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8 months ago

Aguirre-Sergio-La-Venganza-De-La-Vaca

Estaba jugando en mi

Estaba jugando en mi habitación. Mi abuela me había regalado unos soldaditos de plomo y los disponía en fila sobre el escritorio cuando escuché un ruido en el baño. Era como un quejido o un silbido, y un golpeteo. Me llamó la atención sobre todo porque en ese momento pensaba que solamente yo estaba dentro de la casa. Salí al pasillo y cuando llegué a la puerta del baño la vi a Emma. Estaba parada frente al espejo. Con la lengua afuera y los ojos muy abiertos, golpeaba con la punta de los dedos su imagen en el vidrio. Recuerdo que me quedé parado sin saber qué hacer. Quería llamar a mamá pero algo no me dejaba reaccionar. De repente, Emma me miró. Con los ojos todavía muy abiertos y frunciendo el ceño, acercó su cabeza hasta quedar a muy corta distancia de la mía y dijo: - No hable. Sentí que me faltaba el aire. Ese rostro que me miraba sin parpadear y con esa expresión que no conocía, me llenó de terror. Dio media vuelta y se fue sin decir nada más. Recuerdo quedarme en el mismo lugar, sin poder moverme. Miré hacia el final del pasillo por donde había desaparecido Emma y, después de un momento, comencé a caminar hacia afuera. Sus palabras me seguían como un eco y, cuando estaba llegando al comedor, supe que no diría nada. La posibilidad de vérmelas a solas con esa muchacha, que para mí se había transformado en alguien amenazante, fue la razón que me decidió a tratar de olvidar lo sucedido. Aunque sabía que no podría hacerlo. Además, ¿qué le diría a mamá? ¿Que se miraba al espejo mientras tenía la lengua afuera y después me dijo que no le cuente? Se reirían de mí y, lo peor, ganaría una enemiga. Los cambios operados en los Tuur pasaron desapercibidos al principio. Excepto para mí, que, desde el encuentro con Emma, comencé a observarlos. Lo primero que noté fue que Emma y su madre no podían pasar al lado de un espejo sin detenerse. Era un segundo, a veces, una ojeada que se confundía con un parpadeo. Por momentos las espiaba y, si encontraba a alguna sola, la veía pararse y observar su imagen en el espejo. Lo hacían con una curiosidad que me llamaba la atención, como si vieran otra cosa ... En esos días también comencé a escuchar los ruidos con la boca. Muy débiles al principio, creo que sólo alguien obsesionado como yo con los Tuur, podría haberlo percibido. Era un ir y venir de saliva corriendo entre lo dientes o de líquidos que se desplazaban en la boca por algún motivo ajeno a la voluntad. Ruidos ajenos a la voluntad, como los ruidos de la panza o los latidos. Traté de reproducirlos y fue imposible, inhumano. Una mañana acompañé al capataz a una yerra en una estancia vecina. La estancia de los Montero. Era una costumbre en esa época que personal de una hacienda estuviera y ayudara en la yerra del vecino. También iban los Tuur.

Me quedé todo el tiempo al Iado de Don Gómez, el capataz, que siempre me decía cosas al tipo de “cuando esto sea suyo ..: o “cuando usted sea grande ..:’ y así, imaginaba no sé qué proyecciones sobre mí o la estancia. Pero tenía por norma que, si los Tuur andaban cerca, yo estaba al Iado de un adulto. Fue rápido, tanto que nadie pudo evitarlo. Los gemelos estaban atrás de la vaca. El animal, un ternero marrón, estaba maniatado. Asimismo trataban de inmovilizarlo como si alguna resistencia fuese tan feroz que pudiera lanzar el hierro caliente por los aires. Se movió, se cruzó, no sé, no pude vedo hasta después, cuando sangraba. La marca cayó sobre la espalda de uno de los gemelos. Todos lo escuchamos. Fue un bufido. Nada parecido a un grito de dolor de un niño. Se armó un revuelo. Las mujeres gritaban y unos gauchos se quisieron medio pelear echándose culpas, pero yo no podía dejar de mirar el rostro del gemelo. Con los ojos abiertos y sin una lágrima, lo único que hacía era mover la lengua con la boca entreabierta y despedir una baba espesa que le caía por el pecho. Ahí nomás Don Gómez lo agarró y lo llevaron a la casa para curarlo. No me dejaron entrar. A la vuelta nadie hablaba. Don Gómez estaba fastidiado por el accidente. Al llegar a la casa, creyó que no lo escuché cuando dijo, para sí y por lo bajo: “Es que estos son bestias, nomás”. El padre y el otro hermano todo el tiempo habían permanecido impasibles, y como siempre, no dijeron una sola palabra. La mortificación que ese accidente hubiera significado para mi padre parecía no existir en Lepo Tuur, como si nada hubiese pasado. Más tarde, cuando pasé por la cocina, oí que mi papá estaba discutiendo con Don Gómez: “Se tiró, patrón, lo vi, ese chico está loco ..:’ Papá respondió: “Fue un accidente, lo que pasa es que a vos se te cruzaron los Tuur, y no hay nada que te venga bien ..:’ El recuerdo del accidente y la visión de la llaga en la espalda del gemelo me impresionaron. Fue la causa de que esa noche no me pudiera dormir. Estaba acostado, boca arriba. La luna, como aquella noche, entraba por la ventana. No sé por qué, en un momento, supe que estarían allí fuera. Me levanté y, al asomarme, pude verlos. Absolutamente quietos, bajo el cielo iluminado, recostados alrededor del aljibe, parecían dormidos en una extraña vigilia, o despiertos, pero en otro mundo. No se miraban. Me quedé observando, mientras esperaba que sucediera algo. Todo siguió exactamente igual y, después de un momento, regresé a la cama. Estaba apoyando mi cabeza en la almohada cuando lo escuché nuevamente: el mismo terrible gemido de Nochebuena.

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