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tratando de arruinarse

tratando de arruinarse mutuamente, mientras Viola estaba en la cumbre del descontento de sí misma y de todo lo que la rodeaba. Cogió el caballo, se fue hacia el bosque. Cósimo estaba sobre una encina. Ella se detuvo debajo, en un prado. - Estoy cansada. - ¿De ésos? - De todos vosotros. - Ah. - Ellos me han dado las más grandes pruebas de amor... Cósimo escupió. -...Pero no me bastan. Cósimo alzó los ojos hasta ella. Y ella: - Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia de uno mismo... Estaba allí en el prado, hermosa como nunca, y la frialdad que endurecía apenas sus rasgos y el altivo porte del cuerpo habría bastado muy poco para disolverlos, y volverla a tener entre los brazos... Podía decir algo, Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: «Dime lo que quieras que haga, estoy dispuesto...», y habría vuelto la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. En cambio dijo: - No puede haber amor si no se es uno mismo con todas sus fuerzas. Viola hizo un movimiento de contrariedad que era también de cansancio. Y sin embargo, aún habría podido entenderlo, como de hecho lo entendía, es más, tenía en la punta de la lengua las palabras para decir: «Tú eres como yo te quiero...», y enseguida subir con él... Se mordió un labio. Dijo: - Sé tú mismo solo, entonces. «Pero entonces ser yo mismo no tiene sentido...», esto era lo que quería decir Cósimo. En cambio dijo: - Si prefieres a esos dos gusanos... - ¡No te permito que desprecies a mis amigos! - ella gritó, y todavía pensaba: «A mí me importas sólo tú, sólo por ti hago todo lo que hago.» - Sólo yo puedo ser despreciado... - ¡Tu manera de pensar! - Soy una sola cosa con ella. - Adiós entonces. Me marcho esta misma noche. No me volverás a ver. Corrió a la villa, hizo el equipaje, se marchó sin decir nada a los tenientes. Mantuvo su palabra. No volvió jamás a Ombrosa. Fue a Francia y los acontecimientos históricos se sobrepusieron a su voluntad, cuando ya no deseaba sino regresar. Estalló la Revolución, después la guerra; la marquesa en un principio interesada por el nuevo curso de los sucesos (estaba en el entourage de Lafayette), emigró luego a Bélgica y de allí a Inglaterra. En la niebla de Londres, durante los largos años de las guerras contra Napoleón, soñaba con los árboles de Ombrosa. Más tarde se volvió a casar con un lord interesado en la Compañía de Indias y se estableció en Calcuta. Desde su terraza miraba la selva, los árboles más extraños que los del jardín de su infancia, y le parecía a cada momento ver a Cósimo abrirse paso entre las hojas. Pero era la sombra de un mono, o un jaguar. Sir Osbert Castlefight y Salvatore de San Cataldo permanecieron ligados en la vida y en la muerte, y se dieron a una carrera de aventureros. Fueron vistos en las casas de juego de Venecia, en Gottingen en la facultad de teología, en San Petersburgo en la corte de Catalina II, después se perdieron sus rastros. Cósimo durante mucho tiempo vagabundeó por los bosques, llorando, destrozado, rechazando la comida. Lloraba con grandes sollozos, como los recién nacidos, y los pájaros que en otros tiempos huían en bandadas al aproximarse aquel infalible cazador, ahora se le acercaban, en las cimas de los árboles cercanos, o le volaban sobre la

cabeza, y los gorriones gritaban, trinaban los jilgueros, zureaba la tórtola, silbaba el tordo, gorjeaba el pinzón y el reyezuelo; y de sus altas madrigueras salían las ardillas, los lirones, los ratones de campo, y unían sus chillidos al coro, y así se movía mi hermano en medio de esta nube de llantos. Después vino la época de la violencia destructora: cada árbol, comenzaba por la cima y, fuera una hoja fuera otra, rápidamente lo dejaba pelado como en invierno, incluso si no era de hoja caduca. Luego volvía a subir arriba y rompía todas las ramitas hasta que no dejaba más que los brazos más gruesos, volvía a subir otra vez, y con un cortaplumas empezaba a apartar la corteza, y se veían los árboles descortezados que descubrían lo blanco con estremecedor aire herido. En toda esta ira no había ya resentimiento contra Viola, sino sólo remordimientos por haberla perdido, por no haber sabido mantenerla ligada a sí, por haberla herido con un injusto y estúpido orgullo. Porque, ahora lo comprendía, ella le había sido siempre fiel, y si arrastraba tras de sí a los otros dos hombres era para indicar que sólo consideraba a Cósimo digno de ser su único amante, y todas sus insatisfacciones y antojos no eran más que la manía insaciable de hacer crecer su enamoramiento no admitiendo que alcanzase una cumbre, y él, él, él, no había entendido nada de esto y la había exasperado hasta perderla. Durante unas semanas permaneció en el bosque, solo como nunca había estado; no tenía ni siquiera a Óptimo Máximo, porque se lo había llevado Viola. Cuando mi hermano volvió a dejarse ver en Ombrosa, estaba cambiado. Ni siquiera yo podía hacerme ya ilusiones: esta vez Cósimo se había vuelto loco. XXIV Que Cósimo estaba loco, en Ombrosa se había dicho siempre, desde que a los doce años subió a los árboles negándose a descender. Pero después, como suele ocurrir, esta locura suya había sido aceptada por todos, y no hablo sólo de la idea fija de vivir allá arriba, sino de las distintas rarezas de su carácter, y nadie lo consideraba más que un original. Luego, en plena época de su amor por Viola, hubo aquellas manifestaciones en idiomas incomprensibles, especialmente aquella de la fiesta del patrón, que los más consideraron sacrílega, interpretando sus palabras como un grito herético, quizá en cartaginés, la lengua de los pelagianos, o una profesión de socinianismo, en polaco. A partir de entonces, empezó a correr la voz: «¡El barón ha enloquecido!», y los cuerdos añadían: «¿Cómo puede enloquecer alguien que ha estado loco siempre?» En medio de estos juicios opuestos, Cósimo se había vuelto loco de verdad. Si antes iba completamente vestido con pieles, ahora empezó a adornarse la cabeza con plumas, como los aborígenes de América, plumas de upupa o verderol, de colores vivos, y además de en la cabeza las llevaba diseminadas por la ropa. Terminó por hacerse fraques cubiertos del todo de plumas, y por imitar los hábitos de varios pájaros, como el picamaderos, sacando de los troncos lombrices y larvas y alabándolos como gran riqueza. Recitaba también apologías de los pájaros a la gente que se congregaba a oírlo y a mofarse bajo los árboles: y de cazador se convirtió en abogado de los plumíferos, y se proclamaba ora chamarón, ora lechuza, ora petirrojo, con oportunos camuflajes, y pronunciaba discursos de acusación contra los hombres, que no sabían reconocer en los pájaros a sus verdaderos amigos, discursos que eran, claro, de acusación a toda la sociedad humana, bajo forma de parábolas. También los pájaros se habían dado cuenta de este cambio de ideas, y se le acercaban, aunque debajo hubiese gente escuchándolo. Así podía ilustrar su disertación con ejemplos vivientes que señalaba en las ramas de alrededor.

Ficción
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publicación - Gobierno de Guanajuato