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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli triunfáramos." Decía sentirse extraño fuera del monte. Ya le costaba acostumbrarse a caminar en la ciudad. No estaba hecho a las aceras después de tanto lodazal, de andar trepando cuestas como mono. Se durmió escuchándolos. Soñó que estaba con un vestido de grandes flores blancas y amarillas en un lugar como una fortaleza. Tenía en la mano una pistola extraña que parecía un cañón en miniatura. Desde atrás, una mujer con trenzas le ordenaba disparar. Se despertó cuando Lorenzo la sacudía suavemente. —Compañera, compañera —repetía—, es su turno de la posta. Se levantó y acompañó a Lorenzo en la oscuridad hacia una pequeña loma cerca de la casa entre los platanales. Hacia frío y la luna cuarto creciente apenas iluminaba las formas de los plátanos. Lorenzo le entregó la pistola y le indicó que debía estar alerta a ruidos de pasos o formas humanas entre la maleza. Le enseñó cómo debía silbar en caso de que sospechara algún movimiento anormal. No debía disparar a menos que estuviera absolutamente segura de algún problema serio. Si veía la silueta de un campesino, debía gritar "quién vive"; si respondía "Pascual", todo estaba bien. Ese era el santo y seña. El muchacho se alejó. Al principio ella no experimentó miedo. Se sentía más bien importante, guerrillera casi. Sin embargo, a medida que el tiempo transcurría, todos los sonidos de la noche le empezaron a parecer hostiles y sospechosos. "¿Quién vive?" murmuraba de vez en cuando, sin obtener respuesta. Era el viento o los insectos, los animales del monte. Tenía frío. Al poco tiempo le castañeteaban los dientes y los escalofríos le recorrían el cuerpo. Pensó en Flor para darse ánimos, en Lucrecia, en Sebastián. Recurría de vez en cuando al recuerdo del general Vela para que la rabia y la repulsión la sostuvieran. Finalmente pensó en su tía Inés y más tarde rezó al Dios olvidado de su infancia para que no viniera nadie, para no tener que usar aquella pistola pesada cuyo teórico funcionamiento apenas acababa de aprender. Sabía que Lorenzo también velaba en algún lugar cercano. Él, René y Felipe, turnándose, acompañaban a los novatos en la posta, pero no se veía nada. Debía conformarse con saber que estaba por alguna parte. Dos horas después, llegó Lorenzo con el número "cuatro" a relevarla. Regresó a la hamaca, aterida de frío, temblando. En el umbral de la casa encontró a Felipe saliendo a sustituir a Lorenzo. La abrazó en silencio, rápidamente, y le dijo que tomara su cobija para calentarse. Amanecía. No supo porqué, mientras le retornaba el calor al cuerpo, le empezó a entrar risa. Empezó a sonreír sola por haber sobrevivido su primera posta y luego rió bajito pensándose allí, en la hamaca, convertida en otra persona; una mujer en medio del territorio nacional, en una finca perdida, abandonada a los fantasmas, y a ellos, soñadores, dispuestos a cambiar el estado de cosas, quisquillosos jóvenes quijotes con la lanza en ristre. O rió quizás de nervios, del miedo que sintió sentada entre las hojas grandes de las matas, el temor a las culebras, el ruido de las pocoyas levantando su vuelo nocturno y ahora sentir el calor invadiéndole reconfortante, el cansancio; la extraña sensación de fuerza, de ser invencible mientras afuera anduvieran despiertos los muchachos. Al otro día, el ejercicio consistió en "tomarse" la vieja casa hacienda cual si se tratase de un cuartel en media montaña. Terminaron exhaustos hacia las cuatro de la tarde, después de largos arrastres, emboscadas, asaltos y retiradas. Hacia las cinco y media apareció de nuevo Toñito por el camino en su jeep destartalado. Lo esperaron ocultos al otro lado de la alambrada. Se despidieron de René y Lorenzo y montaron de nuevo el jeep. Esta vez en el recorrido de regreso abundó la conversación, los comentarios sobre el desempeño de cada uno, las bromas sobre quién había sido el mejor estratega, la manera en que Lavinia se quedó pegada de las púas de la alambrada, dando tiempo al "enemigo" de capturarla. Sólo al entrar en la ciudad, los comentarios se acallaron. De nuevo bajaron los ocupantes de los vehículos en esquinas diferentes. Se despidieron (quizás ya nunca se verían) y finalmente, Toñito dejó a Lavinia y Felipe a pocas cuadras de distancia de la casa. 124

La Mujer Habitada Gioconda Belli —Tuviste suerte —dijo Felipe, mientras caminaban por la acera—. Te tocó un entrenamiento tranquilo y en buenas condiciones. No creas que las cosas son siempre así. Hace un año la guardia nos detectó una escuela y murieron casi todos los compañeros. Sólo dos se salvaron. —Sí, tuve suerte —asintió Lavinia, pensando que no había sido tan difícil, a pesar de la manera en que le dolía el cuerpo. —Sebastián te cuida —dijo Felipe. —¿Vos crees? —dijo ella, enternecida, percatándose hasta entonces de la invisible presencia de Sebastián en la planificación del entrenamiento. Después de un rato, dijo como para sí misma: —Sebastián siempre dice que el Movimiento tiene grandes expectativas en mí. Pienso que lo dice para hacerme sentir bien, pero me preocupa defraudarlo. No sé qué tan útil podré ser. —Depende de vos —dijo Felipe, mirándola serio cuando ya entraban y encendían las luces de la sala. 125

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