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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli especialmente en esta época del año. Salió a la sala. No vio más que a Sebastián y Flor, inclinados sobre un juego de planos colocados en la mesa de un comedor de aluminio y fórmica. Sebastián levantó la cabeza, sintiéndola llegar. —Ya te ves mejor —dijo. Lavinia sonrió, diciendo que se sentía mejor, el agua la había reanimado. Lo miró tratando de adivinar, en la expresión de los dos, qué pasaría con ella. —¿Ya decidieron sobre mi participación? —preguntó, haciendo un esfuerzo para sonar ecuánime. —Sí —dijo él—. Está aprobada. Vas a participar. Creemos que, en efecto, tu conocimiento de la casa es valioso. Sin embargo, tenemos que darte una preparación acelerada. Contamos con poco tiempo. Diez horas aproximadamente. "Cinco" te va a enseñar a manejar el arma. Vos serás la número "Doce". Yo soy "Cero" y Flor es "Uno". De ahora en adelante, nos llamaremos por número. No debes mencionar nuestros nombres delante de los demás. Dentro de un momento, nos reuniremos todos aquí para revisar los detalles de la operación —había asumido su tono "ejecutivo". Participaría, pensó Lavinia. La habían aprobado. Por un momento, casi se sintió feliz. Sebastián estaba tenso. Grave. Esta vez, seguramente, no habría llanto sordo; el ronquido animal y plañidero de aquella noche —lejana ya— de su casa. Esta vez, no había tiempo ni espacio para llorar. Y sin embargo, Lavinia podía sentir el dolor envolviéndolos en un círculo de agudas puntas. —Gracias —dijo aliviada—. Sólo una cosa más, ¿se arregló lo de Felipe? —Sí—dijo Sebastián—. Y también localizamos al taxista. Juró que si hubiera sabido que era un operativo del Movimiento, no habría disparado. Dice que nos respeta. Según él, Felipe no dijo nada hasta después. Es extraño. Difícil de creer. De todas formas, ya lo tenemos controlado al hombre. ¡Desgraciado! —musitó el adjetivo, con rabia e impotencia. ¿Cómo sería el hombre que había matado a Felipe?, pensó Lavinia, No sintió odio contra él. No supo qué sintió. Hubiera querido verlo quizás. Pero no tenía importancia. ¿Para qué? ¿De qué serviría ahora? lo cierto es que Felipe había muerto víctima de la violencia del país. La violencia de las calles de tierra, de los borrachos en las cantinas, de las chozas a la orilla de basureros insalubres, la delincuencia, las capturas a medianoche, fotografías de muertos en los periódicos, los FLAT patrullando las calles, hombres de cascos y toscos rostros imperturbables, las tropas élites y sus consignas terribles, la casta, la dinastía de los grandes generales. Era contra ellos que había que dirigir la ira, el coraje. Se distrajo. Flor la miraba. La mirada de Flor la hizo reaccionar. —Vení —dijo Sebastián, indicándole que se acercara a los planos—. Me gustaría que les dieras una última revisada a estos planos. Se acercó. Recordó la tarde cuando Felipe se los pidió. Los tuvieron que sacar de la oficina sin que nadie se enterara. Fotocopiarlos. No quería prestárselos. Tuvo que vencer otro límite cuando finalmente aceptó. Felipe no había sabido explicarle para qué los necesitaba. "Sólo para tenerlos", le dijo. "Nunca se sabe cuándo serán útiles. Necesitamos recopilar todo cuando podamos. Recordá que cuando fuiste a la oficina de Vela, también te pedimos el croquis." El blue-print sobre la mesa era exacto. Algunos ligeros cambios se introdujeron a última hora: la pérgola más grande en la terraza, la barbacoa bajo techo; un cuarto de costura... Lo que no estaba en los planos y era importante, era el complicado sistema de cierres y candados que el general mandara a instalar para aislar, durante la noche, los diferentes niveles de la casa. Así lo dispuso para evitar que un presunto ladrón pudiera moverse de uno a otro nivel. Cada nivel podría quedar aislado del resto, mediante una cancela enrejada y candados. —Eso es muy importante —dijo Sebastián—. Nos preocupaba la posibilidad de acceso desde otros niveles, el tráfico de un nivel al otro. —Pero no sabemos si el general los va a tener cerrados —dijo Lavinia—. Eso sólo está supuesto a funcionar por la noche, cuando se van a dormir. —Pero lo podemos hacer funcionar nosotros —dijo Sebastián—cuando tengamos asegurada a la gente en un nivel... ¿Y el patio? ¿Qué me podés decir? El patio estaba amurallado. No había posibilidades de que alguien se saliera por allí. La casa era 166

La Mujer Habitada Gioconda Belli una fortaleza. —¿Y el truco de la pared que me explicaste? —preguntó Flor, mirando a Lavinia. Sebastián levantó los ojos. Frunció el ceño intrigado. —Es aquí —dijo Lavinia, señalando el estudio privado en los planos. El general tiene sus armas en esta habitación, acomodadas en estantes sobre la pared. La pared es giratoria. Si no ven las armas, quiere decir que están al otro lado, ocultas. —¿Y cómo es eso? —preguntó Sebastián—. No está en los planos. —No —dijo Lavinia—. Está en un plano separado. —Mejor llamas a los demás —indicó Sebastián a Flor—. Vamos a hacer ya la última formación cerrada y a darles todas las instrucciones. Es importante que oigan esto. Flor desapareció por una escalera que conducía al piso de arriba. Minutos después, el grupo bajó ordenadamente. Eran siete hombres y tres mujeres. Lavinia reconoció a Lorenzo y René, los instructores de la escuela militar a la que asistió. No pudo disimular su sorpresa cuando vio, entre ellos, a Pablito, su amigo de infancia, con el que bailó en la fiesta del Social Club, el que dijo trabajar en la recientemente inaugurada Oficina de Investigaciones Sociales del Banco Central. Pablito, el "inofensivo". Según Sara, se había marchado del país a trabajar en un Banco en Panamá. La sorpresa fue mutua. Los dos estuvieron a punto de desatarse cuando comprobaron la incredulidad el uno en la cara del otro. Él le indicó con la mirada que se hiciera la desentendida. Los cuatro hombres restantes le eran desconocidos, al igual que las mujeres. Una de ellas, era pequeña, bien formada, de pelo largo, lacio castaño y ojos almendrados que miraban con una dulzura particular. Había otra, gordita y morena, de expresión simpática. Las otras dos eran serias y un poco adustas, mayores que el resto del grupo. La característica más destacada entre tanta fisonomía diferente era la edad. La mayor parte de los miembros del comando oscilaba entre los veintidós y treinta años, a excepción de dos de las mujeres que estarían en la mitad de su treintena. Cuando estuvieron todos en la sala, Sebastián dio la voz de mando de "formación". Se formaron en dos filas. Flor le indicó que se alineara como los demás. Se colocó de última. Era la número "doce". — ¡Firmes! —y todos se envararon, adoptando la posición militar. —¡Numerarse de frente a retaguardia! —ordenó Sebastián. Se inició el conteo. Pablo era el "Nueve"; Rene y Lorenzo eran "Dos" y "Cinco". La muchacha de ojos almendrados, el "Siete", la gordita simpática, el "Ocho"... —¡Descansen! —se quedaron, relajados en el mismo lugar. Sebastián se puso frente al grupo y empezó a hablar. Era tradicional en el Movimiento explicar políticamente cada acción, reiterar su significación. Lavinia, como los demás, guardaba una silenciosa y respetuosa atención a las palabras firmes de Sebastián, que explicaba cómo la Organización había confiado en ellos, en su capacidad, para llevar adelante el operativo "Eureka". Se tenía confianza, decía, en que todos y cada uno sabrían poner en alto el nombre del Movimiento, dando a conocer su vigencia; la lucha en las montañas; la represión y violencia de la dictadura. Con esa acción, seguía diciendo, se rompería el silencio guardado durante meses en las ciudades, por el Movimiento. —Uno de los miembros de este comando ha muerto esta madrugada, el número "Dos" —dijo, después de una pausa. Lavinia miró las caras de los demás. La tristeza. Con sencillez, Sebastián narró las circunstancias de la muerte de Felipe. "Así son los gajes de este oficio...", dijo, Felipe debía vivir entre ellos añadió. La acción honraría su memoria. Se había decidido que llevara su nombre. La muerte de Felipe, la muerte de tantos compañeros, seguía diciendo, los comprometía a hacer realidad los sueños por los cuales ellos habían entregado su vida. Sebastián se detuvo. Miró al suelo un instante. Alzó la cabeza y dijo con voz alta y gruesa: —¡Compañero Felipe Iturbe! —¡Presente! —dijeron todos. Hubo un breve silencio de recogimiento y memoria, en el que Lavinia no pudo visualizar a Felipe muerto, pensando una y otra vez, que todo aquello no estaba sucediendo. Oía el eco del "presente", lejano, terrible, en sus oídos. Luego Sebastián continuó explicando cómo la violencia no había sido una opción; sino una 167

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