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Aguirre-Sergio-La-Venganza-De-La-Vaca

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Las clases terminaron y no pudieron averiguar nada. Hicieron una lista de sospechosos, que no era muy larga, pero sí dolorosa. Les costaba pensar que un compañero hubiera cometido semejante canallada, que ahora se parecía a un asesinato. Los nombres de la lista eran los de aquellos que, pudieron averiguar, reprobaron la materia. No se les ocurrió otra razón, tratándose de Susana, para que alguien pudiera haber hecho algo así. La lista tenía los siguientes nombres: Martín Guevara Constanza Brunet Florencia Mondino Agustín Ortega Martin Bastos Abordaron a los cinco. Hábilmente, trataron de dejarlos hablar, esperando algo, cualquier cosa que pudiera delatarlos; una palabra o un gesto en el momento preciso en que ellos, distraídamente, mencionaban a Susana. Pero todo fue en vano. Era muy difícil que el autor de ese acto pudiera confesarlo; porque la muerte de Nicolás, pensaron, seguramente había dejado alguna especie de culpa en el que escribió aquella nota o aliviado, también, cualquier rencor. La verdad llegó cuando dejaron de buscarla. Y sucedió casi accidentalmente. En una siesta de febrero, Leticia estaba en el club esperando encontrar algún conocido. De sus cuatro amigos del colegio, Cristina -con la que siempre iba- estaba de vacaciones en el mar, con Rafael. Apenas llegado de Inglaterra, habían decidido, ni bien pasaran las fiestas, irse a la casa que una tía soltera de Cristina tenía en Pinamar. Había sido todo un año de no estar juntos y con un final horrible. Querían estar solos y alejados de todo. Por su parte, Carlos se iba, como todos los años, a su casa en Los Molles. Hasta marzo no lo vería. ¿Volverían a estar juntos, como antes, ahora que cada uno estaba en la universidad, haciendo su propia carrera? A veces Leticia se hacía esa pregunta con temor y siempre se la respondía de la misma manera: el tiempo lo dirá. y finalmente Manuel, con quien sí se seguía viendo, esa semana estaba ocupado porque llegaban unos familiares de Mendoza y, por supuesto, tenía que atenderlos. Leticia estaba acostada en una de las reposeras que se encontraban, en fila, al Iado de la pileta. Con los ojos cerrados, mientras sentía cómo el sol ya comenzaba a picarle demasiado, sobre todo en la cara, escuchó esa voz, que tardó un segundo en reconocer: Marcela Renzi. -iLeticia!, ¿cómo andás?

Leticia se alegró de escuchar una voz conocida; ya se estaba aburriendo de estar sola. Marcela Renzi no era el tipo de chica con la que estaría todo el día, pero podía ser la compañía ideal para un rato en la pileta. -¡Marce!, ¿qué hacés acá?, no sabía que venías a esta pileta ... sentáte. -Siempre voy al club al que pertenece mi papá, por el banco, pero como queda tan lejos, y hoy hace tanto calor... Comenzaron a charlar: de las dificultades para broncearse pasaron al festival de rock en Santa Elena, el regreso de Rafael de Inglaterra, y cuando, finalmente, hablaban de las carreras que cada una había elegido, Marcela dijo: “Voy a tener que aprobar inglés en marzo, si no no vaya poder empezar la facultad ...” La última frase y cierto fastidio que percibió en la voz de Marcela alertaron a Leticia. No recordaba que el nombre de Marcela estuviera en la lista de los que reprobaron. -¿Cómo?, ¿vos reprobaste inglés? -preguntó. -Sí... y si no hubiera sido por esa materia ...Mi papá me dijo que si no reprobaba nada, en estas vacaciones me dejaba ir con mi hermana a Punta del Este, de imaginás?, Eugenia se fue con dos compañeras de facultad, y me invitaron, pero en el último examen ... se fueron mis vacaciones. Leticia sintió que un cosquilleo le subía por la espalda. Trató de parecer natural: -No entiendo, contáme qué pasó. -Mi papá siempre hace esos tratos con nosotras; si el colegio o la facultad andan bien ... hay vacaciones, si no, no. No sabés la bronca, cada vez que me acuerdo ... -¿y qué pasó con el examen? Marcela miró al suelo e hizo un silencio antes de hablar: -Nada ... nada, la López me bochó. No podía creerlo, te juro, yo había hablado con ella, ella sabía que yo necesitaba aprobar ese examen, pero ... qué se le va a hacer... En ese momento Leticia creyó ver un destello de rabia en la mirada de Marcela. Y supo, al fin, quién había escrito la nota. Capítulo siete

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