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Edición 03 de marzo de 2018

LUIS ALFREDO

LUIS ALFREDO CASTELLANOS, Escritor En la televisión anunciaron la llegada de un frente frío con vientos de moderados a fuertes. Tomó la escoba y antes que los cantos de los gallos se fueran a dormir por el inevitable amanecer, estaba lanzando de acá para allá las hojas que el árbol de mango, fijo en el centro del patio, soltaba abundantemente. Vio la pequeña bola de béisbol en un lado del árbol y un calosfrío la recorrió como una anaconda que le apretó hasta los gritos cuando se percató que la misma esfera ahora la miraba en otro punto de la yarda que limpiaba. -Esto no es de Dios –pensó. La bola se había movido. Y ella no creía que fuera el viento. Abandonó todo y salió en busca de ayuda espiritual en la parroquia del pueblo. El padre Tilo no terminaba de convencerse sobre la pena que la mujer, Altagracia, reconocida beata y comisaria de la Cofradía de las Santísimas Lágrimas de la Virgen de Fátima, le refería entrecruzando las manos. -Una cosa es lo que creas, Altagracia, pero otra, es lo que realmente sucedió-dijo para entrarla en razón del error que podría estar cometiendo. -¡Ay, padre Tilo, su falta de fe en lo que le digo me está costando más que el mismo susto que me sorprendió en ayunas! El hombre de sotana se contuvo de insistir para no incomodar a una generosa cristiana que nunca ponía reparos en ayudar en cualquier necesidad de la iglesia, pero no le gustaba el giro que estaba tomando la conversación. -¿qué quieres probarme, Altagracia? La mujer adoptó la franqueza que le conocía cuando lideraba a las servidoras de las Urnas del Santo Entierro de la Semana Santa. -Estoy segura que es un presentimiento, padre Tilo. El oyente no era alguien que se dejaba sorprender con revelaciones extra sensoriales, como los que asumían a prueba de vida los que juraban que miraban la imagen de un ángel en un huevo estrellado o de los que gritaban que los serafines y querubines les confiaban datos más importantes que los rollos del Mar Muerto, sin embargo… -¡Presentimiento!, ¿de qué hablas? Altagracia rodeó con la mirada la oficina curial, poblada de imágenes religiosas, crucifijos de oro y plata y diversos cuadros con escenas del evangelio, y se felicitó por el trabajo de higiene que realizaba en días alternados y volvió su vista a él. -Algo terrible está por ocurrir en el pueblo, padre. El hombre ejercitó sus ojos en la misma dirección que ella los había soltado, por si notaba algo fuera de lugar en las estampas espirituales que le permitiera comprender sus palabras. -¿Hablas de un terremoto o una inundación? Porque ninguna de las dos cosas es extraña en el pueblo, y algunas veces, han venido hasta juntas. -Ojalá eso fuera, pero estoy segura que es algo más grave, tenga cuidado. Después de la advertencia o del consejo, lo que no pudo distinguir con facilidad y que lo dispuso a una actitud pensativa y para no alargar más la estadía, solicitando explicaciones, la mujer se levantó pidiendo la bendición del religioso, la que no le negó y la despidió con un enorme silencio que después le resultó cansado. Y tan cansado quedó que dejó que el sacristán veinteañero de ojos de sol, que recién se había casado y regresaba de su licencia matrimonial (porque él no creía en eso de la “luna de miel”, “ni astro rey, ni cometa o algún otro elemento del cosmos que se vinculara con la vida de | Cuento | Secuela los casados”) oficiara las misas matutinas y vespertinas y hasta que negociara con un equipo de filmación que llegó para hacer tomas de la casa de Dios y del resto del lugar. De lo cual no se enteró de los detalles, sino por medio de Altagracia, hoy en su oficina a la misma hora de ayer. -se lo dije, padre Tilo, pero no me escuchó. Pero ahora el pastor no mostraba la paciencia que le dispensó un día atrás. -¡Hablas como insensata! ¡Escuché todo lo que dijiste sobre tu temor! --No solo era por mí, era por todos. Tener sesenta años lo hace menos egoísta a una con la vida, por eso vine con usted, porque es el responsable de guiarnos en medio de este valle de pasiones, de maldad, de vicios y muerte… -¡Eso es lo que hago, Altagracia!- la interrumpió el presbítero molesto- ¡si hablas de edad te esperan diez años que cargo más y treinta de estar ante el altar del templo de la Virgen de Fátima, y siempre he querido bien a mis ovejas! -Entonces, por lo que ha hecho, debo pensar que ya se cansó de pastorearnos- sentenció. El padre Tilo se puso en pie amenazadoramente. -¡Explícate y por las once mil vírgenes que forman los coros celestiales que si no me compruebas lo que estás señalándome, en este mismo instante envío una nota de excomunión a Roma por tu atrevimiento! Altagracia no se inmutó por la amenaza. -Usted, ya se justificó en su edad y por eso lo comprendo todo, es un anciano desesperado porque se cumplan las profecías y como tardan en llegar ha decidido pasarse al bando enemigo. -¡Te estás volviendo una hereje y no pienso retrasar el cumplimiento de mis palabras!- abrió una de las gavetas del escritorio y extrajo una página membretada que llenó a manuscrito. Impasible siguió mirando a aquel ser inclinado sobre la página que garabateaba, y le espetó: -¡Padre Tilo, usted es un heraldo de satanás! Ya no había paciencia y la poca que pudo quedarse rezagada en su vestimenta se terminó al gritarle al sacristán que llegara a sacar a esa mujer. Cuando Altagracia lo miró entrar también lo señaló como uno de las huestes que abren las puertas del averno a las almas pecadoras que se forman para enfrentar los tormentos demoniacos y retribuir con eso, algo de la maldad que sembraron con sus faltas en los demás. -¿Qué ocurre?- preguntó el recién llegado, mirando a ambos. -¡Altagracia se ha vuelto loca! -¡No señores y ambos responderán por sus actos serviles en los hornos más ardientes que el diablo dispone para sus férreos colaboradores! El sacristán sorprendido ante semejante juicio volvió sobre ella: -¿De qué me acusa? Altagracia lo señaló con su dedo índice diestro imperativamente: -¡Te acuso del pacto que hiciste con los hombres de las cámaras! -¿Las cámaras? –Inquirió el padre Tilo- ¿qué cámaras? –mirando a su colaborador. El interrogado sonrió. -¡No te burles de la voluntad de Dios, lobo rapaz disfrazado de oveja!- dijo Altagracia. -No me burlo, Altagracia, lo que ocurre es que está confundida- respondió. -¿De qué se trata?-intervino el superior religioso. El sacristán tomó aire y más relajado comenzó. -Usted –señalando a su jefe- me asignó que asumiera sus responsabilidades, por lo que oficié las misas y luego se presentaron por la tarde unos productores de cine para que les permitiera filmar en el altar y a cambio de eso, nos harán un fuerte donativo que podría servirnos para remodelar la fachada o reparar el campanario y con suerte nos sale para una nueva campana. Altagracia miró sorprendida al Padre Tilo. -Entonces, ¿no lo sabía? -Creí que se trataba de National Geographic -respondió el anciano. -Pues no-agregó el sacristán- se trata de una compañía de Hollywood, padre Tilo, se imagina, nosotros en la televisión, será una sensación, porque eso sí, pedí que le dieran protagónico a usted y a mí. El padre Tilo rompió la página que tenía en sus manos y lanzó sus partes al cesto junto al escritorio. Altagracia, apenada retiró sus expresiones sobre el hombre de Dios. -No te preocupes, hija, esto no es más que una confusión, pero a ver, tú dijiste que esto tenía que ver con un servicio a satanás, ¿y cómo es eso posible? -Padre Tilo –dijo- lamento lo que dije sobre usted ya que fue sorprendido por este gemelo de judas y sobrino de Caín… -Óigame- pidió el sacristán- ya fue suficiente, ya expliqué de que se trata la filmación… -No lo ha explicado-interrumpió ella- porque mejor no se lo cuenta al padre Tilo para que comprenda la aberración que usted ha cometido en su enorme ignorancia. -Por favor, Altagracia, no seas tan dura con él, ten a cuenta su juventud. Habla muchacho, de qué trata la película. El interpelado ya empezaba a mostrar su enfado contra la mujer que lo acusaba sin piedad. -Se trata de una película familiar-dijo entre dientes. El padre se volvió a la mujer. -Ves, ¿qué hay de malo con las películas familiares? El mismo Vaticano nos ha girado instrucciones de no oponernos a ese tipo de solicitudes porque nos permitirá traer en el futuro a ovejas descarriadas o reafirmar la espiritualidad de los creyentes que se mostraran satisfechos por ver en la pantalla los edificios que albergan y recitan la palabra del Creador. -¡Ay, padre Tilo!, ahora pregúntele cómo se llama la película. El hombre obedeció. -Me contaron-dijo más animado por las palabras de su ordenante- que se trataba de una secuela de una que hicieron por 1968. -¿En serio? –Intervino su jefe y mirándola le dijo- seguro se trata de alguna película clásica que quieren rescatar del olvido y que sería muy bueno que todos los productores de Hollywood los imitaran para que no inundaran de tantas malas películas el cine. Altagracia sonrió sarcásticamente. El padre Tilo no comprendió y sonrió complacido. -Me hubiera gustado que me nombraran obispoconfió – o por lo menos que me titularan como monseñor, pero el tiempo se fue y nadie se fijó en mí. Soñar con formar parte del Colegio de Cardenales casi es imposible, a mi edad, ya no sirve de mucho y la realidad, es que dentro de poco, tampoco seré de mucha utilidad, así que aparecer en una cinta, predicando a mi comunidad, hacerles comulgar con Cristo, no deja de ser un buen premio de consolación…¡estaría siempre allí! -Eso- apuntó el sacristán- no aparecerá. -¿Por qué razón? – cuestionó extrañado. -Me dijeron que ellos nos dirán las cosas que quieren que hagamos. -Tienes razón-respondió sonriendo- ellos son los productores, y bien ¿cuál es su nombre? -¿De qué? -¡Muchacho, de la película! Pensando. -Tiene que ver con un bebé, es lo único que recuerdo. Altagracia carraspeó. El padre se volvió a ella. -Supongo que sabes el nombre. Asintió. -“El bebé de Rosemary crece”-respondió. El padre Tilo se llevó las manos a la cara llena de piel amontonada y pudo pronunciar con la misma claridad de un día de verano: “diablos”. -¿Es la película que creo?-preguntó encolerizado. Nuevamente Altagracia asintió y le mandó un “sí” y agregó: -Aquella era “El bebé de Rosemary”, pero hoy se trata de la continuación, porque hicieron otra que se llamó “¿Qué pasó con el bebé de Rosemary”?, pero a los adoradores de Lucifer no les agradó el desarrollo de la historia y han vuelto a la carga con una más pecaminosa que manifieste la grandeza del devorador de almas. Sacó su rostro del hueco de sus manos y furioso le gritó al joven sacristán: -¡Eres el atalaya del diablo! ¿Qué pretendes hacer en este templo de la divinidad, engendro del mal? -Usted lo autorizó, padre- respondió el subalterno. -¿No entiendes? ¡Estás haciendo que mi entrega a Dios se desmorone por tu impertinencia, que incline mi vejez al enemigo número uno de nuestro Padre! Altagracia casi sintió lástima por el hombre que minutos antes estaba dispuesto a expulsarla de la congregación en la que había nacido y sus padres le habían instruido en la doctrina, sacramentos y ritos propios de la fe que profesaba, pero no estaba dispuesta a ceder para complacerse a sí misma, sino que debía evitar que esa raíz del mal que intentaban sembrar, arrancarla o destruirla para que no volviera como la ponzoñosa maleza que acaba con los buenos cultivos y se apropia violentamente de los terrenos. Altagracia dirigió su atención al muchacho. -¿tú no sabes de qué tratará la película? Él negó. Ella no le creyó. -¡Vaya que buen religioso resultaste para el cargo que el padre Tilo te encomendó! El padre Tilo estaba a punto de creerle pero un calosfrío le succionó la voluntad. -¿Qué es este frío demoniaco?- se interrogó a sí mismo, mientras se agitaba su respiración y Altagracia miraba con terror el temor del sacerdote reflejado en movimientos involuntarios en el cuerpo como un poseso de Parkinson. Ahora el sacristán sonreía maliciosamente, ellos le miraron inquietos un rostro de ojos amarillos profundos y pervertidos que les resultaba extraño, mientras las luces de la mañana desaparecían y una pequeña bola de béisbol en el patio de la mujer, se movía en completa libertad en todas las direcciones posibles del lugar. 4 TRESMIL Sábado 3 / marzo / 2018

| Poesía | Ausiàs March (Beniarjó, 1397-Valencia, 1459) fue un poeta y caballero valenciano de la época medieval, originario de una familia de la pequeña nobleza. Es uno de los poetas más importantes del Siglo de Oro valenciano y de la literatura en valenciano. Ausiàs March «Busquen las gentes fiestas con alegría...» Busquen las gentes fiestas con alegría, alabando a Dios, entremezclando deportes; que plazas, calles y deleitosos jardines se llenen con los relatos de grandes gestas; y vaya yo los sepulcros buscando, interrogando a las almas condenadas, que me responderán, pues no están acompañadas sino por mí en su perenne lamento. Cada cual busca y quiere a su semejante; por esto no me agrada el trato con los vivos. Al imaginar mi estado, se tornan esquivos; como de hombre muerto, de mí toman espanto. El rey ciprio, prisionero de un hereje, no es a mis ojos desventurado, pues lo que quiero jamás será logrado; de mi deseo médico alguno podrá curarme. Como Prometeo, a quien el águila come el hígado y siempre brota de nuevo la carne, y jamás termina el pájaro de devorar; más fuerte dolor que éste me tiene asediado, pues un gusano me roe el pensamiento, otro el corazón, y de roer no cesan, y su trabajo no podrá interrumpirse sino con aquello que es imposible de lograr. Y si la muerte no me infiriese la ofensa -alejándome de tan placentera visión-, no le agradecería que vista de tierra mi desnudo cuerpo, quien no piensa perder el placer, pues tan sólo imagina que mis deseos no pueden cumplirse; y si mi postrera hora ha llegado, término tendrá también el bien amar. Y si en el cielo me quiere Dios albergar, amén de verle, para cumplir mi deseo será preciso que allá me sea dicho que mi muerte vos tenéis a bien llorar, arrepintiéndoos de que por vuestra poca merced muriese un inocente, mártir por amaros: pues el cuerpo del alma separaría si en verdad creyese que de ello os doleríais. Lirio entre cardos, vos sabéis y yo sé que bien puede morirse por amor; si creéis que en tal dolor me hallo, no os excederéis, poniendo en ello plena fe. Versión de José Batlló No tanto la clara fuente... No tanto la clara fuente desea ciervo herido, como yo, vuestro rendido, estaros siempre presente. Al grande y dulce reposo do está mi contentamiento, por otra puente no siento hallar otro paso, ni oso. Tarde me llega aquel día, para mí tan deseado, muy caramente comprado con dolor y pena mía. Pero al fin, tarde o temprano, que ha de venir estoy cierto, si muerte el camino abierto no lo cierra con su mano. No puedo ser de esperanza por ningún caso lanzado, porque, señora, os he amado según bienaventuranza. Y de vos favorescido contra mí cosa no siento, si vuestro consentimiento me otorga lo que le pido. De grandes dolores siento un monte delante puesto, de mil estorbos que opuesto se han a mi contentamiento. De mí preguntaros nueva, señora, tengo temor, dudando que no hay amor para mí puesta a la prueba. Y de no sabello temo vivir en mayor tormento y estos dos males que siento por cualquier lado me quemo. No está a vos el contentaros de cumplir lo que yo pido, si bien queráis por partido contra vos misma forzaros. Amor, amor es aquel que es fuerza que os aconseje para que mi bien se deje en vos cumplido y en él. Cosa alguna os dé temor de que rescibáis despecho, mis pensamientos han hecho la verdad de su color. Que serviros habrá sido en firmeza confirmados; de tal suerte de criados quiere ser amor servido. Si mentira os paresciere este lenguaje que oís, o vos sin amor vivís o no sabéis lo que quiere. Muy mal puede reposar quien siente aqueste tormento, tan sólo en el movimiento tendréis siguro lugar. Versión de Fransisco de Quevedo «Placer no tiene ser do no se sabe...» Placer no tiene ser do no se sabe; pierde su merescer mucha costumbre. Morimos por saber de amor la cumbre y en viéndola de mala no nos cabe; aquello que pensamos que perdido dará poco dolor, cuando se pierde no hay cosa que al sentido desacuerde tanto como sentir que se haya ido. A tal extremo y punto soy llegado que aquello que más quise en esta vida lo siento con tibieza descaída, y al punto que lo pierdo soy quemado. Ninguno puede ver tales hazañas como las veo después que al cielo fuistes; sin vida con moriros me hecistes; Dios sabe el porvenir destas marañas. El bien o mal que da o quita fortuna, hijos, hacienda, honor abalanzaron aquellos que tras vicios caminaron, teniendo a la virtud por importuna; yo tengo ya mi cuenta fenescida: no puedo haver jamás ningún contento, no lloro lo futuro que no siento, la vuestra muerte cruel fue mi homicida. Tengo de mi dolor placer sencillo, holgando de mi mal por quien le tengo; con este imaginar yo le sustengo, ni helgo de dejalle ni sufrillo. ¡Oh espíritu que estás gozando el cielo!, si vees de allá mi mal, de mí te duele y tu gloria y beldad se me revele, que espíritus te dan gloria y consuelo. Muerte que quita el bien y la riqueza que vida suele dar a los mortales, cuanto era me llevó, sino mis males, dejando de aquel tiempo una tristeza. A todos doy señal de lo presente mostrando de pesares el extremo; del tiempo por venir recelo y temo, pues sola la tristeza en mí se siente. Nunca de mi dolor me veo pagado, pues busco en el dolor el alegría; mi corazón es duro, pues podría vivir siendo de vos desamparado. Amor fue mi enemigo en aquel punto que os vi dejar el cuerpo tan hermoso; cruel fue más que león el ser piadoso, y más mi corazón, que no es defunto. No puede en breve tiempo el mal sentirse cuánto es como después que es conoscido; ataja un gran dolor todo sentido el tiempo, que le hace dividirse; razón pide que el mal, para entenderse, se parta, porque en tiempo viva y dure, porque de hacer placer nunca se cure ni nadie jamás pueda dél valerse. No cure de juzgarme a mí ninguno si no sabe la causa de mi duelo: la muerte me llevó mi bien al cielo, dolor es este tal más que importuno. ¿Quién puede ser tan cruel que así no llora a quien más que a sí mismo en vida quiso, ni cómo de llorar se ve arrepiso privado ya de ver a mi señora? La muerte es desventura al más dichoso, mirá qué puede ser al desdichado; todo lo trae la cruel amedrentado, por siempre su dolor es congojoso. Aquesta del amor cruel enemiga, contino anda partiendo corazones; de un golpe a vos y a mí partió sus dones y en mí quedó el durar de su fatiga. Versión de José Batlló Sábado 3 / marzo / 2018 TRESMIL 5