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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli amargura, casi como cediendo a un destino oscuro e inevitable. No pudo evitar un aleteo en el estómago cuando pensó que, guardando las distancias, ella estaba a punto de reiniciar su relación con Felipe, a pesar de todo. Se acomodó en la silla y encendió un cigarrillo. El rumor del aire acondicionado se escuchaba alto en la quietud de la tarde. Era la hora de la modorra. A pesar del fresco clima artificial, el vaho del calor se podía ver por las ventanas elevándose como un velo blanco difuminando el paisaje. No se engañaba sobre la inminencia de su claudicación, pero debía ingeniárselas para dejar algunas cosas sentadas con Felipe. No estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de hacerle ver lo absurdo y poco respetuoso de su actitud. No le daría la victoria de una reconciliación fácil. Estaba ensayando su discurso, cuando Felipe apareció por la puerta, sobresaltándola. —Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña —dijo y se sentó, encendiendo un cigarrillo. "Viene en plan de simpático seductor" anotó Lavinia, tratando de recuperar la compostura, reclinándose de nuevo en su silla sin decir nada, reiterando su decisión de no facilitarle las disculpas. —Como te podés haber dado cuenta —dijo Felipe— pedir disculpas no es mi especialidad... Lavinia sostuvo su mirada. —Pero no fue nada tan serio —dijo él—, no te pongas así... —Y si no fue tan serio, según vos —dijo Lavinia— ¿por qué te llevó tanto tiempo venir a disculparte...? —Porque, como te dije, soy muy malo para pedir disculpas... sobre todo cuando se trata de estupideces tan obvias. ¿Cómo no me iba a incomodar disculparme por ser estúpido? Tenés que reconocer que es difícil aceptar el propio demonio... —¿Y crees que yo tengo que aceptarlo? —No, claro que no. Pero, como vos misma decís, hay que apelar a la comprensión. Después de todo, son cosas que funcionan dentro de uno casi involuntariamente... La desconfianza, la inseguridad... "Machismo”, a fin de cuentas. —Lo peor es tener que oírte usando mis propias palabras para salvar tu responsabilidad. ¡Sos incorregible! ¡Sos el maestro del arrepentimiento! —Es que vos querés resultados mágicos. Crees que con sólo conversar sobre estos problemas y reconocerlos, todo debería cambiar. No es tan fácil. Uno tiene reacciones casi primitivas ante determinadas cosas. Aquel día, por ejemplo, ¿pensás que no me di cuenta de estar actuando como estúpido, de que era injusto lo que dije...? Pero no pude evitarlo. Me salió de la boca antes de que la voluntad se impusiera. Y vos me tiraste el portazo. No me diste tiempo de enmendar en el momento. Lo convertiste en un asunto grave, de pedir disculpas especiales como estoy haciendo ahora. Y es incómodo, difícil vencer el orgullo... Pero ya ves que te estoy pidiendo disculpas... —Yo no me puedo pasar la vida disculpándote porque "no sos responsable" de esos impulsos "primitivos". Retiro lo dicho por mí misma. Dejo de ser comprensiva. A punto de comprensión, ¡resulta que tendré que acabar justificando todas tus acciones! —No me estoy justificando. Te estoy diciendo que reconozco que actué como un estúpido. ¿Qué más querés que te diga? —No sé por qué tengo la sensación de que sólo me falta la sotana para ser cura en confesionario y mandarte a rezar cinco rosarios como penitencia. —Los rezo, Lavinia. Si vos me lo pedís, los rezo —dijo Felipe, arrodillándose al lado de su silla en actitud penitente. Ella no pudo evitar la sonrisa, ni el abrazo, ni la reconciliación desabrochada por el humor. Él sabía el mecanismo. Ella le permitía usarlo. No existían remedios mágicos contra la necesidad de su piel. Mucho menos en esas circunstancias donde el universo entero parecía pender de filamentos delicados y cada día vivido era un día ganado a la posibilidad constante de la separación o la muerte. —Que conste que es el último "impulso primitivo" que "comprendo" —dijo Lavinia antes de que Felipe saliera por la puerta. 136

La Mujer Habitada Gioconda Belli Capítulo 21 SIEMPRE CORRIENDO. No para usted —decía Lucrecia, recogiendo la ropa sucia del canasto en el baño. Lavinia se arreglaba rápidamente para regresar al trabajo. Su único logro con Lucrecia era que ahora le dijera "Lavinia" en vez de "niña Lavinia" y que, de vez en cuando, le hiciera confidencias sobre el nuevo amor que la mantenía cantando mientras hacía los oficios domésticos: era un electricista, un hombre de cincuenta años que venía ya de regreso de las correrías juveniles, y le había ofrecido matrimonio y una casita. La boda se realizaría al mes siguiente. Lavinia sería la madrina. "Porque usted es mi amiga" afirmaba Lucrecia. Y Lavinia ya se había resignado a esta "amistad". Le había sido imposible romper el patrón de relación tradicional de servidumbre. Quizás en otra época, en otro tipo de sociedad, en el futuro, las cosas cambiarían para ambas. Quizás entonces la aceptaría como igual, pensaba Lavinia. Terminó de pasarse la pintura de labios, recomendó a Lucrecia que comprara pan en la pulpería cercana y salió de nuevo al trabajo. Efectivamente, en los últimos meses, desde que se iniciara la construcción de la casa del general Vela, andaba con el tiempo desordenado. Tenía tantas cosas que hacer que las veinticuatro horas del día se le hacían insuficientes. Parecía que todo a su alrededor se hubiese puesto de acuerdo para acelerar el ritmo al unísono. No sólo tenía que lidiar con Julián, los ingenieros, los proveedores de materiales, los carpinteros y decoradores de interiores, frenéticos con el plazo impuesto por Vela, sino que el Movimiento también parecía haber entrado en un activismo enardecido. De pronto habían aparecido caras nuevas, hombres y mujeres silenciosos y risueños, que le tocaba trasladar, en madrugadas y atardeceres, al camino de los espadilles. Sebastián la mandaba a buscar cosas extrañas: por ejemplo, quince relojes, que funcionaran a la perfección, sincrónicos; vestidos de fiesta, cantimploras para agua. Felipe, ocupado en quién sabe que actividades inusuales, se ausentaba los fines de semana, regresando agotado los domingos por la noche. Ella sospechaba que asistía a entrenamientos militares porque volvía con las uñas y el pelo sucios de tierra y traía, en una bolsa, mudas de ropa enfangadas que desesperaban a Lucrecia. Así, en un crescendo de acontecimientos, pasaban los meses. El verano se anunciaba ya en los vientos de noviembre. La lluvia, desde octubre, había cedido lugar a los días claros, permitiéndoles avanzar rápidamente en la construcción de la casa de Vela. El general seguía insistiendo en invitarla a "fiestecitas", pero ya Lavinia había dejado claramente establecido que la relación debía mantenerse en el terreno profesional. Bajo los consejos de Sebastián, le advirtió —de la forma más cordial y diplomática— que, o la aceptaba profesionalmente o pediría que otro arquitecto asumiera su responsabilidad. Fue un momento tenso e incómodo, pero finalmente Vela pareció ceder y bajó el ritmo de sus asedios que ahora se mantenían a un nivel más manejable. Sentada ya en su escritorio, revisando los contratos con los proveedores de cortinas y alfombras, repasó de nuevo en su mente la tarea que debía realizar esa noche, el enfoque que tendría que utilizar para convencer a Adrián de que prestara su colaboración al Movimiento. Había casi olvidado que, en una época (¡le parecía ahora tan lejana!), Adrián hablaba a menudo del Movimiento, nombrándolo con respeto y una callada admiración. Fue él quien le dio las primeras explicaciones sobre sus objetivos en los días del juicio al alcaide de la prisión La Concordia, cuando ella los llamaba "suicidas heroicos”. Sebastián se lo recordó. "Hubo varios intentos de acercársele en la universidad", le dijo, "pero no se llevaron a cabo más que de manera muy preliminar. Después, terminó los estudios y le perdimos la pista." En la vertiginosidad de los sucesos que la condujeron a involucrarse, Lavinia simplemente había apartado los comentarios de Adrián. Era curioso su olvido, pensaba, sobre todo ahora que podía recordar conversaciones donde Adrián hablaba de anécdotas escuchadas en las universidades sobre 137

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