Views
2 weeks ago

CEN MEX Q1 2018

Viticultura a fuego 76

Viticultura a fuego 76 CENTURION-MAGAZINE.COM

Con su extraordinaria y única composición mineral, los vinos volcánicos están emergiendo como una nueva subcategoría de viticultura que, tal y como explica Jeffrey T. Iverson, se remonta a los tiempos de la antigua Grecia y la antigua Roma. ILUSTRACIÓN JÖRN KASPUHL S icilia y las islas a su alrededor atraen a un gran número de visitantes hedonistas, pero el geólogo francoestadounidense Charles Frankel llegó en 1981 con el único interés de la tectónica de placas y el vulcanismo. El Etna de Sicilia es uno de los volcanes más activos del planeta y las islas Eolias son el archipiélago volcánico por excelencia. Sin embargo, aquellos días intensos de investigación y senderismo entre cráteres despertaron en Frankel una inesperada pasión: las tierras para la viticultura. El geólogo quedó totalmente sorprendido cuando descubrió prósperos viñedos sobre estas yermas islas volcánicas de aspecto lunar y sobre sus laderas cubiertas de ceniza. Los vinos que allí se elaboraban, aunque rústicos y muy expuestos el sol, le dejaron impresionado. Se trataba de poderosos elíxires que le traían a la memoria la Odisea de Homero y cómo Ulises logró apaciguar a los cíclopes durmiéndolos con un vino cárdeno y dulce elaborado en las laderas del Etna y servido en un cuenco de madera de hiedra. El viaje iniciático de Frankel fue la chispa que alimentó su obra Vins de Feu (vinos de fuego) de 2014, un estudio pionero sobre terruños volcánicos. ¿Qué inspiró a Plinio el Viejo a escribir con tal fervor sobre el vino del monte Vesubio? ¿Por qué los zares de Rusia llenaron sus bodegas con botellas de verdelho do Pico, un caldo elaborado sobre un volcán en medio del océano Atlántico? Aunque el libro de Frankel comenzaba como una historia acerca de viñedos olvidados, después de que su autor recorriera el mundo, se convirtió en la historia de su renacimiento. «Cuando regresé al Etna me impresionó la calidad del vino –nos dice–. Hoy encontramos viticultores trabajando a una mayor altitud, apostando por una agricultura orgánica y creando cosechas que recuerdan a los grandes vinos de Borgoña, rebosantes de aromas especiados y terrosos». Productores de toda Europa se están asentando en la fresca ladera norte del volcán. Tal es el caso de Davide Rosso, de la célebre bodega Giovanni Rosso (giovannirosso.com), en Barolo, quien considera el valle del Etna la nueva “frontera” de Italia. De hecho, en todas partes, desde Sicilia y Santorini hasta la región de Auvernia y las Azores, una nueva generación de viticultores ha reinvertido en viñedos olvidados o abandonados con una idea en común: que las tierras volcánicas transmitan aromas y sensaciones únicas, muy diferentes a las de cualquier otro vino de la Tierra. Un fenómeno realmente interesante que avivará el debate sobre el sabor y su relación con el terroir. Los restaurantes no suelen clasificar su carta de vinos en función del tipo de suelo. Por eso, cuando hace poco la brasserie londinense Nopi de Yotam Ottolenghi introdujo una sección volcánica (con vinos de la bodega Suertes del Marqués [suertesdelmarques. com] cultivados en las laderas del volcán del Teide en la isla de Tenerife, o Les Pierres Noires de Jean Maupertuis [+ 33 4737 73184], elaborados con uva gamay muy cerca del tranquilo Puy-de- Dôme francés) sorprendió a más de uno. Pero el mérito recae en Georgios Ioannidis, fundador de Oenos FPL, una empresa parisina que exporta vinos volcánicos procedentes de Santorini y el Etna a Francia, Luxemburgo y Japón. «Es realmente increíble que estas vides hayan sobrevivido durante milenios en paisajes tan hostiles para otras muchas especies vegetales y sorprende que hayan dado frutos con un sabor tan extraordinario –nos dice–. Poseen ese tipo de mineralidad inmediatamente reconocible, fieramente cristalina, con notas de salinidad, vida marina, brisa del mar… una sensación que hace de estos vinos un producto gastronómico muy complejo». Pero, ¿qué es lo que convierte a una isla como Santorini –árida, azotada por el viento y cubierta de capas de piedra pómez de hasta docenas de metros de grosor– en un paraíso vinícola? Una fe poco común fue lo que animó a la familia Hatzidakis (hatzidakiswines.gr) a levantar en 1996 su bodega sobre un viñedo abandonado después de una serie de devastadoras erupciones volcánicas y un terremoto en los años 50. Ahora, sin embargo, han conseguido el reconocimiento internacional de las uvas locales gracias a las palabras de Joanna Simon, en la revista Decanter, quien alaba el blanco assyrtiko de Hatzidakis por su «envidiable y perfecta nariz volcánica con fondo ahumado y mineral, su acidez cítrica y especiada y su final en boca fresco y ligeramente salado». En efecto, «el secreto reside en la tierra», explica Frankel. A pesar de su dura apariencia, los campos de piedra pómez y las corrientes de lava resquebrajada son ideales para una viticultura de gran calidad. Su elevada porosidad y permeabilidad permiten alejar el agua de las raíces. Las laderas volcánicas ofrecen una exposición y una altitud inmejorables favoreciendo el lento y fresco periodo de maduración necesario para desarrollar aromas complejos. Además, el terreno volcánico es pobre en carbono y nitratos –causantes del crecimiento excesivo–, pero rico en todos los minerales esenciales para las vides: potasio, fósforo, hierro, magnesio y azufre. A finales de marzo, el maestro sommelier John Szabo, autor de Volcanic Wines: Salt, Grit and Power, fue el anfitrión de la primera Conferencia Internacional de Vinos Volcánicos, que reunió en Nueva York a productores de todo el mundo para participar en un debate centrado en una “denominación común para los vinos volcánicos”. Por lo tanto, un tipo de tierra similar ¿es suficiente para dotar de carácter común a vinos elaborados en lugares tan distintos del planeta? «El delicado papel que la química [de la tierra] ejerce en el sabor del vino es un tema controvertido –señala Frankel–. Yo sostengo que hay un estilo volcánico. Puede ser algo subjetivo aunque, para mí, un vino volcánico es aquel que captura la sensación de haber surgido de un lugar sobrenatural». Una sensación que se percibe en el sabor terroso y el aroma a azufre de los bien envejecidos tintos del Etna o en el buqué floral de un blanco Lacryma Christi del Vesubio, de las bodegas Villa Dora (cantinevilladora.it). Aromas insólitos que recuerdan a la que, a menudo, es la única planta que florece en la cima de los volcanes: la retama de escobas. El poeta italiano Giacomo Leopardi escribía en su obra Canti de 1836: «Aquí, sobre el árido lomo del formidable monte asolador Vesubio, al cual ninguna flor ni árbol alegra, tu mata solitaria en torno esparces, olorosa retama». Su poema es una emotiva reflexión sobre el destino del hombre donde se compara la humanidad con este arbusto tenaz que surge incansable y perennemente de sus cenizas. Sin embargo, Leopardi bien podría haber elegido la vid para su metáfora porque mucho más conmovedor que el instinto de supervivencia del ser humano es la sorprendente capacidad de sustento, placer y belleza de esta uva en lugares tan inesperados. PARA RESERVACIONES CONTACTE AL SERVICIO DE CENTURION CENTURION-MAGAZINE.COM 77

Introducción a la Arquitectura Contemporánea - Historia de la ...
Nuestros pueblos - El avisador malagueño
boletín - Archivo General de la Nación
Palma del Río “Lucha y vence entre dos ríos1” - ARTE ...