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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli Capítulo 18 EL JEEP DESTARTALADO atravesaba brioso el camino enfangado por la lluvia reciente. El conductor, un hombre de mediana edad, facciones agradables y bonachonas, "Toñito" lo llamaba Felipe, apretaba el timón que se movía ampliamente cual si no tuviera conexión con las ruedas del vehículo. Habían salido en las primeras horas de la madrugada. Apenas empezaba a amanecer. Tomaron la carretera hacia el norte, desviándose en cierto lugar hacia el interior del valle franqueado por montañas. El paisaje recobrado por la luz, se insinuaba pastel, rosas y verdes, húmedo y nuboso. Felipe y ella viajaban en la parte delantera del jeep. En los asientos traseros, dos hombres y una mujer apenas si se dejaban sentir a través de retazos de una conversación de murmullos. Los habían recogido en diferentes puntos de la ciudad. Lavinia callaba temerosa de decir algo indebido, algo que pudiera poner en peligro la "compartimentación". Era la primera vez que se relacionaba con otras personas del Movimiento y desconociendo las reglas del juego en esas situaciones, optaba por el silencio. Felipe dormitaba. Sólo el chofer parecía relajado, viejo en el oficio quizás y, de vez en cuando, tarareaba tonadas de moda o viejas canciones de Agustín Lara. El sol, al despejar la bruma, alumbraba extensiones plantadas de maíz y cebollas. Estaban en una zona campesina. Hasta aquí no llegaba ni la luz eléctrica. No se veían postes semejando cruces en el camino, ni gorriones sobre el tendido de los cables de alta tensión, como en la ciudad. Olía a bien, a limpio, a vacas lejanas, a caballos. —¿Cuánto falta? —dijo Felipe, espabilándose después de un brusco movimiento del vehículo. —Ya estamos cerca —contestó Toñito, y los dos retornaron a su silencio. —Ya estamos cerca, pensó Lavinia. Esperaba no resultar deficiente en el "entrenamiento". Felipe le explicó sobre ejercicios, formaciones, arme y desarme, clases de tiro, "cosas que se aprendían en una escuela de fin de semana". Aunque nunca había sido muy destacada en los deportes o juegos atléticos y lo único en su haber eran clases de gimnasia rítmica, y ballet en la adolescencia, no pensaba que debía preocuparse demasiado por los ejercicios porque era buena caminante y tenía un cuerpo naturalmente firme. Le preocupaban las clases de tiro. Hasta el día del almuerzo con Vela, nunca tuvo un arma en la mano. Ante el general, apenas si había tocado el metal aduciendo el horror "femenino" a las armas de fuego —horror que, por demás, había sentido ese día ante aquellos mudos instrumentos de quien sabe cuántos asesinatos—. En una ocasión, su tía Inés, que conocía de escopetas porque, de niña, solía acompañar al abuelo en cacerías de venados, le mostró el mecanismo de un viejo revólver que guardaba en la gaveta de las cosas "sagradas", junto con misales, rosarios y cartas de novios de juventud. A ella le impresionó la delicada arquitectura interior, la aplicación de la física a la balística, los mecanismos cuidadosamente sincronizados. Fue la primera vez que miró de cerca uno de aquellos objetos a los que su madre tenía un horror fervoroso. "Prohibido tocar, prohibidísimo ni siquiera acercarse" decía cada vez que el padre sacaba un viejo revólver cuando escuchaba ruidos de ladrones. Y ahora ella iba camino a "clases de tiro; arme y desarme". Aprendería a manejar armas de fuego. Quizás guardaría armas en su casa. No lograba imaginarse a sí misma disparando. ¿Qué se sentiría al apretar el gatillo? ¡Qué lejos estaban sus padres de sospechar estos rumbos de su vida! pensó. Desde el día del baile los visitó dos tardes como lejana conocida. Tomaron café y comieron galletas en la sala de la casa. De vez en cuando hablaban por teléfono. Sus padres indagaban sobre su vida social, pero no hacían muchas preguntas. Había quedado establecida entre ellos una distancia ancha desde cuyos extremos apenas si el afecto asomaba en gestos y palabras cifrados. Así lo había querido ella. Era mejor dejar sentado el distanciamiento cortés. No podía arriesgarse a las intimidades y visitas imprevistas de sus padres. 120

La Mujer Habitada Gioconda Belli Piensa en los suyos. Aun cuando quiera obviarlos, las imágenes aparecen en los momentos más inesperados. En el peligro, la he sentido añorar el regazo de su madre y el de esa otra mujer, que aparece en sus recuerdos desleída por el tiempo. Pareciera que hay asuntos en su vida sin resolver. Carencias profundas. Caricias que le faltaron. La infancia cuelga de su fantasía como región de bruma y soledad y, a ratos, la atrapa en un confuso mundo de espíritus silentes y tiempo ido. Ella nunca se despidió. Sus padres no la bendijeron. No la vieron marchar en la distancia como mira un arquero la flecha lanzada lejos. No la han dejado libre. Toñito codeó a Felipe. —Llegamos —dijo, deteniendo el vehículo. Estaban al fin del camino de tierra. Terminaba abruptamente en un cerco de finca. La vegetación alrededor era espesa. Tupidas extensiones sembradas de plátano se alzaban a ambos lados. Felipe indicó a todos que bajaran. Descendieron en silencio mirando incomprensiblemente aquel lugar en medio de ninguna parte. No se veían más que plátanos. Indicó a Lavinia y los demás que lo esperaran cerca del alambrado mientras hablaba con el chofer. El viejo jeep destartalado inició su retroceso por el camino levantando polvareda. "Toñito" alzó la mano en señal de adiós, cuando dio la vuelta, y enrumbó de regreso, alejándose. —Vamos por aquí —dijo Felipe, indicando un lugar en la alambrada. Tomaron turnos para levantar los alambres y pasarse debajo del cerco. Caminaron por espacio de media hora aproximadamente, cerca unos de los otros, callados. Finalmente llegaron a un claro donde se alzaba una vieja casa hacienda. Era ya pleno día, pero no se veían en la casa señales de actividad. Diríase que la casa estaba abandonada y, sin embargo, los platanales... Felipe se acercó y golpeó una de las puertas: tres golpes fuertes, seguidos por otros dos golpes rápidos. Era la señal. La puerta se abrió y de la casa salieron dos hombres jóvenes, vestidos de blue jeans, descalzos y sin camisa. Abrazaron sucesivamente a Felipe, mirando mientras lo hacían, al pequeño grupo que lo acompañaba. —¿Estos son los "alumnos"? —dijo el más alto de los dos, un muchacho bien parecido, de largas y delgadas extremidades, blanco y de pelo lacio castaño. —Sí —dijo Felipe—, estos son y los presentó: "Inés", "Ramón", "Pedro" y "Clemencia". El otro muchacho, grande y fuerte, los miró con un cierto dejo de broma en los ojos. —¿Vienen listos a cansarse? —preguntó, y todos sonrieron incómodos. —Vamos a empezar de inmediato —dijo "René", el más alto de los dos. Entraron a la casa hacienda donde les indicaron un lugar para dejar sus cosas. A excepción de varias hamacas colgadas en el interior, sólo vieron un improvisado fogón en la esquina y varios sacos. El entrenamiento se inició en el patio. Lavinia no entendía aquel lugar. ¿Dónde estarían los campesinos, quién viviría allí?, pensaba, mientras René les mandaba numerarse e indicaba que, durante todo el tiempo que estuviesen allí, todos se llamarían por números. A Lavinia le tocó el número seis, el último. Felipe se encontraba sentado en el viejo y desvencijado corredor. Desde allí la observaba. —Vamos a dividir las clases. Yo les daré elementos de formación cerrada y táctica militar; Felipe impartirá la clase de arme y desarme; Lorenzo hará la vigilancia diurna y en la noche vamos a turnarnos —decía René en tono profesional—. No quiero risas, ni conversación, hasta que hagamos un descanso. ¿Entendido? —Entendido —dijeron los dos hombres y la mujer, mientras Lavinia movía la cabeza en sentido afirmativo, pensando que los otros parecían más duchos que ella. Toda la mañana pasaron en aquel patio, aprendiendo las "voces de mando", los movimientos correspondientes: firmes, derecha, izquierda, media vuelta, marchen, numerarse de frente a retaguardia... "media vueeelta" gritaba René y todos giraban con los talones juntos... 121

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