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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli superpuestas y olores cóncavos. En el presente, las imágenes y los sonidos son lisos, planos y tienen el olor rotundo de las puntas de lanza antes del combate. Así he aprendido a leer las huellas y guiarme en su laberinto de sonidos y figuraciones. Muchos asuntos me son incomprensibles, debido al tiempo que ha recorrido el mundo. Pero hay gran cantidad de relaciones inmutables; lo primario sigue siendo esencialmente semejante. Comprendo, sin temor a equivocarme, la paz y el desasosiego; el amor y la inquietud; el anhelo y la incertidumbre; la vitalidad y la pesadumbre; la fe y la desconfianza; la pasión y el instinto. Comprendo el calor y el frío, la humedad y lo áspero, lo superficial y lo profundo, el sueño y el insomnio, el hambre y la saciedad, el acurruco y el desamparo. Es el paisaje intocable. El hombre con sus obras puede cambiar rasgos, apariencias: sembrar o cortar árboles, cambiar el curso de los ríos, hacer esas grandes calzadas oscuras que marcan dibujos serpenteantes. Pero no puede mover los volcanes, elevar las hondonadas, interferir en la cúpula del cielo, evitar la formación de las nubes, la posición del Sol o de la Luna. Igual paisaje intocable tiene la sustancia de Lavinia. Por eso puedo comprender su temor, teñirlo de fuerza. En la esquina, la farmacia emanaba su olor a frascos viejos: el dúlcete olor de las vitaminas, los frascos de alcohol y agua oxigenada. Los estantes de madera mostraban las pequeñas cajas rotuladas con nombres extraños. Los tarros de cristal con brillantes tapaderas de latón exhibían sus estómagos repletos de galletas, dulces, alka-seltzer. El boticario de bigotes engomados, un charro mexicano con bata blanca, leía el periódico sentado en una mecedora de mimbre, aletargado en la penumbra del atardecer. Lavinia pidió al boticario un antibiótico "fuerte" inventando la cortadura de una vecina con una tijera de podar. —¿Ya está vacunada contra el tétano? —preguntó el boticario, acariciándose los bigotes. Dijo que sí; solamente era necesario prevenir la posibilidad de una infección. Dado lo profundo de la herida, pensaban que debía ser un antibiótico poderoso. En Paguas los boticarios, a menudo, hacían funciones de médico. La población los prefería porque no cobraban por la consulta, sólo por las medicinas. Ejercían con gran dignidad el poder de las recetas. Lo vio caminar hacia las gavetas del fondo y llenar un cartucho de papel con gran cantidad de cápsulas negras con amarillo, moviéndose con la parsimonia propia de su profesión. Se las entregó explicándole que su amiga debía tomar una cada seis horas, por un período no menor de cinco días. Le había preparado la dosis completa. Salió con las medicinas en su bolso. La tarde lentamente se convertía en noche. Cada uno de aquellos atardeceres tropicales eran un espectáculo de nubes enrojecidas, cortes extraños en el cielo, resplandores naranjas. Se bajó del taxi en la avenida. A medida que los pasos la acercaban a la casa, el cuerpo se le fue poniendo tenso, los músculos envarados; alertas, nerviosos, los latidos del corazón. Si pudiera saber que ya iba a terminar todo esto, pensó, que llegaría con las medicinas y encontraría a Sebastián y Felipe listos para marcharse, para decirle adiós en la puerta y devolverlo a la cotidiana tranquilidad de sus noches. Pero no sería así. Calculaba que al menos se quedarían dos días más y ella tendría que andar con esa doble personalidad dos días más, quizás tres. Y, sin embargo, se dijo, había traspasado otro límite. La tía Inés solía decir que crecer en la vida era un asunto de traspasar límites personales: probar capacidades que uno creía no poseer. Nunca habría pensado que podría sobrevivir un día como éste. Mentir sin culpa, con sorprendente sangre fría. Sin calcular, zas, como si las palabras estuvieran archivadas, preparadas, listas para que les diera uso. En la oficina, en la farmacia, nadie lo habría adivinado. Ella siempre tuvo conflictos con la mentira. De niña, al confesarse, siempre se acusaba de mentir. Le había costado un gran esfuerzo dejar de hacerlo. Se divertía mintiendo. Y era así; un impulso rápido. No sabía ni cómo fabricaba las mentiras. Se le salían de la boca como peces de colores que vivieran en su interior con vida propia: mentiras intranscendentes, dichas por el mero placer de sentir que podía jugar con el mundo de los adultos, alterarlo sutilmente. Sólo después, cuando la mentira ya vivía fuera de sí misma y andaba en la boca de su madre o de la niñera, se 38

La Mujer Habitada Gioconda Belli sentía mal. "Mentir es pecado" decían las monjas en el colegio. "No dar falso testimonio, ni mentir" decía uno de los mandamientos. Por miedo, dejó de mentir. Miedo a los tormentos del infierno que sor Teresa describía con lujo de detalles macabros: las hacía encender un fósforo y poner levemente el dedo en la llama. Eso era el infierno pero en todo el cuerpo, ese fuego en todo el cuerpo, quemando sin matar por toda la eternidad. Después la mentira perdió su connotación de pecado y pasó a ser para ella un antivalor; la honestidad un valor necesario en la vida de adulta. Por eso, el sentimiento de culpa le molestó las veces que mintió, mientras vivió con sus padres después de regresar. Le incomodaba tener que engañarles. Fingirles un rostro más aceptable. Pero esto era diferente, pensó, mientras metía la llave a la cerradura y entraba en el ámbito oscuro de la casa. La oscuridad olía a silencio espeso. Silencio de espera. Tigres agazapados. En el corredor, bajo el naranjo, divisó a Felipe, erguido, la mano en la cintura, expectante ante el ruido de la puerta al abrirse. Una luna pálida proyectaba la sombra del árbol sobre los baldosas del corredor. Encendió las luces. Felipe se adelantó a recibirla. —¿Cómo te fue? —preguntó, en voz muy baja. —Creo que bien —respondió extendiéndole el brazo con los periódicos, mirándolo, pensando en los rostros aquellos, sus amigos que ya jamás volvería a ver. Felipe tomó los periódicos con un gesto brusco y allí, junto a ella, leyó los titulares, las noticias de la primera página, mirando las fotos sin decir nada. Ella, en silencio, no sabía qué hacer, si quedarse allí a su lado o retirarse discretamente, como hacen los amigos en los funerales, cuando llega la hora de mirar la ventanita del féretro por última vez. —¡Asesinos! ¡Hijos de puta! —dijo por fin Felipe, en un callado grito lanzado para dentro de sí mismo. Lavinia imaginó el grito proyectado en sus pulmones, dispersándose por su pecho, los brazos, las piernas. Ella lo abrazó por detrás, sin decir, nada, pensando en lo pobre que era el lenguaje ante la muerte. Sebastián apareció en la puerta de la habitación. Esta vez no la saludó. Lucía recuperado. Con vendaje limpio y vestido con una de las camisas de hombre que ella usaba. Fue hacia Felipe, se situó a su lado mirando las páginas extendidas del periódico. —No mencionan que alguien escapó —dijo Felipe, al pasarle el diario, soltándolo, entregándole aquellas páginas con las fotos de los compañeros muertos. En silencio fue a la cocina de donde regresó con un vaso de agua que tomaba a grandes sorbos, mientras Sebastián seguía leyendo callado. Lavinia se apartó respetuosa, sintiendo que estaba de más. Se deslizó callada hacia la puerta del jardín, asomándose a ver la noche, el patio, el ambiente sereno y pacífico de las plantas, el naranjo exhalando su olor cítrico. "Dichoso el árbol que es apenas sensitivo", recordó. Le hubiera gustado ser vegetal en ese momento. Sintió a Felipe acercándose. —¿No pasó nada anormal en la oficina, no llegaron a preguntar por mí, no oíste nada extraño? —hablaba bajo, para no perturbar a Sebastián. —No. No pasó nada anormal. Todos sabían de lo sucedido, pero no hablaron mucho. Comentaron sobre el despliegue que hizo la guardia contra sólo tres personas. Doña Nico me comentó que fue en su barrio, pero no quiso decir nada más. Sólo dijo "pobres muchachos" cuando vio las fotos, pero parecía que tenía miedo de hablar. Yo informé a Mercedes que vos estabas enfermo del estómago —dijo Lavinia, susurrando. Él no respondió nada. La dejó y volvió al lado de Sebastián. Hablaron algo entre ellos. Sebastián dijo "con permiso, compañera" y entraron los dos a la habitación cerrando la puerta. Por supuesto que los hombres no lloraban, pensó Lavinia apoyándose en el dintel, mirando fijamente el tronco del árbol de naranja. Ella sentía las lágrimas arderle en los ojos. ¡Ella que ni había conocido a los muertos! ¡A fin de cuentas, era mujer!, se dijo irónicamente. Los dos hombres, podían mirar al periódico con los ojos secos y fijos; leerlo atentamente a pesar de las fotos. Felipe parecía repuesto de su momento de dolor la noche anterior. "Uno nunca se acostumbra a 39

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