Views
5 months ago

La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli papeles clandestinos. Cuando llegó, encontró a Felipe dormido frente al televisor. No esperaba verlo. Recientemente le había dado copia de la llave de la casa para evitar las esperas inútiles por la noche, el temor de no escuchar los golpes en la puerta. Pero era la primera vez que él la usaba. Se movió sigilosamente para no despertarlo y entró al dormitorio pensando en un buen lugar donde esconder los papeles. Miró a su alrededor y sus ojos alcanzaron la vieja muñeca empolvada en lo alto del armario. Asociándola a sus recientes reflexiones, la bajó, le removió la cabeza, metió los papeles en el pecho hueco y volvió a cerrarla con la cabeza. "Ahora tendrá corazón", pensó. Regresó a la sala donde la luz proveniente de la televisión alumbraba únicamente. Los actores seguían su representación, indiferentes al espectador dormido. Miró a Felipe. Parecía una estatua derrumbada, indefenso. Le gustaba verlo dormir. Era un curioso estado el del sueño, se dijo, cómo apagarse, salirse del aire; una "pequeña muerte". Según las creencias orientales, en el sueño, el espíritu se separa del cuerpo y hace viajes astrales a otros planos de la existencia. ¿Dónde estaría Felipe ahora? , se preguntó. Se recostó en los cojines, entreteniéndose en contemplarlo. La televisión pasaba el noticiero de medianoche: el Gran General inauguraba un supuesto programa de reforma agraria para los campesinos. Hablaba de "revolución" en el campo. Trataba de despojar de significado a la palabra, apropiársela, descontaminarla. Era un hombre repulsivo, de mediana estatura, barrigón, blanco, de pelo negro, con sonrisa artificial de dientes cuidadosamente pulidos, manos finas. Se movía con aire de poder, de superficialidad benevolente y a su alrededor el séquito de ministros, sonriendo sonrisas serviles. Nada se mencionaba de los mitines en los barrios, los buses quemados en las calles... Lavinia pensó en los papeles dentro de la muñeca. Miró a Felipe. No le diría nada, decidió. Lo apartaría del ámbito de sus decisiones; lo condenaría —como hacía él— al margen de la página; a estar ausente él también de uno de los nudos de la vida de ella; a la ignorancia inocente, tan común en la historia del género femenino. Porque si bien era cierto que de no haber sido por él, de no haber Felipe llevado a Sebastián a su casa, ni siquiera tendría ella dudas, como ahora; era también evidente que para Felipe, lo sucedido había sido nada más que un episodio fortuito; una alteración sutil de la cotidianeidad, que no debía tener mayores consecuencias. Él, sin proponérselo seguramente, la había llevado al umbral de esa otra realidad, buscando luego como apartarla. "Tu problema no es Felipe", había dicho Flor. Y precisamente por eso, ella debía tomar las decisiones por sí misma, se dijo, no decirle nada, marginarlo de su incorporación... "¿En qué estoy pensando?", se preguntó de pronto, asustada de sí misma. ¿Cuál "incorporación"? Si sólo se trata de informarme mejor, se dijo, sin lograr engañarse totalmente. Felipe continuaba durmiendo. Lavinia, distraída en sus reflexiones, miraba el naranjo mecido por el viento. La noche seguía su curso. En el corazón de la muñeca, los papeles emanaban su presencia, flotaban en el aire quedo de la casa. Me miró. Sentí en sus ojos la fuerza de la batalla desencadenada en sus pulmones e intestinos. El viento me mece de un lado al otro. Pronto lloverá. La tierra ha empezado a soltar el recuerdo del olor de la lluvia; llama a Quiote-Tláloc, con el agua guardada. Pienso ahora que quizás también mis antepasados remotos, los que huyendo de la explotación de Ticomega y Maguatega, llegaron a poblar estos parajes, permanecieron en la tierra, en los frutos y las plantas durante mi tiempo de vida. Quizás fue alguno de ellos el que pobló mi sangre de ecos; quizás alguno de ellos vivió en mí; hizo que dejara mi casa; me llevó a los montes a combatir con Yarince. La vida tiene maneras de renovarse a sí misma 54

La Mujer Habitada Gioconda Belli . Capítulo 9 AL DÍA SIGUIENTE, Lavinia despertó al calor del sábado. Pronto llovería, pensó, añorando el frescor de la estación lluviosa, las mañanas tenues, el acurruco de los días nublados. Felipe ya no estaba. En la mesa de noche encontró la notita: "No quise despertarte. Tengo trabajo. Trataré de regresar por la tarde. Besos. Felipe". Vagamente recordó haberlo llevado a la cama. El no despertó más que para quitarse los zapatos... Se durmió al lado de ella como pareja de matrimonio aburrido. Se desperezó restregando las piernas en el extremo fresco de las sábanas. Su mirada se posó sobre la muñeca en lo alto del armario: redondos ojos azules, nariz respingada, colochos oscuros. Única sobreviviente digna de la destrucción del ejercicio infantil del amor maternal. Sus ojos de cristal reflejaban la ventana donde el naranjo extendía sus ramas. Inclinada hacia un lado, lucía impúdicamente desmadejada. Debía leer los papeles, pensó Lavinia. Esta mañana no habría desayuno con Sara. Se quedaría en su casa leyendo. Llamó a la amiga para decirle que tenía que hacer un trabajo urgente. Mintió otra vez con aplomo. Sara, comprensiva, la relevó de disculpas. Sin bañarse, acompañada de jugo de naranja, café y un pedazo de pan, se acomodó en la cama, quitó la cabeza de la muñeca y sacó los papeles. El reloj marcaba las dos y quince de la tarde, cuando dio vuelta a la última hoja. Sobre la cama, tendidos como insectos blanquinegros, yacían los folletos clandestinos impresos en mimeógrafo, con toscos dibujos a stencil. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared. ¿Sería lícito soñar así?, se preguntó, ¿recrear el mundo, rehacerlo de la nada? Peor, pensó, peor que de la nada; ¿rehacerlo desde el lote donde se echa la basura, el terreno baldío triste donde se acomoda la chatarra y los desperdicios? Sería lícito, racional, que existieran en el mundo, personas capaces de inventarlo de nuevo con tanta determinación; desglosando la tristeza en menudos párrafos, delineando la esperanza punto por punto, como en el programa del Movimiento, donde se hablaba con tanta seguridad de todas las cosas inalcanzables que se debían alcanzar: alfabetización, salud gratis y digna para todos, viviendas, reforma agraria (real; no como el programa de televisión del Gran General); emancipación de la mujer (¿Y Felipe?, pensó, ¿Y los hombres como él, revolucionarios pero machistas?, pensó); fin de la corrupción, fin de la dictadura... fin de todo, como cuando se encienden los luces y se acaba una mala película; eso querían, encender las luces, pensó. Lo decían: "fin de la oscuridad; salir de la noche larga de la dictadura". Encender las luces y no sólo eso, sino los ríos de leche y miel —le gustó el lenguaje bíblico—, la utopía del mundo mejor, Don Quijote cabalgando de nuevo con su larga lanza desenvainada. Las reglas para los nuevos quijotes; los estatutos, los incontables deberes, los reducidos derechos... Los estatutos de un hombre nuevo, generoso, fraterno, crítico, responsable, defensor del amor, capaz de identificarse con los que sufren. Cristos modernos, pensó Lavinia, dispuestos a ser crucificados por difundir la buena nueva... pero no dispuestos a fallarse entre sí. Habían sanciones, penas para los traidores, hasta el fusilamiento estaba contemplado (¿lo harían realmente?, se preguntó, sentada en la cama, viendo sin ver la cabeza de la muñeca a su lado, los ojos azules redondos, abiertos, de pestañas negrísimas). Pero uno se podía olvidar de las angustias y esperanzas de la mayoría, pensó. Aquí en su casa, con los cojines, las plantas, la música; en la discoteca con los amigos; en la cama, con Felipe; mañana en la oficina de aire acondicionado. Tantos lo hacían. Todas sus amistades lo hacían. La pobreza colectiva no empañaba el brillo de las lámparas de cristal del club o las boítes; la vida leve y dulce de Sara; la asidua y agitada vida social de sus padres. Ella podía escoger vivir en el mundo paralelo en que había nacido. No ver el otro mundo más que de paso, desde el automóvil, volteando el rostro en las barriadas de tablas y piso de tierra, para mirar las nubes hermosas del horizonte, el borde de los volcanes a la orilla del lago. Tanta gente se las ingeniaba para ignorar la miseria, aceptando las desigualdades como ley de la 55

Mujeres animales
Ficción
Ficción
archivo_final_web
Aquí hay dragones
Y01ng
Revista