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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli referís... —Tal vez debería reformular la pregunta —dijo Lavinia— y preguntarte más bien si a vos no te molesta que yo, que comparto tu vida, sea una de esas personas "normales" que se dan banquetes a la orilla de los niños famélicos... —Pero es que yo no pienso que vos seas ese tipo de persona —dijo, mostrando en su expresión el desconcierto de querer comprender sin resultado, el rumbo de las palabras de Lavinia— yo pienso que vos, como mi compañera, compartís mis sentimientos... Lo hemos hablado muchas veces desde que nos conocimos... —Puede ser que los comparta en cierta forma —dijo ella—. Pero es un compartir totalmente pasivo. ¿No te molesta eso? —Si mal no recuerdo, desde aquella vez que traje a Sebastián herido, me dijiste que nos comprendías, pero no querías comprometerte, no te sentías capaz, te daba miedo. No estabas de acuerdo con nuestro "suicidio heroico". Eso fue lo que dijiste, si mal no recuerdo. —Y vos si tanto querés transformar la realidad, no pensaste que debías tratar de transformarme a mí ¿verdad? Más bien te has dedicado a estar de acuerdo conmigo, incluso a reforzar mis miedos cuando me has escuchado externar opiniones, inquietudes sobre mi propia concepción, sobre mi pasividad... ¿No crees que eso, inconscientemente, tal vez, tiene que ver con tu deseo de mantener un área de "normalidad" en tu vida? —Yo creo, Lavinia —dijo burlón—, como decía Juárez, que "el respeto al derecho ajeno es la paz". Vos sos una persona inteligente y tenés derecho a pensar como pensás. Yo no te puedo obligar a incorporarte al Movimiento. No sería correcto de mi parte. No te puedo decir que no tengas miedo, porque lo que hacemos es peligroso y ciertamente da miedo. No te puedo engañar para que te unas a nosotros, invitándote como si se tratara de una fiesta. El Movimiento no es un juguete... no creo que el hecho de que haya respetado tu manera de pensar tenga ninguna relación con ese supuesto "deseo de normalidad" que vos pareces ver en mí. —¿Pero te gustaría o no que yo me incorporara al Movimiento? —¡Qué preguntas haces! —¿Te olvidas que vos me has dicho que yo soy la ribera de tu río, que si los dos nadáramos en el río, no habría orilla para recibirte? —Pero eso de alguna manera te lo dije para que no te sintieras mal con tu propia indecisión... para que sintieras que, de cualquier forma, hasta queriéndome a mí, podías hacer algo útil... —No, Felipe, no me digas eso. Vos sabés que no es así. Cada vez que he mencionado la remota posibilidad —y es verdad que lo he dicho con muchas dudas— de incorporarme, te pones todo cariñoso y me decís lo de la ribera del río... —Pero es una broma, mujer, para que no te sientas mal, porque yo sé lo difícil que es para vos la idea de incorporarte... —Tenés razón. Es difícil —dijo ella, asumiendo una pose reflexiva y silenciosa, aguardando que Felipe intentara convencerla de entrar al Movimiento, y así ella poder descubrirle su reciente decisión. Si alguna vez él había pensado hacerlo, este sería el momento. Ella se lo había servido en bandeja de plata, a propósito. No se lo revelaría hasta que él venciera la resistencia que le impedía proponérselo. Pero Felipe no dijo nada. Se acercó a ella. La abrazó. La acarició el pelo. Dijo que ya era tarde. Era la hora en que las parejas "normales" hacían el amor. Eso dijo. Lavinia guardó su desilusión. El contraste recién observado entre el hermoso discurso y su evasiva a invitarla a compartir "la transformación del mundo". No recurriría más a estas estratagemas, pensó, sintiéndose desgastada, cayendo al sueño después de negarse a Felipe; decirle que no; estaba cansada. En el momento oportuno se lo revelaría, se dijo. Sería un gusto ver la sorpresa en su cara de sabelotodo. En los sueños, Lavinia voló lejos de Felipe. Silenciosa, la vida teje lienzos. Siento el rumor de los hijos creciendo telas de colores extraños; se acercan acontecimientos que no puedo más que intuir. 68

La Mujer Habitada Gioconda Belli Capítulo 11 LUNES. Lavinia diseñaba un lujoso dormitorio. El trabajo adquiría ribetes de rutina. Sentada en la banqueta, plácidamente dibujando estancias, ideando colores y texturas, le parecía irreal saberse parte de la vida secreta de una ciudad de doble fondo donde habitaban seres sólo visibles para algunos ojos abiertos. Los contrastes, el sentimiento de irrealidad, en ocasiones la abrumaban. Había pasado el fin de semana con sus antiguos amigos. El sábado desayunó con Sara y por la noche, con Antonio y la pandilla, fue a una fiesta. En cierto momento se desdobló, sintiéndose fuera de lugar. Se separó del grupo fingiendo que debía ir al baño, deseando regresar a su casa. En el baño, se lavó las manos interminablemente, mirando los azulejos blancos de complicados dibujos ocre, las macetas de geranio a la orilla de la bañera cavada en el piso, los espejos en las paredes. Pensó, escuchando afuera la estridencia de la música, que ese mundo flotaba sobre el mundo real, pero también se cuestionó si no sería aquello lo real. Si no sería ella, encerrada en el baño, la que viajaba en un globo sin rumbo, a la búsqueda de monstruos y fieras amenazantes. —Desde que andas con ese Felipe, sos otra —había dicho Florencia. Se preguntó si no se estaría convirtiendo en otra persona. Si lentamente no dejaba de ser lo que era. El tiempo de la despreocupación olía a lejanía. Sin duda estaba cambiando. El problema era no saber qué acabaría siendo. Se tenía que acostumbrar, por lo pronto, a ser tres personas. Una para sus amigos y el trabajo, otra para el Movimiento, una tercera para Felipe. En ocasiones le daba miedo no saber cuál de esas personas era realmente. Al menos en la oficina, seguía cosechando éxitos profesionales. Su rutina de trabajo era frecuentemente alterada por la aparición de las "esposas" a las que Julián le encomendaba convencer de no importar de Miami telas y alfombras de pésimo gusto o no insistir en "chalets suizos" para un clima tropical. Estas mujeres daban a Lavinia trabajo y dolores de cabeza, pero no podía negar que también le divertían sus extravagancias, produciéndole incontable material para bromas y chistes, retratos patéticos de las incongruencias de la época. Y aquel día de mayo, llegaron a la oficina dos de esas mujeres, a romper la rutina de Lavinia para siempre. Mercedes las anunció. Abrió la puerta. Se plantó frente a su escritorio con cara de mal humor y dijo: —La llama el jefe. Le aviso que está con dos "momias". Y salió sin más comentarios. Eran en efecto, dos mujeres enjutas, de mejillas rojas y caras teatrales de espeso maquillaje. Las pulseras les tintineaban en los brazos delgados dando la impresión de que debían hacer un esfuerzo para gesticular, para levantar los brazos donde pesaba el oro. Una hablaba sin parar mientras la otra asentía con la cabeza. Cuando Lavinia entró la miraron con la expresión de indiferencia que adoptan ciertas mujeres ante especímenes del mismo género que consideran subordinados. "Pensarán que soy la secretaria" —se dijo Lavinia— "para este tipo de mujer, son las enemigas, las que se les llevan al marido." —Buenos días —les dijo. Ellas respondieron el saludo. Julián, volviéndose a las visitantes, la presentó. —Lavinia es uno de nuestros mejores arquitectos —dijo. Al oír el nombre y la calificación, la expresión de ellas cambió totalmente. Se esponjaron en anchas sonrisas. —Permíteme presentarte a la señora Vela y su hermana, la señorita Montes —añadió Julián. Les estrechó la mano con el convencional "mucho gusto". Eran manos delgadas y flojas. Las extendían con afectación. Poca destreza social que no podían disimular las pulseras. A Lavinia, el apellido Vela le sonó familiar, pero no logró ubicarlo en la memoria. Para ponerla al tanto de la situación, Julián volviéndose hacia ella, explicó que la familia Vela deseaba construir en un terreno recién adquirido, situado en una de las colinas que circundaban el 69

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