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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli otros arquitectos, los dibujantes, el rumor corriéndose por la oficina. Los jóvenes que criticaban veladamente al gobierno, sin atreverse a confrontar corrupciones o demandas irracionales, se darían cuenta que el camino de la rebelión estaba abierto. Estaba segura que Felipe lo entendería cuando se lo explicara más tarde. Y no tenía dudas de que Sebastián la apoyaría. Satisfecha consigo misma se levantó, se sentó en la banqueta de la mesa de dibujo y continuó con su trabajo, tarareando bajito. —Pero por qué estás tan seguro de que debo aceptar —preguntaba Lavinia a Felipe—. Tengo casi la certeza de que Sebastián estaría de acuerdo conmigo. —No seas ingenua —respondía Felipe—, tu "rebelión" quedaría aplastada en un dos por tres. Simplemente le encargarían el diseño a otra persona o te despedirían. Ya es extraño que Julián te lo haya encomendado. Sabe lo de nosotros... —No entiendo —dijo Lavinia, mirándolo. Felipe llegó cuando ya ella estaba metida en la cama. Él se quitó la ropa y se metió entre las sábanas. Se excusó por llegar tarde. Le pidió que le contara todo lo relacionado al encargo de la señora Vela y su hermana. Ella lo hizo. Le explicó su idea de protestar, negándose a realizar el trabajo. El insistía sobre la importancia de aceptarlo. —¿Te das cuenta que se trata del Jefe del Estado Mayor del Ejército? —repetía. —Claro que me doy cuenta—decía Lavinia—. Precisamente por eso. —¿No te das cuenta que podrías tener acceso a una gran cantidad de información sobre sus hábitos, costumbres, su familia? ¿No te das cuenta que diseñarías su casa, su dormitorio, su baño...? —exclamó, finalmente exasperado, Felipe. Lavinia se quedó en silencio. Empezó a comprender. A su mente acudieron, en destellos, imágenes de atentados, Aldo Moro, hombres muertos en dormitorios. Se sintió mal. —¿Lo van a matar? —preguntó, sin alcanzar a formularlo de otra manera. —No se trata de eso—dijo Felipe—. Pero es importantísimo tener información sobre esa gente, ganarse su confianza, ¿no te das cuenta? Se daba cuenta. Pero era una comprensión confusa, interferida por imágenes espeluznantes. Pensó en la solterona, la hermana conciliadora. Imaginó la bomba haciéndola pedazos. —Me doy cuenta —dijo Lavinia—. Me doy cuenta que es información útil para acabar con ellos. —Lavinia, nosotros no creemos que este sea un asunto de matar personas. Si así fuera, ya nos hubiéramos ocupado del Gran General. Lo que nosotros queremos son cambios mucho más profundos que un mero cambio de personas. —Pero, entonces, ¿para qué serviría toda esa información? —Porque una de los reglas de oro de la guerra es conocer al enemigo; cómo vive, cómo piensa. Lo que se haga con esa información no sería cosa tuya. Lo que vos tendrías que hacer es conseguirla, ganarte la confianza de la familia, poder entrar en su casa... sustraer documentos. —Pero eso sería peligroso —dijo ella, sondeándolo. —Podría serlo —dijo él—. Es cierto. Pero es importante. Te protegeríamos. —Tendría que ingresar al Movimiento —dijo Lavinia, mirándolo fijamente. —O pasarme a mí toda la información —dijo Felipe. —Sería casi lo mismo. —No necesariamente —dijo él—. No tendrías más responsabilidad que pasarme a mí la información. —¿Y si te dijera que ya ingresé al Movimiento? —No te creería. —Pues siento informarte que sí. Lavinia esperó la reacción de Felipe. Lo miró viéndola, incrédulo. Se midieron en silencio. Ella no bajó la mirada. —Me duele que lo hayas ocultado —dijo, por fin, Felipe. —En algún momento te lo iba a decir. No estaba segura cuándo. 72

La Mujer Habitada Gioconda Belli —¿Pero cuándo fue, cuándo lo decidiste, cómo? —preguntaba Felipe. Lavinia hizo un esbozo breve de sus meditaciones, las conversaciones con Sebastián y Flor. —¿Y por qué no me dijiste nada? —reclamó Felipe. —Traté —dijo Lavinia— pero vos no colaborabas. Tuve la sensación de que no querías que participara, que me ibas a decir siempre que no estaba preparada. Y así era, dijo él, visiblemente alterado. Consideraba, dijo, que ella aún no estaba madura para ingresar formalmente; tenía demasiadas dudas, no sabía bien lo que quería. Lavinia admitió las dudas, ¿pero acaso sólo los que no dudaban podían ser miembros del Movimiento?, preguntó. Sólo Felipe parecía pensar eso. Su actitud contrastaba con las de Sebastián y Flor. —¡Porque yo te conozco mejor que nadie! —dijo Felipe, alzando la voz—. Me vas a decir que no nos consideras "suicidas"; que ahora mismo no estabas horrorizada ante la idea de pasar información sobre el general, porque podría poner en peligro su vida, ¿como si su vida fuera más importante que la de muchos compañeros? ¿Como si a ellos les importaran nuestras vidas? —Eso es lo que nos diferencia de ellos, ¿no? —dijo Lavinia—, que, para nosotros, las vidas no son desechables. —Por supuesto —dijo Felipe, tocado—. Pero tampoco se trata de proteger a gente como Vela. —Creo que no entendés mis preocupaciones —dijo Lavinia, guardando la calma, el tono suave— ni me entendés a mí. Vos nunca pensarías que estoy madura para el Movimiento. No te conviene. Querés conservar tu nicho de "normalidad", la ribera de tu río por los siglos de los siglos; tu mujercita colaborando bajo tu dirección sin desarrollarse por sí misma. "Afortunadamente, Sebastián y Flor no piensan como vos. Lavinia fue perdiendo la calma a medida que hablaba. Las ranuras se abrían dando salida a resentimientos acumulados: las noches en vela esperándolo, las actitudes paternales, superiores, de él. —¡Me vale mierda lo que piensen! —dijo él, enfurecido—. Pueden pensar lo que quieran. Ellos no viven con vos. ¡No tienen que soportar tus manías de niña rica! Eso es lo que sos: una niña rica que cree que puede hacer cualquier cosa. No ves ni tus propias limitaciones. —¡Nadie me preguntó dónde quería nacer! —dijo Lavinia, rabiosa—, no tengo la culpa, ¿me oís? —¿Querés que nos oiga el vecindario? —Vos empezaste a gritar. Se había sentado en el borde de la cama. Desnuda con las piernas extendidas sobre las sábanas se quedó en silencio, mirándose los pies. Siempre que no sabía qué hacer, se veía fijamente los pies; era como verse a distancia, ver una parte extraña y lejana de sí misma; los dedos largos terminando gradualmente en el meñique diminuto. Se parecían a los pies de su madre... qué culpa tenía ella de aquella madre, de aquellos pies aristocráticos... hasta de las manías de niña rica... "No tengo manías de niña rica" —se dijo—. Lo único que no soportaba era andar en bus o en taxi. Le gustaba tener su propio carro. ¿Pero a quién no le gustaba? Después de eso, no podía pensar en otras "manías". Casi no comía, ni le importaba comer cualquier cosa... no le gustaban las fiestas del club. Movió los pies, estiró los dedos. El tenso silencio se iba extendiendo entre los dos como una presencia física, los tigres agazapados, desnudos sobre las sábanas, esperando quién lanzaba el próximo zarpazo. No quería levantar los ojos, no quería verlo, no diría nada más, esperaría... —¿Te quedaste muda? —dijo Felipe; bajando el tono. Continuó mirándose los dedos, pensativa. —¿Y quién te incorporó al Movimiento, Sebastián? —Flor —dijo, sin levantar la cabeza. —Claro —dijo él—, me lo debí imaginar —añadió. En algunas uñas la pintura estaba un poco descascarada; debería quitársela. El silencio retornó, denso. Afuera, el viento empezaba a soplar fuerte, moviendo las ramas del naranjo cuya sombra recorría la ventana, agitando dibujos negros en las paredes. Levantó imperceptiblemente la mirada, apenas un poco encima del dedo gordo. Felipe estaba extendido sobre la cama, los brazos bajo la cabeza, mirando intensamente el techo. 73

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