mirada tan feroz que Viola no dijo una palabra más. Sir Osbert y Salvatore de San Cataldo, desertores de la marina de sus respectivas majestades, pasaban los días en la posada jugando a los dados, pálidos, inquietos,

Ficción
C A T A R R O D E P E C H O
Dragón 40 _2001-12_.pdf - Archivos Forteanos Latinoamericano.
Rosario viaja con perros - Ebel Barat
Eliot, T. S. (Fernando Vargas, traductor) - Poesia completa T. S. Eliot
El duende quiso madrugar. nº 5
cincuenta-sombras-liberadas-libro-3
1.%20Hush%20Hush%20%5BBecca%20Fitzpatrick%5D