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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli Capítulo 20 EL GENERAL VELA la había citado en su oficina. Diez minutos antes de la hora de la cita, dobló desviándose de la carretera, hacia el portón del complejo militar. El guardián, con gesto autoritario, hizo sonar su silbato al tiempo que le indicaba que no podía pasar, alzando el brazo para conminarla a retornar a la vía de los automóviles. Deteniéndose, sacó la cabeza por la ventana y gritó que el general Vela la esperaba. El guardián —traje verde olivo, casco de combate— interrumpió sus ademanes y caminando despacio, cauteloso, se acercó al automóvil. —¿Cómo dice? —preguntó, mirándola desconfiado, recorriendo con sus ojos el interior del carro. —Digo que tengo una cita con el general Vela. Me espera en cinco minutos. —¿Tiene identificación? —Mi licencia. —Démela. Tomó su bolso. El guardia se retiró un poco, cual si temiera ver salir un arma. Sacó una licencia y se la dio. —Espere aquí. No se mueva —y se retiró a la caseta de control. Lavinia notó con satisfacción que no estaba nerviosa. Al contrario, segura de sí, animada por la superioridad de sus motivos, experimentaba la exaltación de penetrar en aquel sitio inexpugnable, en el recinto mismo del enemigo, cual un cóndor confiado de su vuelo que mira desde lo alto la pequeñez de los adversarios. No podía ver nada del complejo militar. Estaba oculto de los pasantes por una muralla alta y sólida, interrumpida solamente por el portón negro y metálico ante el cual se encontraba. Tamborileó impaciente sobre el volante con las puntas de los dedos. Si el guardia no regresaba pronto, se marcharía. Diría al general que no le había sido permitido el acceso, que debía dar instrucciones más precisas. Sin duda el general se enfurecería contra sus subordinados, los sancionaría. La próxima vez no la detendrían, la harían pasar rápidamente. Había sido difícil al principio darse cuenta del poder de actuar con aplomo, con la seguridad de quien domina y merece respeto. Era más efectivo en todos los casos; cuando se era mujer, sobre todo. Así lo corroboró en las reuniones con los ingenieros y el general Vela. Si se caía en la gracia y la sonrisa, el tratamiento era sexista y sofisticadamente despectivo. En asuntos profesionales, Flor tenía razón: era necesario aprender de los hombres. Y los había estado observando hasta intuir el mecanismo. Miró su reloj. Casi cinco minutos habían transcurrido. Decidió no esperar más de cinco minutos. Segundos más tarde, el portón se abrió. Otro guardia, esta vez con barras de capitán, se aproximó. —Señorita Alarcón —dijo acercándose a la ventana del automóvil—, si me permite voy a subir a su automóvil para acompañarla a la oficina del general Vela. —¿No es aquí? —Sí, pero tendrá que conducir a través del complejo. Iré con usted para que no tenga ningún problema —y abriendo la puerta lateral, se introdujo a su lado. El portón se abrió. Detrás de la muralla, diversas edificaciones y barracas constituían una ciudadela, conectada por calles donde transitaban o estaban estacionados vehículos militares, soldados uniformados circulaban por las aceras. Cruzaron otras dos barreras del tipo ferrocarril hasta llegar a un bloque de edificios de concreto. En menor escala, tenían la misma arquitectura pesada y monumental de las construcciones de la Roma moderna de Mussolini: paredes lisas y grises con volúmenes geométricos, rectangulares. Mentalmente, Lavinia almacenaba los detalles de las construcciones, el diseño de las calles. Prefirió conducir en silencio para no perder la concentración y retener las referencias del lugar. 130

La Mujer Habitada Gioconda Belli —Es aquí —dijo el capitán, sin perder un momento su expresión de cadete—, aquí es el Estado Mayor. Puede estacionar allá. Bajaron y después de cruzar un patio engramado, entraron al edificio central. Un gigantesco retrato del padre del Gran General, fundador de la dinastía, presidía el vestíbulo. La secretaria de uniforme azul saludó con la cabeza al capitán. Subiendo por escaleras anchas de mármol, llegaron a otro vestíbulo más extenso al que desembocaban las puertas de varias oficinas, cada una custodiada por un guardián vestido con uniforme de gala. En el centro, la sala de espera de muebles de cuero, se deslucía por los adornos de flores plásticas en las mesas. El despacho del general Vela exhibía la misma mezcla de detalles de mal gusto y sólida frialdad arquitectónica. El toque dominante era una fotografía, a colores en la pared, del Gran General sonriendo a todo lo ancho de los dientes. La foto tomada desde un ángulo inferior, pretendía dotar a aquel hombrecito requeneto de la carente majestuosidad. El resto del mobiliario procuraba ser moderno, vinil y cromo. Los ceniceros y los adornos de conchas y caracoles daban un toque kitsch al decorado. Sobre los archivos, la secretaria coleccionaba cajas de fósforos en una enorme copa de cristal. Era una rubia artificial, delgada y nerviosa, edad mediana con pretensiones de adolescente. Sonriendo afectadamente, le pidió sentarse para "anunciarla". El cortés-capitán, aide de cámara del general, se retiró discretamente. No había terminado de acomodarse, cuando sonó el timbre del intercomunicador. La secretaria lo levantó con un saltito que hizo pensar a Lavinia en una hot line, dijo "sí, general" con acento de pájaro enfermo y a continuación, moviéndose como muñeca de cuerda, abrió la puerta del despacho de Vela, indicándole que pasara. —Buenos tardes, señorita Alarcón —decía el general, de pie detrás de su escritorio de madera sólida, rodeado por fotografías del Gran General abrazándolo, condecorándolo, pescando con él, en helicóptero, a caballo. —Buenos tardes, general —respondió ella, acercándose para estrecharle la mano a través del escritorio. —Siéntese, siéntese —le dijo, obsequioso— ¿quiere un café? —Encantada —dijo, con su sonrisa más encantadora. —Cada día más guapa —comentó el general, con lascivia. —Gracias —dijo—. ¿Y qué me dice? ¿Qué hay de nuevo? ¿En qué puedo servirle? —¡Ah sí! —dijo el general, regresando de algún pensamiento morboso—. La mandé llamar porque estuve pensando anoche, revisando los planos en mi casa, que en la terraza frente a la sala, además de la pérgola, quisiera construir unas instalaciones para barbacoa... —Pero ya tenemos unas al lado de la piscina... —Sí, sí, lo sé, pero es que mire, lo de la piscina está bien para el verano; en el invierno, con la lluvia, necesito un lugar bajo techo para el asado. ¿Ya le expliqué, verdad, que es una de mis distracciones cuando llegan los amigos? Lavinia sacó su libreta de notas e hizo algunas anotaciones, afirmando con la cabeza. —¿Quiere la instalación igual a la de la piscina? —Pienso que debería ser un poco más pequeña, ¿no le parece? —Bueno, de cualquier manera, tendremos que extender la pérgola. —Esa es mi idea, pero quizás se puede hacer un poco más pequeña. —Sí, un poco más pequeña sería mejor. —Lavinia anotaba preguntándose para sus adentros por qué la mandaría llamar el general Vela para algo que podría haberse arreglado perfectamente por teléfono. —¿Esto es todo? —preguntó. —Sí, sí. Eso es todo, pero tómese su café tranquila. Apenas acaba de llegar. Cuénteme cómo va la casa... Estaba segura que algo se tenía entre manos el general. Empezó a pensar qué le diría, si mostraba pretensiones de enamorarla, para ser cortés, y al mismo tiempo, cortante. Le explicó detalladamente los acuerdos con los ingenieros sobre el movimiento de tierra, los materiales, las instalaciones eléctricas y de aguas negras. No quería darle oportunidad para 131

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