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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli —Puede ser, puede ser —dijo Lavinia—. Tiene razón. Al general le va a encantar la idea. No tengo dudas. Voy a trabajar en una propuesta y la vemos la próxima semana, ¿le parece? Colgó el auricular y se quedó pensando. El diseño de las estanterías, facilitaría el acceso al general Vela. Ella necesitaría detalles sobre las armas para determinar tamaños, pesos, el esquema de distribución de los estantes. Sería lógico argumentar la importancia de una reunión de trabajo con él. Volvió al derecho y al revés varias veces la postal de la casa de Hearst. Un cuarto secreto para las armas no podría dejar de seducir al general Vela. Se levantó entusiasmada a la mesa de dibujo. Al atardecer todavía estaba haciendo cálculos. Poco antes de la hora de salida, Mercedes apareció en el dintel de la puerta, preguntándole si quería café. Llegó hasta la mesa y se puso a mirar por encima de su hombro. —¿Por qué está dibujando rifles y pistolas? —le preguntó. —Porque la señora Vela quiere una armería —respondió—, un cuarto para exhibir la colección de armas de fuego que el marido ha venido acumulando desde su ingreso al ejército. —Cada día quiere algo nuevo, ¿verdad? Para eso es que la llama... —Sí. Mercedes guardó silencio. Caminó alrededor de la mesa, tocando los pinceles y los lápices distraídamente. —Le gusta este trabajo, ¿verdad? —Pues sí, es bonito. —A mí me gusta el mío también, pero hoy estoy deprimida. —¿Qué te pasa? —Estoy con problemas. —¿Otra vez? —dijo Lavinia sin poder evitarlo. Mercedes le hacía confidencias de vez en cuando. Todos en la oficina conocían a Manuel, quien la visitaba y con el que sostenía interminables conversaciones telefónicas. Era casado. Constantemente le prometía abandonar a la esposa. Se lo estaba prometiendo desde hacía dos años, según Mercedes. —Resulta que la esposa de Manuel está embarazada. Él me decía que vivía con ella por los hijos. Supuestamente apenas si se hablaban. Hoy me llama una amiga y me dice que la esposa está embarazada... —Bueno, yo ya te había dicho que ese cuento me parecía flojo... —A mí también —dijo, mirando por la ventana el paisaje nublado— pero yo quería creerle. Llegué a pensar que realmente lo hacía por sus hijos... estoy convencida que los adora. Pero ahora no sé qué hacer... —Vos sos una mujer joven, Mercedes, sos guapa, inteligente. Te mereces algo mejor que estar de segundona. ¿Por qué no lo dejas de una vez? Vas a ver que no es el único hombre en el mundo. —Todos los hombres son iguales. —Puede ser, pero algunos son solteros por lo menos. —Pero yo ya estoy "manchada". A los solteros les gusta casarse con vírgenes. A lo único que puedo aspirar es a otro amante... Por eso los hombres casados siempre me andan persiguiendo. En cierta medida, pensó Lavinia, tenía razón. El tipo de hombre con los que Mercedes se relacionaba, aspiraba a escalar en la esfera social. Por lo mismo, asumían, llevándolos al extremo, los valores considerados aceptables en los círculos más sofisticados de la sociedad. Una mujer, después de sostener relaciones con un hombre casado, tendría dificultades en ese mercado matrimonial. La buscarían como amante, pero para esposa preferían una criatura inocente, fácilmente moldeable y dócil. Una mujer "intachable" se consideraba necesaria para introducirse en determinados círculos. El pasado de Mercedes podría resultarles "embarazoso". Sin embargo... —Recordá que las vírgenes son una especie en extinción —dijo Lavinia. —Pero todavía hay suficientes... —dijo Mercedes, sonriendo. —Pues te quedas sola, Mercedes. Es mejor estar sola que mal acompañada. Si te sentís infeliz con Manuel, no veo por qué seguir con él. Mercedes miraba las revistas sobre el escritorio con expresión ausente. Buscaba aparentemente resolver su problema, pero en el fondo, pensó Lavinia, estaba atrapada en un enamoramiento de 106

La Mujer Habitada Gioconda Belli telaraña. La vio iniciar el camino hacia la puerta. —Es que yo le quiero —dijo Mercedes—. Ya me voy. La estoy atrasando. Y salió apresurada. Pensativa, Lavinia miró por la ventana las nubes del atardecer cubriendo el cielo grisáceo de rosa y violeta. Le daba pena Mercedes. Era casi una maldición, pensó, aferrarse así al amor. Y tan femenino. Cómo harían los hombres, se preguntó, para apartar esas preocupaciones en su vida cotidiana. Al menos para no perder la concentración, no sentir que la tierra se movía bajo sus pies cuando los afectos no andaban bien. Ellos parecían tener el poder de compartimentar la vida íntima, encerrarla en diques sólidos, inconmovibles, que impedían se les contaminara el resto de la existencia. Para las mujeres, en cambio, el amor parecía ser el eje del sistema solar. Una desviación y se desataba el deshielo, la inundación, la tormenta, el caos. Escuchó los sonidos de la hora de salida, los apagadores de las lámparas de dibujo, las llaves, los hasta mañana. Había emborronado papeles y más papeles mecánicamente, sin pensar en lo que hacía, distraída por las cuevas húmedas de la vida: revisó las hojas antes de tirarlas a la basura: armas de fuego, pistolas, rifles y qué extraño, había dibujado arcabuces antiguos, y tensos, estilizados, incontables arcos y flechas... Lavinia piensa en el sexo color de níspero y se pregunta por el amor. El tiempo no transcurre: ella y yo tan lejanas podríamos conversar y entendernos en la noche de luna alrededor de la fogata. Innumerables las preguntas sin respuesta. El hombre se nos escapa, se desliza entre los dedos como pez en río manso. Lo esculpimos, lo tocamos, le damos aliento, lo anclamos entre las piernas y aún sigue distante cual si su corazón estuviese hecho de otro material. Yarince decía que yo quería su alma, que mi deseo más profundo era soplarle en el cuerpo un alma de mujer. Lo decía cuando le explicaba mi necesidad de caricias, cuando le pedía manos suaves sobre mi cara o mi cuerpo, comprensión para los días en que la sangre manaba de mi sexo y yo andaba triste, tierna y sensible como una planta recién nacida. Para él, el amor era puique, hacha, huracán. Lo apaciguaba para que no le incendiara el entendimiento. Le temía. Para mí en cambio, el amor era una fuerza con dos cantos: uno de filo y fuego y otro de algodón y brisa. Mi madre decía que sólo a la mujer le había sido dado el amor; el hombre conocía apenas lo necesario. Los dioses no habían querido distraer su fuerza. Pero ya había visto hombres enloquecidos por el amor y podía decir que hasta Yarince, por conservarme a mí a su lado, había incurrido en reprimendas de sacerdotes y sabios. No podía aceptar, como mi madre, que llevaran dentro de sí sólo la obsidiana necesaria para las guerras. Me parecía que ocultaban el amor por miedo de parecer mujeres. Acordaron encontrarse en el Parque de los Ceibos. Desde hacía algunas semanas, desde que estaban todos tan ocupados, Lavinia no visitaba la casa de Flor. La veía poco; generalmente en lugares públicos: parques, restaurantes, o mientras la llevaba de un lugar a otro en automóvil. Flor también frecuentaba el camino de los espadilles. En el parque solían encontrarse bajo un ceibo monumental. Sentadas en el extremo más apartado, sobre una banca de concreto, aparentaban ser estudiantes con libros y cuadernos. A Lavinia le gustaba encontrarla allí. Las ramas extensas del árbol formaban un círculo de sombra, un encaje verde con trozos de azul. Desde ese lugar podían mirar a los niños jugando en la locomotora de un viejo tren abandonado y, en el silencio de la tarde, escuchar las risas infantiles lejanas. Llegó a la hora convenida. Flor aún no estaba. Aparcó el carro en el estacionamiento, sacó los libros y cuadernos necesarios para la "cobertura" estudiantil y caminó sin prisa hacia la banca. Hacía calor. Los días sin lluvia de la estación invernal, podían ser extremadamente calurosos y húmedos. Esa tarde tan sólo unos pocos niños jugaban en el viejo tren. Eran todos pequeños y con las 107

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