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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli atacados. El óptimo resultado es salir de allí con la gente viva. No queremos, no podemos hacer una carnicería. Es fundamental que los rehenes se den cuenta que están tratando con revolucionarios, no con asesinos ni desalmados. Aunque el comando estaba compenetrado del tipo de acción a realizar, no había conocido sino pocas horas antes, por razones de seguridad, cuál sería el objetivo, la misión específica. Sin embargo, llevaban dos meses, según había dicho Flor, en el entrenamiento, haciendo simulacros, asaltos, conociendo sus armas. Ahora revisaban una y otra vez, detalles y movimientos. Siguieron haciendo preguntas por largo rato, discutiendo, hasta que pareció que todos estaban satisfechos y claros; hasta que se cercioraron de poder visualizar paso a paso, lo que debía suceder. Entonces Sebastián indicó que se iniciara el "zafarrancho de combate", la fase inmediata previa a entrar en acción. Flor dio instrucciones al grupo de revisar las mochilas, constatando provisión de medicinas, alimentos enlatados, bicarbonato, baterías, agua... Lo que necesitarían, en caso de asedio prolongado, bombas lacrimógenas, heridas. También orientó la revisión de las armas, asignadas a cada uno. Dispuso con la compañera que atendía la cocina, una comida ligera, temprano. Era importante haber hecho la digestión cuando entraran en acción o en caso de cualquier herida en el estómago. Eran más peligrosas con el estómago lleno. Indicó a Lavinia que debía dirigirse a una habitación al fondo con el "Cinco", para recibir instrucciones sobre el uso de su arma, una subametralladora Madzen, vieja y descascarada. La actividad frenética de la casa, se desarrollaba en orden. Los muchachos revisaban, extendiendo sobre el suelo, la provisión contenida en las mochilas. Sebastián discutía otros detalles de la operación con los jefes de escuadra Flor, el "Dos" y el "Tres". Eran las doce del día. 170

La Mujer Habitada Gioconda Belli Capítulo 26 HEMOS LLEGADO AL DÍA. La fecha favorable para el combate, marcado por el signo "ce itzcuintli" "uno perro", consagrada al dios del fuego y del sol. Antes de la llegada de los invasores, nosotros nunca íbamos a la guerra por sorpresa. Muchas embajadas enviaban nuestros calachunis a las tierras en disputa, para tratar de lograr acuerdos amigables. No sólo le dábamos al adversario tiempo suficiente para preparar la defensa, sino que incluso les proporcionábamos rodelas, macanas, arcos y flechas. Nuestras guerras obedecían a la voluntad de los dioses desde el origen del mundo, desde que las cuatrocientas serpientes de nubes olvidaron su misión de dar de comer y beber al sol. Las guerras se decidían a "juicio de los dioses" y por eso, era menester que su juicio no fuese falseado con enfrentamientos desiguales o enemigos atacados sin aviso. Fueron los invasores los que impusieron nuevos códigos de guerra. Ellos eran arteros, engañosos. Las guerras que nos hicieron estaban profanadas de principio a fin. No respetaban las reglas más elementales. Nos dimos cuenta que a ese enemigo debíamos enfrentarlo de noche, agazapados, con argucias de ratón, quimichtin —los guerreros disfrazados que mandábamos a investigar a tierras enemigas— o en terrenos que sólo nosotros conocíamos y a donde los conducíamos haciendo relucir el teguizte, el metal dorado que les fascinaba. Pero mucho han cambiado las artes de la guerra en el mundo trastocado de este tiempo. Los guerreros que rodean a Lavinia guardan silencio. No tienen chimailis para defenderse del fuego enemigo; olvidados están ya el atlatl, el arco y las flechas, los tlacochtli envenenados. Ellos no se preparan el cuerpo con aceite antes de la batalla y me imagino que, cuando se encuentren frente a frente con el enemigo, no ulularán los caracoles, ni sonarán los pitos de hueso su agudo chillido ensordecedor. ¡Ah! Pero qué digo, ¡qué recuerdo! Mis recuerdos son viejos aun para mí. Los invasores quebraron todas nuestras leyes. Ellos no se conformaban como nosotros, con posesionarse del templo más importante de la tierra enemiga, marcando así la derrota de su dios blanco y español, y la victoria de Huitzilopochtli. Arrasaban todo lo que encontraban a su paso. Ellos no guardaban guerreros, como nosotros soldados invasores, para ofrecerlos en sacrificio, darles la muerte sagrada. Ellos mataban sin piedad o herraban a los cautivos como animales, como reses, para luego servirlos de comida a los perros o usarlos como bestias de carga. Los invasores no hacían, como era la costumbre, tregua con los vencedores o los vencidos, para establecer en armonía, después del fallo de los dioses, los tributos que debían entregarse a los victoriosos. Ellos simplemente se posesionaban de todos los bienes. No dejaban piedra sobre piedra. Su guerra era total. Su único dios, más fiero que todos los nuestros, más sanguinario. Su calachuni, que llamaban "rey" era insaciable de taguizte. Sólo el coraje nos quedó. Al final sólo el ardor de la sangre teníamos para oponerles. Con ardor venció Yarince a la muerte. Buscó caparazones, las duras conchas refugio de los caracoles y se vistió de cal y piedra para enfrentar la múltiple soledad de las noches. Muchos días erró aún, mientras yo dormía en mi morada de tierra, sentía sus pasos, inconfundibles entre las pisadas de los jaguares y los venados. Hasta que lo cercaron los invasores. Y todo esto lo vi yo en un sueño. Se encaramó, puma, sobre las rocas y desde allí, desde la altura del monte, miró una única última vez, las cabelleras de los ríos, el cuerpo extendido de las selvas, el horizonte azul del mar, aquella tierra que había llamado suya, a la que había poseído. "No me poseerán —gritó, a los barbudos que lo miraban asustados—. No se adueñarán de una sola brizna de este cuerpo." "Iltzá!" —gritó, sacándome para siempre de mi sueño, y se lanzó al espacio, sobre las rocas que se encargaron dulcemente de dispersarlo. Jamás pudieron los conquistadores recuperar ni siquiera un vestigio de su cuerpo: esa tierra de mis cantares, territorio amado negándose para 171

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