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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli Se optaba por la luz o la oscuridad. Aunque era terrible, pensó, tener que poner la vida en la línea de fuego. Quedarse sin más alternativa que la lucha. Morir como Felipe en plena juventud. Era un recurso extremo éste, como alguna vez le explicara Felipe. Reacción violenta ante la violencia considerada "natural" por los privilegiados. Todos ellos tendrían que haber tenido derecho a otro tipo de vida. Miró a las mujeres. Pensó en lo que habrían vivido para llegar a estar allí, sentadas, esperando, en silencio. A ella le había costado la muerte de Felipe. Había tenido que morir Felipe para cederle su lugar. Las mujeres entrarían a la historia por necesidad. Faros en el ventanal. Sebastián regresaba. Se pusieron de pie. Levantaron sus mochilas. Acomodaron en los bolsillos las máscaras de media. Lavinia vio su reloj. Los trece portaban relojes cronometrados que marcaban la misma hora. Eran las diez y treinta de la noche. —¡Nos vamos! —dijo Sebastián al entrar—. Ya el Gran General se marchó. También el embajador yanqui y un buen número de invitados. Pero hay suficientes "peces gordos" en la pecera... Los reunió en el centro de la sala para explicar el aparato de seguridad que permanecía en la casa de Vela: Unos pocos agentes de seguridad, escoltas de los "peces gordos". —Hay varios custodios que están jugando naipes —dijo Sebastián—. No se imaginan nada, así que tenemos que aprovechar al máximo el elemento sorpresa. ¡Y entrar rápido! No se olviden, ¡el que se quede afuera es hombre muerto! "A menos que sea mujer", pensó Lavinia. No podía evitar, al oír hablar de esta forma, burlarse del lenguaje. Se formaron las escuadras. Los jefes de escuadras, Flor "Uno" el "Dos" Rene y el "Tres" un muchacho de mediana estatura, moreno claro, grandes bigotes, salieron rumbo a los vehículos aparcados en el jardín. Eran dos taxis Mercedes Benz, algo viejos, pero en perfectas condiciones. Y el carro de Lavinia. Cada escuadra se acomodó en un vehículo. Lavinia formaba parte de la escuadra número uno. Flor era la Jefe de escuadra. La integraban, además, la "Ocho" y Lorenzo. "Doce" —dijo Flor, con voz de mando— vos manejas. Lavinia se acomodó al volante. Flor, la gordita "Ocho" y Lorenzo subieron rápidamente al vehículo. Se encendieron los motores y pronto entraban al camino de los espadillos. La vereda, la vetusta casa, quedaban atrás, borrados en la neblina rala que cubría la noche. —Vamos a dejar los vehículos como parapeto al llegar —dijo Flor, mientras tomaban la carretera. En una especie de trapecio. "Once" lo va a esquinear. Vos lo dejas en medio, recto y "Siete" lo va sesgar con el tuyo. Así formaremos una especie de trinchera frente a la puerta, cuando nos bajemos. ¿Comprendes? —le dijo. —Sí —respondió Lavinia, manejando a mediana velocidad, consciente de la responsabilidad de conducir sin cometer fallas que pudieran poner en peligro la operación. No apartaba los ojos de la carretera, manteniéndose muy cerca de "Once" y sin perder de vista a "Siete", los conductores de los otros vehículos. Dejaron atrás la neblina de las zonas altas. La noche era fresca y ventosa. Noche de diciembre. —Va a ser hermosa esta Navidad —dijo la gordita—. Navidad sin presos políticos. —Y con buena comida —dijo Lorenzo—. Seguro que en la casa de Vela vamos a comer pavo. Rieron todos de la ocurrencia. —¿Te sentís bien? —preguntó Flor a Lavinia. —Muy bien —respondió Lavinia—. A no ser por lo de Felipe, podría decir que me siento feliz. —Felipe está con nosotros —dijo Flor—, podes estar segura que nos va a ayudar a todos. —¿Y qué iba a hacer él? —preguntó. —El hubiera sido el Jefe de la escuadra tres —dijo Flor— y el segundo al mando de la 174

La Mujer Habitada Gioconda Belli operación. "Dos" lo sustituyó. Lavinia sonrió, no sin ironía, comentando sobre la imposibilidad que hubiera tenido de sustituir a Felipe. —Vos no venís a esta acción para sustituir a Felipe —dijo Flor—, recordá que te lo dije. Agradeció que se lo recordara, aunque sabía que de no haber muerto Felipe, en este momento estaría en su casa, esperando aún, nerviosa, afuera, negada de participar. —Revisemos nuestra misión —dijo Flor, volviéndose de medio lado en el asiento para ver a la gordita y Lorenzo—. Primero: Nos bajamos disparando, en formación de cuña. Disparan a lo que se mueva y corren hacia la puerta del lado derecho, la del servicio. Dos: Entramos rápidamente y bajamos por la vereda que va a la piscina, al segundo nivel de la casa. Si encontramos a alguien, lo reducimos, sin disparar, a menos que esté armado y lo llevamos al segundo nivel. Recuerden que sólo nos batiremos con los agentes de seguridad. En el segundo nivel, nos reunimos con la escuadra uno. Recuerden que las máscaras debemos ponérnoslas no bien penetremos en la casa. ¿Está claro todo? Respondieron afirmativamente. Lavinia trataba de visualizar cada uno de los pasos; la vereda hacia la piscina por donde a menudo bajaba a revisar los trabajos, angosta, construida con losas de concretos superpuestas. Entraban al camino residencial que los conduciría frente a la casa de Vela. Sentía el peso del arma sobre sus piernas, evidencia inapelable de una realidad insólita. Nunca disparó un arma de este tipo. Sus únicos disparos los hizo con pistola, un solo día, con Felipe, en una playa desierta. "Varios de nosotros nunca hemos disparado las armas que llevamos" —había dicho Lorenzo. Era casi increíble, pero así era. La acción había sido montada más con audacia que con recursos. De nada valía mortificarse. Se separaron un poco para pasar sin despertar sospechas frente a la esquina cercana a la casa de Vela donde había algunos agentes de seguridad, con radios. Estaban distraídos, conversando. Varios automóviles cruzaban por el sector. No dieron importancia a los taxis. El equipo de información había dado detalles pormenorizados de la localización de todos los agentes de seguridad, y escoltas de los invitados, que estaban más cerca de la casa. A partir de esta información se había asignado a cada miembro del comando un sector de fuego. Debían disparar aunque no vieran nada. Disparar al sector asignado. Esas eran las instrucciones. Cuando estuvieron a poca distancia de la casa, Lavinia aceleró al unísono con los demás. 175

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