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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli ya sabes lo que pienso sobre el asunto. —Yo pienso lo mismo que vos. Mi primera reacción fue negarme a diseñar la casa... —Entonces, ¿por qué lo hiciste? —Porque hubo quienes consideraron que era importante que lo hiciera... —dijo Lavinia, echándose encima un velo de misterio, pensando que el abordaje sería más fácil de lo que imaginó, disfrutándolo. —Claro. Julián seguramente lo consideró importantísimo! —No me refiero a Julián. Me refiero al Movimiento de Liberación Nacional. —¿Y qué tenés que ver vos con el Movimiento? —dijo Adrián, tomado totalmente por sorpresa. —Estoy trabajando con ellos ya hace meses —dijo Lavinia, seria. — ¡Ah! muchacha —dijo Adrián—, ¡ya sabía yo que te ibas a meter en enredos! —No son "enredos", Adrián. Vos decías que eran la única gente seria, los únicos consecuentes... —dijo, ligeramente sarcástica. —Y lo sigo pensando, aunque vos... No estás hecha para este tipo de cosas; sos muy romántica, ingenua, no medís el peligro. Seguro que te parece una gran aventura. —Así fue al principio, quizás. Pero ahora es diferente. No podés negar que la vida enseña... —No, no lo niego. Y vos sos una mujer sensible, pero... no sé. No te puedo visualizar en esa dimensión. —Bueno, no nos preocupemos por mí ahora. Los compañeros me encargaron pedir tu colaboración. Dicen que tuvieron algún acercamiento con vos en la universidad y que, aunque allí no se pudo concretar nada, querían saber si aún estabas dispuesto a darla. Adrián recostó la cabeza en el respaldo de la silla y se quedó en silencio. Lavinia sacó un cigarrillo, lo encendió y expelió una densa bocanada de humo, sin mirarlo, dándole tiempo a la reflexión. —¿Así que te dijeron lo de la universidad? —dijo, por fin, inclinándose a tomar un sorbo de café, mirándola. —Sí. —Esos fueron coqueteos, nada más, aproximaciones —dijo, recostándose en la silla—, en esa época todos colaborábamos imprimiendo papeletas clandestinas, repartiéndolas... después, uno salía de la universidad y había que empezar a pensar con el estómago... ganar dinero, establecerse bien, casarse... Uno deja los sueños por detrás. Se vuelve más realista... —la miró fijamente. —Pero hay que creer en los sueños, Adrián —dijo suavemente— No podemos dejarnos vencer por el espanto de la realidad. ¿Vos querés que tu hijo crezca y viva en este ambiente? ¿No querés un cambio para él? ¿Querés que, como nosotros, tenga también que reclamarles a sus padres el no haber hecho nada para cambiar este estado de cosas? —Lo que no quiero, Lavinia, es que mi hijo sea huérfano. Quiero estar al lado de Sara para criarlo y darle todo lo que necesite... —Todos quisiéramos eso, Adrián. ¿Vos crees que yo no quisiera tener un hijo también? —Pero no lo tenés. —Pero me gustaría tenerlo algún día, en otras circunstancias. —Te felicito por tu planificación. Mi realidad es que Sara está embarazada. —Pero eso no puede ser un impedimento, Adrián. Al contrario, con mucha razón deberías ayudar... Adrián se levantó. Caminó hacia la mesa de dibujo y, nerviosamente, empezó a reacomodar lápices, borradores y reglas. —¿Y qué es lo que quieren que haga? —dijo. —No es ninguna gran cosa —dijo Lavinia— sólo necesitan que les prestes tu carro varias noches de la semana en este próximo mes. —¿Vos sabes lo que eso significa? —dijo Adrián, nervioso, aproximándose— que si agarran a alguien con mi carro, es el fin. Inmediatamente voy yo preso. —Me pidieron decirte que sólo personas "legales", nadie "quemado" conducirá tu carro... También querrán saber si podían esconder algunas armas en tu casa... —Eso sí que no —dijo Adrián—. Yo puedo asumir cualquier cosa que me involucra a mí, pero guardar armas aquí significa involucrar a Sara y de eso ni hablar. No quiero ni pensar lo que podría 140

La Mujer Habitada Gioconda Belli suceder... ¿Te fijas? —añadió exaltado— ese es el problema con ustedes. Después que uno empieza a colaborar, antes de que uno pueda arrepentirse, ya lo comprometen en asuntos más delicados y peligrosos. —Bueno, bueno, cálmate —dijo Lavinia, agradeciéndole el "ustedes"—. Como están "limpios", pensamos que la casa podría ser un buen escondite... Yo lo pensé, para serte franca. —Ese es tu problema. No pensás lo suficiente. No te das cuenta contra quién se están enfrentando. ¡Nunca has sentido la represión ni cerca de vos! ¡Crees que esto es como una película! Yo sí vi en la universidad cómo se llevaban a compañeros, por mucho menos que eso, y nunca los volvíamos a ver. ¡Desaparecían! ¡Como si nunca hubieran existido! —No te alteres, Adrián —dijo Lavinia, procurando no irritarse, no entrar en una discusión personal, procurando que sus palabras no le afectaran, no la hirieran—, olvídate de lo de las armas. Decime nada más si podes prestar el carro. —¿Cómo es eso de que sólo legales lo van a manejar? —"Eso" es que tu carro no se va a ocupar para cosas peligrosas. Lo van a ocupar para trasladar gente. El riesgo es mínimo. Sólo tenemos que sacarle copia a tu llave. Yo la voy a entregar a una persona. Tres veces a la semana, vos lo vas a dejar parqueado en determinado lugar y allí alguien lo va a recoger, y te lo va a dejar aquí en tu casa más tarde. —¿Y cómo se lo explico a Sara? —Si querés se lo explico yo —dijo Lavinia, aliviada. Por el rumbo de la conversación, había pensado que Adrián se negaría. —No. No le vamos a decir nada. Prefiero que no sepa nada. Es más seguro para ella. —Personalmente, pienso que sería mejor decirle, pero vos tenés que decidir. —No le voy a decir. Definitivamente no le voy a decir nada. No es conveniente, con el embarazo, ponerla nerviosa. Ya veré qué excusa invento sobre el carro. Esta vez fue el turno de Lavinia de recostarse en el sofá. Encendió en silencio otro cigarrillo. Miró su reloj. Eran las nueve de la noche. —Me voy —dijo Lavinia— se nos hizo un poco tarde. Sara debe estar preocupada, si es que no se ha dormido... Te agradezco en nombre del Movimiento. —No seas tan formal... —No es formalidad. En estos días no te imaginas lo difícil que es conseguir carros, colaboradores... Se levantó extremadamente cansada, agotada del esfuerzo, de contemplar la lucha interna de Adrián; sentirlo débil y comprenderlo al mismo tiempo. —Te veo y todavía me parece increíble pensar que andas metida en esas cosas —dijo Adrián, acompañándola a la puerta, poniéndole la mano sobre el hombro—. Por favor, cuídate. Es muy peligroso. —Lo sé —dijo Lavinia—, no te preocupes, que lo sé. —El Gran General está frenético con lo que está pasando en la montaña —dijo— y esa lucha por acaparar negocios en la ciudad, le está costando la animadversión de la empresa privada. No creo que pueda medir el costo de sus impulsos apropiadamente. Pero alguna intuición ha de tener. ¿Has notado el incremento en la vigilancia? —Sí, sí. Claro que lo he notado, pero yo tengo una buena cobertura. El general Vela, al menos, no sospecha de mí. —No estés tan segura. De todas formas, si sospechara no te darías cuenta. Es experto en contrainsurgencia. Se despidió de Adrián. La noche estaba oscura, sin luna. Las estrellas visibles no alcanzaban a iluminar las sombras. Las luces de neón se habían apagado. La calle en tinieblas guardaba un aire pesado. Los coches semejaban extraños y abandonados animales antidiluvianos. Sintió miedo. Hacia mucho no experimentaba el filoso terror de los primeros tiempos, pero la conversación con Adrián pareció revivir los antiguos temores. En los meses recientes, al escuchar los reportes de la represión campesina por parte de Sebastián y Felipe, el sentimiento predominante era la rabia, el coraje que la impulsaba en sus tareas cotidianas. Bajo la perspectiva de los asedios que vivían los compañeros en la montaña, los riesgos corridos en la ciudad lucían pequeños e irrelevantes. Además, por esos días la actividad política en la capital era reducida. El Movimiento parecía 141

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