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4 months ago

LA OTREDAD (1)

EL SER HUMANO Dylan

EL SER HUMANO Dylan Barreto García ¿Existe el yo? ¿Podemos llegar a conocer realmente al otro? Son una de las tantas preguntas que ayudarán a resolver el concepto del ser humano. Para el resto del mundo, el ser humano es un animal racional que pertenece a la familia del homo sapiens, pero no solo es eso porque existe más. El cerebro de un ser humano es increíble y aunque no es el más grande, se ganó la capacidad de razonar y de pensar. Pero lamentablemente los seres humanos son peligrosos ya que tienen las herramientas para destruir al mundo o para salvarlo. Antes de empezar debemos saber que el “yo” es el famoso término con el que nos referimos a la identidad del sujeto. El “yo”, según la filosofía clásica, se le consideraba como una sustancia que se identificaba con el alma sin importar si esta se concebía como algo inmaterial o como algo material. El “yo” es la evidencia que tenemos de que existimos. Pensar en quien soy, pensar que sobre mi persona inciden otros individuos, y reconocer que puedo darme cuenta de lo que me concierne, son los problemas que cada ser humano se enfrenta en la vida cotidiana. La conciencia es el soporte del “yo”. Es decir, la conciencia está ligada al “yo”. Lo más cercano a la realidad es nuestra propia conciencia. Sin nuestra conciencia, seríamos salvajes y no tendríamos el “yo”. El “yo” depende completamente de la conciencia, esta última es como una bisagra. La noción de otredad también es muy importante para llegar a comprender al ser humano. La otredad es muy habitual en la filosofía, esta se encarga del reconocimiento del “otro” como individuo diferente, este es un ser que no forma parte de la comunidad. ¿Quién es el otro? ¿Dónde está el otro? Son preguntas que debemos saber para comprender el concepto del “otro”. Pensar al “otro” se nos presenta como un trabajo difícil por no decir imposible. Todo lo que diga sobre el “otro”, lo digo desde mi “yo” pero el “otro” se supone que es lo que no tiene ningún contacto conmigo. E l problema es que cuando definimos al “otro”, lo hacemos pensando en todo aquello que excede de modo absoluto al “yo”. Todo lo que me excede es un “otro”. Según el solipsismo, las experiencias del “yo” son absolutamente privadas e incomunicables. Volviendo a la noción de otredad, ¿Será que podemos acceder al “otro” despojándonos absolutamente de lo que somos? ¿no se trata justamente de acceder al “otro” en su otredad? ¿es posible un acceso de este tipo? Y si la respuesta es no, tendríamos que admitir que acceder al “otro” es entonces algo imposible. ¿No se trata justamente la filosofía de eso, de lo imposible? El “otro” no es, no existe, es el excluido permanente, el que siempre queda

fuera. Si el “otro” fuera sería algo y si el otro es algo se vuelve un objeto para el “yo” que se lo apropia, y en ese acto lo asimila, lo disuelve. Así el “yo” o como lo llama Emmanuel Lévinas “lo mismo” se totaliza. Hace pasar su “yo” o su mismidad como si fuese todo lo que hay y por fuera del todo no puede haber nada. Pero cuando todo parece seguro y cerrado en las coordenadas que el “yo” impone, irrumpe el “otro”. El “otro” nunca pide permiso cuando irrumpe, el “otro” es inesperado. El “otro” golpea la puerta de mi casa, solicita y exige una respuesta, el “otro” se vuelve una amenaza. El valor más importante para el “yo” es su propia seguridad. El “yo” construye sentido, adaptando todo lo que lo excede a sus propios parámetros y así logra estabilidad. “Toda búsqueda de sentido es siempre una búsqueda de seguridad” dice Nietzsche. Pero el “otro” golpea y desestabiliza. Volviendo al solipsismo, lo que siento y percibo no puede ser compartido con nadie y no existe forma de saber si las sensaciones y experiencias del “otro” son como las mías. La única cosa de la que podría tener seguridad es de la existencia de mi “yo”. El “otro” es como un palo en el engranaje, que detiene esa totalidad que venía funcionando bien. La totalidad nunca cierra porque siempre hay un “otro”. Adentro del muro todo parece funcionar a la perfección, pero el muro se vuelve invisible y afuera están los otros que desde su indigencia golpean la puerta y esperan una respuesta. Nuestra identidad es igual a la de los otros, pero a la vez diferente. Por un lado, todos somos iguales porque somos parte de un todo que nos une, la humanidad. Pero también y al mismo tiempo cada ser humano es un individuo diferente y singular. En cierto modo somos todos igualmente diferentes, somos iguales por ser todos diferentes. Para que haya igualdad tiene que haber diferencia, sólo se pueden igualar dos entidades diferentes. Por eso si estamos siempre relacionándonos con otros, interfiriendo mutuamente, contaminando nuestras identidades, ¿podemos separarnos tan secamente de nosotros? ¿Quién soy? ¿Quiénes somos? La palabra “identidad” proviene del latín “ídem” que significa “lo mismo”, lo que se repite siempre igual. Para responder la pregunta acerca de nuestra identidad, deberíamos encontrar algo inmutable en nosotros. Algo que nunca cambia. Pero ¿se puede encontrar algo que no cambie en un mundo donde todo cambia? Tal vez si tenemos una identidad estable, tendremos un poco más de seguridad. Tal vez una identidad estable nos ayude a entender quiénes somos, pero probablemente nos asfixie y nos condene a abandonar la búsqueda. Desde un punto de vista ontológico, el principio ontológico de identidad dice que toda cosa es igual a sí misma. Mientras que en el punto de vista lógico tiene como base el principio lógico de identidad que puede expresarse de esta forma: “si p entonces p” o “p si y solo si p”.

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