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CEN MEX Q1 2018

de 4.5 metros de altura

de 4.5 metros de altura y los enormes candelabros. «Aquí es donde se recibía a las clientas –me explica–. Convertir una casa de alta costura en un museo es como abrir la casa de un artista. No se trata de contar únicamente la historia de Yves Saint Laurent, sino la historia de la alta costura del siglo xx», añade Flaviano, quien siempre menciona al diseñador fallecido con sus tres nombres, como si quisiera recordar a los compradores de la cercana avenida Montaigne que esas iniciales significan algo. Reina un aroma polvoriento a anticuario que se mezcla con un dulce olor a incienso («Opium», me señala una vendedora con un guiño). La decoración de la maison está tal cual la dejó Saint Laurent: la barandilla serpenteante, las enormes lámparas, el espejo de estilo barroco, los candelabros, los cuadros y lo que parece ser una quemadura de cigarrillo en la alfombra verde. La mesa de trabajo de Saint Laurent permanece desordenada a la vista de los visitantes que suben al piso de arriba. Flaviano gira sobre sus talones. Tras una puerta de cristal ahumado se puede ver lo que Saint Laurent aportó no solo a la moda, sino a la civilización occidental. «Aquí están», comenta Flaviano al llegar a un grupo de maniquís. «Los primeros modelos de esmoquin, saco de safari, overol, gabardina… el estilo Yves Saint Laurent y sus particularidades, un estilo que definió en los años 60, y que continuó depurando hasta el final de su carrera profesional». Flaviano camina rápidamente por delante de unos bocetos. «Yves Saint Laurent siempre trabajaba exclusivamente a partir de un boceto y, a medida que dibujaba, ya tenía el modelo en mente», me cuenta mientras pasa junto a un traje pantalón de los 60. En aquella época, la idea de que las mujeres usaran pantalón era revolucionaria. Y Saint Laurent les dio autorización para hacerlo. «Acompañó a la mujer en su emancipación». Y nunca dejó de hacerlo porque, como explica Flaviano, Saint Laurent se enorgullecía del refinamiento de sus ideas. «El señor Bergé solía decir: “Yves trabajó durante 40 años, pero podría haberlo dejado una década después de empezar. Ya lo había dicho todo”». La colección incluye numerosos sombreros porque «prácticamente diseñaba un sombrero para cada look», pero no hay bolsas. «Yves Saint Laurent era alguien, no solo una marca de bolsas». Nos detenemos junto a una colección de looks extravagantes: un look torero de 1979 o un vestido de inspiración africana con adornos de rafia. «Es lo que hemos bautizado como sus “viajes imaginarios”, sus visiones de España, Rusia, África o China – sostiene Flaviano–. Nunca copiaba trajes históricos, sino una idea que había visto, y creaba algo diferente». Se detiene delante de una capa bordada de intenso naranja y rosa, dos colores que, en principio, no están llamados a combinar del todo bien. «Y aquí está la capa Bougainvillea. Yves Saint Laurent puso los pies en Marruecos por primera vez en 1966 junto a Pierre Bergé. Y ahí es donde descubrió los colores». No el color. Los colores. «La primera vez que Yves y Pierre llegaron a Marrakech, estuvo lloviendo dos días seguidos», me cuenta Quito Fierro tres días más tarde en Marruecos. Fierro (cuya madre conoció a la pareja y a quien Bergé se refería como su «hijo adoptivo marroquí») atraviesa el Jardin Majorelle, un verdadero oasis junto al nuevo Musée Yves Saint Laurent de Marrakech. FOTOGRAFÍA HORST P. HORST/CONDÉ NAST POR MEDIO DE GETTY IMAGES 68 CENTURION-MAGAZINE.COM

Saint Laurent en Marrakech en 1980

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