Views
2 months ago

La-Insoportable-Levedad-del-ser

1 Desde la ventana se

1 Desde la ventana se veía la ladera en la que crecían los cuerpos retorcidos de los manzanos. En la ladera el bosque cerraba el horizonte y la línea de montes se extendía en la lejanía. Al anochecer salía la luna en el cielo pálido y ése era el momento en que Teresa salía al umbral. La luna colgando de un cielo aún no oscurecido le parecía como una lámpara que han olvidado apagar y que ha estado encendida todo el día en la habitación de los muertos. Los manzanos retorcidos crecían en la ladera y ninguno de ellos podía abandonar el sitio en el que había crecido, al igual que ni Teresa ni Tomás nunca podrían ya abandonar este pueblo. Habían vendido el coche, el televisor, la radio, sólo para comprar una casita pequeña con un jardín a un agricultor que se había ido a vivir a la ciudad. Vivir en el campo era la única posibilidad de huir que les quedaba, porque aquí había una permanente escasez de gente y un exceso de alojamiento. Nadie tenía interés en investigar el pasado político de alguien que estaba dispuesto a ir a trabajar al campo o al bosque y nadie le tenía envidia. Teresa era feliz por haber abandonado la ciudad, con los clientes borrachos del bar y las mujeres desconocidas que le dejaban a Tomás en el pelo el perfume de su sexo. La policía había dejado de interesarse por ellos y la historia del ingeniero se le mezclaba con la escena de Petrin, de modo que casi no distinguía ya lo que había sido sueño y lo que había sido realidad. (Además, ¿estaba el ingeniero de verdad al servicio de la policía? Puede que sí, puede que no. Los hombres que emplean para sus citas pisos prestados y que no quieren hacer el amor con la misma mujer más de una vez, no son tan escasos.) De modo que Teresa era feliz y tenía la sensación de que había logrado su objetivo: estaban juntos ella y Tomás y estaban solos. ¿Solos? Debo ser más preciso: lo que he denominado soledad significaba que habían roto todas las relaciones con los amigos y conocidos que hasta entonces tenían. Cortaron su vida como si fuera un trozo de cinta. Pero se sentía a gusto en compañía de los campesinos con los que trabajaban y a los que de vez en cuando visitaban en sus casas o invitaban a la suya. Cuando, aquel día, en el balneario cuyas calles tenían nombres rusos, conoció al presidente de la cooperativa local, Teresa descubrió de pronto la imagen del campo que habían dejado en ella los recuerdos de sus lecturas o sus antepasados: un mundo de vida en común, en el que todos forman una especie de gran familia unida por intereses y costumbres comunes: los domingos misa en la iglesia, la taberna en la que se reúnen los hombres solos y la sala de esa misma taberna, donde los sábados toca la banda y todo el pueblo baila. Pero en el régimen comunista las aldeas ya no se parecen a esta antigua imagen. La iglesia estaba en la aldea vecina y nadie la frecuentaba, la taberna se había convertido en oficinas, los hombres no tenían dónde reunirse a beber cerveza, los jóvenes no tenían dónde bailar. Las festividades religiosas no podían celebrarse, las estatales no interesaban a nadie. El cine estaba en la ciudad, a veinte kilómetros. De modo que al terminar la jornada, durante la cual la gente gritaba alegremente y charlaba en los minutos de descanso, todos se encerraban entre las cuatro paredes de sus casas con sus muebles modernos, que destilaban a chorros mal gusto, y miraban la pantalla encendida de los televisores. No se hacían v isitas, todo lo más se detenían unos minutos en casa del vecino antes de cenar. Todos soñaban con irse a vivir a la ciudad. La aldea no les ofrecía nada que se pareciese un poco a una vida interesante. Quizá precisamente porque nadie quería echar raíces aquí, el Estado perdía poder sobre la aldea. Un agricultor, al que ya no le pertenece la tierra y que no es más que un obrero que trabaja en el campo, que no siente apego ni por el paisaje ni por su trabajo, no tiene nada que perder, no tiene nada por qué temer. Gracias a esta indiferencia, el campo conserva una considerable autonomía y cierta libertad. El presidente de la cooperativa no había sido nombrado desde fuera (como todos los directores en las ciudades), sino elegido por los campesinos y era uno de ellos. Debido a que todos querían irse de aquí, Teresa y Tomás tenían entre ellos una situación excepcional: habían llegado voluntariamente. Si los demás aprovechaban cualquier oportunidad para ir a la ciudad al menos por un día, Teresa y Tomás no tenían más interés que el de permanecer donde estaban y, por eso, pronto conocieron a los campesinos mejor de lo que ellos mismos se conocían entre sí. El presidente de la cooperativa se hizo verdaderamente amigo suyo. Tenía mujer, cuatro hijos y

un cerdo al que criaba como a un perro. El cerdo se llamaba Mefisto y era el orgullo y la atracción del pueblo. Obedecía las órdenes, iba limpio y rosado; andaba con sus pezuñas como una mujer de piernas gordas con zapatos de tacón. Cuando Karenin vio por primera vez a Mefisto, se excitó y estuvo largo rato dando vueltas a su alrededor y olfateándolo. Pero pronto se hizo amigo de él y prefería su compañía a la de los perros del pueblo, a los que despreciaba porque estaban atados a sus casetas y ladraban estúpidamente, s in descanso y sin motivo. Karenin comprendió adecuadamente el valor de lo exclusivo y podría afirmar que estaba orgulloso de su amistad con el cerdo. El presidente de la cooperativa está contento de poder ayudar a su antiguo cirujano y, al mismo tiempo, triste por no poder hacer algo más por él. Tomás se convirtió en conductor del camión que llevaba a los campesinos al campo o transportaba las herramientas. La cooperativa tenía cuatro establos grandes y además otro menor para cuarenta terneras. Se las encargaron a Teresa y las sacaba a pastar dos veces al día. Los prados próximos y de fácil acceso estaban destinados a la siega y, por eso, Teresa tenía que llevar el ganado a los montes de los alrededores. Las terneras iban comiendo paulatinamente el pasto de los prados lejanos y de ese modo Teresa recorría con ellas toda una amplia zona alrededor del pueblo. Al igual que en otras épocas en la pequeña ciudad, llevaba siempre algún libro en la mano y lo abría para leerlo en los prados. Karenin siempre la acompañaba. Aprendió a ladrarle a las terneras jóvenes que eran demasiado alegres y pretendían alejarse de las demás; lo' hacía con visible satisfacción. Era, con seguridad, el más feliz del trío. Su oficio de «guardián del reloj» nunca había sido tan respetado como aquí, donde no cabía improvisación alguna. El tiempo en el que vivían Teresa y Tomás se aproximaba a la regularidad de su tiempo. Un día, después de comer (es decir, cuando ambos tenían dos horas de tiempo libre para sí mismos), fueron los tres a dar un paseo a la ladera detrás de su casa. — No me gusta cómo corre —dijo Teresa. Karenin cojeaba de una pata trasera. Tomás se agachó y le miró la pata. Descubrió en el muslo un pequeño bulto. Al día siguiente lo sentó a su lado en el camión y se detuvo en el pueblo más próximo, donde vivía el veterinario. Volvió a visitarlo al cabo de una semana y regresó con la noticia de que Karenin tenía cáncer. Tres días más tarde lo operó él mismo con el veterinario. Cuando lo trajo a casa, Karenin aún no se había despertado de la anestesia. Yacía junto a la cama en la alfombra, tenía los ojos abiertos y se quejaba. En el muslo tenía los pelos afeitados y una cicatriz con seis puntos. Trató de incorporarse. Pero no pudo Teresa se asustó, pensó que ya no iba a volver a andar. — No temas —dijo Tomás—, aún está bajo los efectos de la anestesia. Trató de levantarlo pero le lanzó una dentellada. ¡Jamás había intentado morder a Teresa! — No sabe quién eres —dijo Tomás—, no te reconoce. Lo pusieron junto a la cama y se durmió rápidamente. Ellos también se durmieron. Eran las tres de la mañana cuando de pronto los despertó. Movía el rabo y pisoteaba a Teresa y Tomás. Jugaba con ellos salvaje e insaciablemente. ¡Jamás los había despertado! Siempre esperaba a que uno de ellos se despertase antes de atreverse a saltar a su cama. Pero esta vez no había sido capaz de controlarse al volver plenamente en sí, en medio de la noche. ¡Quién sabe de qué lejanías habría vuelto! ¡Quién sabe con qué fantasmas habría luchado! Al ver ahora que estaba en casa y reconocer a sus seres más próximos, tenía que comunicarles s u terrible alegría, la alegría del regreso y del renacer. 2 En el mismo comienzo del Génesis está escrito que Dios creó al hombre para confiarle el dominio sobre los pájaros, los peces y los animales. Claro que el Génesis fue escrito por un hombre y

Por ser mujer
Ser socialmente responsable en Paraguay: Nuestra ...
Instrucciones de uso SER Inteligente
Exposició "Ser dona. Avui"
DÉJAME SER TU AMIGO - Wikiblues
Evite ser fumador pasivo - Anthem
ayudar a las PYME de hoy a ser líderes mañana
Presidente de Panamá Ricardo Martinelli arriba al país para ser ...
XXXIV Congreso de la SER - Sociedad Española de Reumatología
CATÁLOGO LÁSER - Topcon Positioning
XXXII Congreso de la SER - Sociedad Española de Reumatología
De lo conveniente de ser Feo - Lookinghelp.com h lookinghelp
Sabiduría del Ser 57 - Instituto Cultural Quetzalcoatl
Luis Fernando Haro Encinas. El reto de ser ... - InfoRural.com.mx
El derecho a ser NIÑO - Save the Children
MAXIMA GENERACION EOLICA A SER INSTALADA ... - Tech4CDM
Vam ser-hi...!! - Cardenal Spínola - Abat Oliba