Views
5 months ago

La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli —¿Y con Felipe? —preguntó Lavinia. —Con Felipe tampoco —dijo Flor. —Mejor —dijo Lavinia— yo no quería que él se enterara de mi decisión. —Enterarlo de tu vinculación o no, es asunto tuyo —dijo Flor—. Pero es todo lo que debe conocer. Si querés, podes decírselo. —No quiero —dijo Lavinia. Flor sonrió. —Y ahora debemos ponerte un seudónimo. ¿Cómo te quisieras llamar? —Inés —dijo Lavinia, sin pensarlo dos veces. —A veces, para trabajos específicos, nos ponemos otros seudónimos —dijo Flor—. Y ya sabes que es sólo entre nosotros, o para lo que se te indique. "Nunca lo mencionas en público”. Lavinia le contó a Flor la anécdota de llamar a Sebastián, en voz alta, en la calle. —Me sentí tan imbécil —dijo. —Ya te acostumbrarás —dijo Flor—. Es un proceso de aprendizaje. A medida que pasa el tiempo, los sentidos se alertan. La adrenalina nos funciona mejor que muchas hormonas. Y ya ves, a pesar de todo, a veces se cometen fallas como la del sábado con Sebastián y Felipe. Y eso que los dos tienen experiencia. Flor continuaba hablando. Explicando. El viento soplaba la enredadera de huele noche visible desde la ventana de la sala. Bob Dylan las observaba, pensativo. Corría un aire de lluvia. El cielo se encendía en relámpagos lejanos. Lavinia percibió el cansancio de Flor, que se había quedado en silencio. —Estás cansada —dijo Lavinia. —Sí —dijo Flor, apartándose el pelo de los lados de la cara. Antes de despedirla en la puerta, Flor se volvió y le dio un abrazo. —Bienvenida al club, "Inés" —le dijo, sonriendo, iluminada por la clara luz lejana de un relámpago. Siento la sangre de Lavinia y me invade una plenitud de savia invernal, de lluvia reciente. De extraña manera, es mi creación. No soy yo. Ella no soy yo vuelta a la vida. No me he posesionado de ella como los espíritus que asustaban a mis antepasados. No. Pero hemos convivido en la sangre y el lenguaje de mi historia, que es también suya, ha empezado a cantar en sus venas. Aún tiene miedo. Aún escucho en la noche los colores vividos de su temor. Imágenes de muerte la acechan; pero también ahora pertenece, se afianza en terreno sólido, va creciendo raíces propias ya no se bambolea como la llama en el aceite. Difícil trascender las cenizas del fogón, las manos cuidando el fuego, la molienda del maíz, el petate de los guerreros. Al principio, Yarince quería que me quedara en el campamento esperándolos. Pude evitarlo usando la estratagema de mi propia debilidad: ¿Y si venían los españoles?, dije. ¿Qué sería de mí? ¿Qué no podría sucederme, sola, en las largas esperas? Prefería morir en el combate a ser violada por los hombres de hierro o morir despedazada por los jaguares. Los convencí. Logré que me asignaran en la formación, un lugar protegido desde donde disparaba flechas envenenadas. Fui certera en la puntería. Así fue que, al cabo, me asignaron oficio en las batallas, aunque después también debía cocinar y curar a los heridos. Luego, cuando nos retiramos a las cuevas del norte para recuperar fuerzas y continuar el combate —varios caciques se plegaban ya al lado de los invasores, doblegados como juncos de río en la correntada—, Yarince me envió a las comarcas a entrar en los hogares y hablar con los hombres, clamar porque se incorporaran a la lucha. "No traigas mujeres", me dijo. Me lo ordenó a pesar de que me enfurecí. Él decía que era difícil para los hombres combatir pensando en la mujer con el pecho expuesto a los bastones de fuego. Yo no había meditado sobre esto. Él nunca me dijo que temiera por mí en la batalla. Me enterneció conocer su preocupación. No insistí más. 64

La Mujer Habitada Gioconda Belli Enviarme, sin embargo, fue un fracaso. Los hombres no confiaban en mí. Apenas si logré conseguir maíz para comer alguna vez tortillas. La mujeres se reunían a mi alrededor. Escuchaban mis historias. Querían saber sobre la guerra con los españoles. Ninguna hubo, empero, que preguntara si podía unirse a nosotros. Creo que no se les ocurría que pudiese ser posible. Para ellas, yo era una "texoxe", bruja. Les hablé de la decisión de las mujeres de muchas tribus de no parir hijos para no dar esclavos a los españoles. Sus ojos se fijaban en el suelo. Las más jóvenes reían pensando que desvariaba. Fueron difíciles esos tiempos. Yo volvía a las cuevas triste. Hasta llegué a pensar que estaba hecha de una sustancia extraña; que no provenía del maíz. O quizás, me decía, mi madre sufriría un hechizo cuando me llevaba en su vientre. Quizás yo era un hombre con cuerpo de mujer. Quizás era mitad hombre, mitad mujer. Yarince reía escuchándome. Tomaba mis pechos, husmeaba mi sexo y decía "sos mujer, sos mujer, sos una mujer valiente". La tormenta se desató mientras Lavinia conducía de vuelta a su casa. Una tormenta eléctrica de latigazos blancos y el sonido del cielo agrietándose, expandiéndose; el viento agitando los árboles y la polvareda condensando la noche. Vio algunas personas corriendo, buscando refugio de la lluvia inminente. En contraste ella, en quien debía haberse desatado una tormenta después de culminar la decisión, hablando con Flor, conducía extrañamente tranquila, ajena a los fenómenos eléctricos. La lluvia empezaba a caer sobre el vidrio delantero del automóvil: gotas aisladas, gruesas primero, tímidas al principio y súbitamente desatadas a toda presión, produciendo sonido de piedras sobre el techo de hojalata. Aislada dentro del vehículo, pensaba en su tranquilidad, la calma después de la tempestad, el punto final de las dudas, la aceptación de su propia decisión, el resultado de haber trascendido, por fin, las semanas de incertidumbre. Más adelante, si no se sentía capaz, no le quedaría más que reconocerlo; decir que se había equivocado. Todas las personas tenían derecho a errores. ¿Cómo cambiaría su vida ahora?, se preguntaba, qué sucedería. Era tan difícil imaginarlo. Con nadie de sus conocidos podía compartir las especulaciones sobre lo que sobrevendría. Estaba sola. No podía abrumar a Flor con sus interrogantes. Tampoco podía hacerlo con Sebastián. No podía abusar de ellos, o darles la impresión de ingenua y vacilante. Era el tipo de incógnitas que debían esperar su tiempo para revelarse; incógnitas que debía atravesar sin compañía. ¿Resistiría la tentación de decírselo a Felipe?, se preguntó. Le gustaría que lo supiera, hacerlo sentir mal por no haber sido él quien la incorporara, por no haber pensado que ella era capaz. "No lo vayas a convertir en una especie de venganza", había dicho Flor y ella negó que fuera ese el motivo de no decirle nada a Felipe. Pero algo de eso había. No podía engañarse a sí misma. Incluso, en el fondo, deseaba que Flor y Sebastián se lo dijeran; que lo hicieran sentirse avergonzado. En su opinión, los hombres ocupados en el oficio de ser revolucionarios no debían actuar así. ¿Habría actuado así el Che Guevara? Flor decía que el Che había escrito que las mujeres eran ideales para cocineras y correos de la guerrilla; aunque después anduvo en Bolivia con una guerrillera llamada Tania. Cambió, decía Flor. ¿Quién sería Tania? ¿La amaría el Che?, se preguntó, mientras doblaba la esquina cruzando el aguacero, las calles que, de súbito, arrastraban correntadas de lodo. Había que ir despacio para no levantar grandes olas en las esquinas a riesgo de mojar el motor y que el coche quedara embancado. Felipe reconocería a su tiempo haberse equivocado con ella; haber actuado de manera egoísta. Ella admiraba su inteligencia, su honestidad. No podía negar sus esfuerzos por superar la resistencia masculina a darle su lugar al amor, aunque lo encasillara en la tradición. Tenía su aspecto de duende juguetón y feliz, su lado amable, iluminado, que ella amaba. Era triste verlo aprisionado en esquemas y comportamientos disonantes que contradecían el desarrollo adquirido en otras áreas de su vida. No le haría mal aprender la lección. Le complacía saberse poseedora de un secreto, algo en lo cual él no podría penetrar, a menos que ella se lo permitiera. Pero no quería pensar más en él. No lo había hecho por Felipe, se repitió, viendo los robles de su barrio doblarse bajo la lluvia. No, no lo había hecho por Felipe. Este también era su país. También 65

Mujeres animales
Ficción
Ficción
archivo_final_web
Aquí hay dragones
Y01ng
Revista