Views
5 months ago

CEN MEX Q1 2018

70

70 CENTURION-MAGAZINE.COM Joyas y accesorios, junto a retratos de Saint Laurent, en el Musée Yves Saint Laurent de Marrakech

El señor Bergé solía decir: «Yves trabajó durante 40 años, pero podría haberlo dejado una década después de empezar. Ya lo había dicho todo». FOTOGRAFÍA JARDIN MAJORELLE/FOTOGRAFÍA NICOLAS MATHÉUS La brisa desciende desde las montañas y atraviesa la medina acariciando las palmeras y las bugambilias. Fierro, que ahora trabaja para el museo, explica cómo la pareja encontró aquí su segundo hogar. «Al comienzo de su estancia salieron muy poco de la habitación del hotel, el Mamounia. Un día se levantaron y vieron que lucía el sol. Contemplaron las montañas del Atlas y se compraron una casa». Muchas personas, entre ellas Fierro, me han comentado que para Saint Laurent París era el proceso, la ejecución del trabajo. Pero Marrakech era la inspiración, la creación y, en muchos sentidos, el marco de una revolución personal. El mundo a finales de los 60 vivía tiempos convulsos y Saint Laurent no era ajeno a este hecho. La pareja empezó a acudir a Marrakech con regularidad, se fueron comprando una casa tras otra y entablando amistad con otros hippies audaces de la época como Mick Jagger y Talitha Getty. En 1980 aterrizaron en estos terrenos y adquirieron la propiedad que pertenecía al gran pintor Jacques Majorelle. Durante casi dos décadas, Saint Laurent realizó aquí todos sus bocetos, cuando venía a recuperarse después de sus desfiles de alta costura y comenzaba a diseñar la siguiente colección. Después de estar dos semanas seguidas dibujando, regresaba a París. Las cenizas de Saint Laurent fueron trasladadas aquí tras su muerte, al igual que las de Bergé. Fierro se detiene junto al memorial de Saint Laurent y Bergé, rematado con una columna romana. Los turistas y los aficionados a la moda se hacen selfies, la mayoría de ellos llevando una versión de algo que fue revolucionario cuando Saint Laurent lo creó, desde las sencillas blusas con lazo hasta los looks de campesina rusa. «Hay que contar toda la historia, con sus luces y sus sombras. Y la historia no es solo París», señala. A pocos pasos del jardín, bajando por la Rue Yves Saint Laurent, una nueva institución da a conocer el resto de la historia. Su moderna estructura, baja y curvilínea, diseñada por los arquitectos Karl Fournier y Olivier Marty, de Studio KO, se integra a la perfección en el barrio, confundiéndose con los cálidos tonos arcilla de la ciudad. La idea del museo, inaugurado también en octubre, surgió siete años antes cuando se celebró una exposición en el jardín que mostraba la influencia de Marrakech en el trabajo de Saint Laurent. «En menos de tres meses registramos 40,000 visitas», me comenta Madison Cox mientras entramos en el oscuro lobby del edificio. Cox preside la Fondation Pierre Bergé-Yves Saint Laurent, la organización matriz que dirige las instituciones de París y Marrakech. Este reconocido paisajista estadounidense se casó con Bergé el año pasado. «Una inmensa mayoría de los visitantes eran marroquíes –afirma Cox–. Empezaron a ser conscientes de la importancia que tiene su cultura en el trabajo de Saint Laurent. Si le soy sincero, muchos ni siquiera lo conocían. En realidad, solo conocían su nombre. Existía cierto orgullo nacional. No quiero sonar presuntuoso, pero quizás decían “Es uno de los nuestros”». La exposición inaugural en el museo de 4,000 m 2 – que también incluye una biblioteca dedicada a la investigación y un teatro– retoma el hilo argumental en el punto donde lo deja el museo parisino. La presentación es depurada, como la de París, con unas modelos de pasarela que se proyectan en forma de hologramas sobre las paredes negras. La voz de Saint Laurent flota sobre las creaciones de alta costura, los caftanes y los trajes de noche del diseñador destacan por sus vivos colores que salieron directamente de las calles, las azoteas y los jardines de los que se enamoró en 1966. Las yuxtaposiciones en el trabajo de Saint Laurent son tan discordantes como parecían serlo sus dos vidas, incluso pueden resultar difíciles de reconciliar. La sincera y delicada colección de caftanes de inspiración marroquí yace delante de un vestido al más puro estilo Mondrian que cuelga y destaca en la pared como un crucifijo. Al frente se pueden ver las páginas enmarcadas de la campaña publicitaria en la que posó desnudo. Cuentan una historia compleja y más completa. «Aparece la dualidad», afirma Cox acerca de las dos caras del modisto. Cox conoció a Saint Laurent y Bergé en los años 70. «Saint Laurent había nacido en Argelia y tenía su propio concepto de lo que era París». Cox describe París como el Oz idealizado de Saint Laurent. «Tenía la idea de una mujer elegante, toda abotonada. Su trabajo en Marrakech representaba la fantasía». Para Cox, el interés mundial despertado por la apertura de estas instituciones es, por un lado, un reconocimiento a la contribución de Saint Laurent y, por otro, un anhelo de más tiempo libre. La moda «se ha convertido en un gran negocio», al igual que las exposiciones de moda. «Es mucho lo que hay en juego actualmente. Creo que la respuesta a estos museos deja entrever la nostalgia de una época que se considera mucho más creativa». Salimos al patio a plena luz de mediodía. Cox entrecierra los ojos a través de sus lentes de sol, mientras mira fijamente el cartel de piedra que marca la entrada al museo. En él cuelga el logotipo de Cassandre, esta vez con la Y, la S y la L en grandes letras de hierro negro. «Puede que el trabajo de Saint Laurent esté teniendo tanta repercusión hoy en día porque vivimos en un mundo altamente desechable –señala–. Todo se usa, se tira y se sustituye por algo que se usa y se vuelve a tirar. Pero el trabajo, la creación que Saint Laurent y Bergé dejaron atrás, hacen gala de un maravilloso sentido de permanencia». CENTURION-MAGAZINE.COM 71

Introducción a la Arquitectura Contemporánea - Historia de la ...
Nuestros pueblos - El avisador malagueño
boletín - Archivo General de la Nación
Palma del Río “Lucha y vence entre dos ríos1” - ARTE ...