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5 months ago

La-Insoportable-Levedad-del-ser

no. Era una mirada de

no. Era una mirada de terrible, insoportable confianza. Aquella mirada era una ansiosa interrogación. Toda la vida había esperado Karenin la respuesta de Teresa y ahora le comunicaba (aún con mayor urgencia que nunca) que seguía preparado para oír de ella la verdad. (Todo lo que proviene de Teresa es para él verdad: incluso cuando le dice «¡siéntate!» o «¡acuéstate!», para él éstas son verdades con las que se identifica y que le dan sentido a su vida.) Aquella mirada de terrible confianza fue breve. Al cabo de un momento volvió a apoyar la cabeza sobre las patas. Teresa sabía que nunca nadie más volvería a mirarla así. Nunca le daban dulces, pero hace unos días le había comprado unas tabletas de chocolate. Les quitó el papel de plata, las partió y las puso junto a él. Añadió también un cuenco con agua para que no le faltara nada, ya que tendría que quedarse unas horas solo en casa. Era como si la mirada que le había dirigido hacía un rato lo hubiera fatigado. Aunque estaba rodeado de chocolate, no levantaba la cabeza. Se tendió en el suelo junto a él y lo abrazó. Lenta y fatigosamente la olisqueó y le lamió una o dos veces la cara. Acogió la lamida con los ojos cerrados, como si quisiera recordarla para siempre. Volvió la cabeza para que le lamiera también la otra mejilla. Tuvo que ir a cuidar a sus terneras. Volvió después de mediodía. Tomás todavía no estaba en casa. Karenin yacía rodeado de chocolate y, cuando la oyó llegar, ya no levantó la cabeza. Su pata enferma estaba hinchada y el tumor había reventado en otro sitio más. Entre los pelos aparecía una gotita de color rojo claro (que no parecía sangre). Volvió a tumbarse en el suelo junto a él. Tenía un brazo encima de su cuerpo y los ojos cerrados. Alguien llamó a la puerta. Se oyó: «¡Doctor, doctor! ¡Han venido el cerdo y su presidente!». Era incapaz de hablar con nadie. No se movió ni abrió los ojos. Volvió a oírse: «¡Doctor, han venido los marranos!» y después, silencio. Al cabo de media hora llegó Tomás. Fue silenciosamente a la cocina a preparar la inyección. Cuando entró en la habitación, Teresa ya estaba de pie y Karenin se levantaba con esfuerzo del suelo. Al ver a Tomás movió débilmente la cola. — Mira —dijo Teresa—, ¡aún sonríe! Lo dijo como una súplica, como si con aquellas palabras quisiera pedir un pequeño aplazamiento, pero no insistió. Puso lentamente una sábana sobre la cama. Era una sábana blanca con un estampado en forma de florecillas lilas. Todo lo tenía preparado y pensado, como si se hubiera imaginado la muerte de Karenin con muchos días de antelación. (¡Ay, qué terrible, en realidad, soñamos por adelantado con la muerte de aquellos a quienes amamos!) Ya no tenía fuerzas para saltar a la cama. Lo cogieron en brazos y lo levantaron entre los dos. Teresa lo colocó de costado y Tomás le examinó la pata. Buscaba el lugar en el que la vena se nota más. Luego recortó en ese sitio los pelos con una tijera. Teresa estaba arrodillada junto a la cama y sostenía con las manos la cabeza de Karenin junto a su cara. Tomás le pidió que le apretara la pata trasera por encima de la vena, que era fina y hacía difícil clavarle la aguja. Apretaba la pata de Karenin pero no separaba la cara de la cabeza de él. Le hablaba sin cesar en voz baja y él no pensaba más que en ella. No tenía miedo. Le lamió dos veces más la cara. Y Teresa le susurraba: «No tengas miedo, no tengas miedo, allá no te dolerá nada, allá vas a soñar con ardillas y conejos, habrá vaquitas y estará Mefisto, no tengas miedo...». Tomás le pinchó la vena con la aguja y apretó el émbolo. Karenin dio un pequeño tirón con la pata, respiró aceleradamente durante un par de segundos y de pronto su respiración se detuvo. Teresa estaba arrodillada en el suelo junto a la cama y apretaba su cara contra la cabeza de él. Los dos tuvieron que ir a trabajar y el perro quedó tendido en la cama sobre una sábana blanca con florecillas lilas. Volvieron por la noche. Tomás salió al jardín. Encontró entre dos manzanos las cuatro rayas del rectángulo que Teresa había dibujado hacía unos días con el tacón. Empezó a cavar allí. Mantuvo exactamente las dimensiones marcadas. Quería que todo fuese tal como lo había querido Teresa. Ella se quedó en casa con Karenin. Tenía miedo de que lo enterraran vivo. Acercó el oído'a su hocico y le pareció que oía una respiración muy débil. Se alejó y vio que el pecho de él se movía ligeramente.

(No, había oído su propia respiración, que le imprimía un ligero movimiento a su cuerpo y le hacía creer que el pecho del perro se movía.) Encontró en el bolso un espejito y se lo acercó al hocico. El espejito estaba tan manoseado que creyó ver que lo empañaba la respiración del perro. — ¡Tomás, está vivo! —gritó cuando Tomás volvió con los zapatos embarrados del jardín. Se inclinó sobre el perro e hizo con la cabeza un gesto negativo. Cada uno cogió un extremo de la sábana sobre la que yacía. Teresa por las patas; Tomás por la cabeza. Lo levantaron y lo sacaron al jardín. Teresa notó que la sábana estaba mojada. Llegó a nosotros con un charquito y con un charquito se fue, pensó y se alegró de sentir en las manos aquella humedad, el último saludo del perrito. Lo llevaron hasta los manzanos y lo depositaron en el hoyo. Se inclinó sobre él y arregló la sábana de modo que lo cubriera por completo. Le parecía insoportable que la tierra, que dentro de un momento iban a echar encima de él, cayera sobre su cuerpo desnudo. Después volvió a la casa y regresó con el collar, la correa y un puñado de chocolate que había quedado desde la mañana intacto en el suelo. Lo tiró todo por encima de él. Junto al hoyo había un montón de tierra fresca. Tomás cogió la pala. Teresa se acordó de su sueño: Karenin parió dos panecillos y una abeja. De pronto aquella frase le sonaba como un epitafio. Imaginó entre los dos manzanos un panteón con este texto: «Aquí yace Karenin. Parió dos panecillos y una abeja». El jardín estaba en penumbra, era el momento que va del día a la noche, en el cielo brillaba una luna pálida, la lámpara olvidada en la habitación de los muertos. Los dos tenían los zapatos manchados de barro y llevaban la azada y la pala al cobertizo en el que estaban las herramientas: el rastrillo, el pico, el azadón. 6 Estaba en su habitación, se había acostumbrado a leer allí, sentado a la mesa. Teresa solía acercarse entonces a él, se inclinaba hacia él, apretaba desde atrás su cara contra la de él. Ese día, al hacerlo, vio que Tomás no estaba leyendo libro alguno. Tenía ante sí una carta y, aunque no fueran más que cinco líneas escritas a máquina, la mirada de Tomás se mantenía fija e inmóvil en ellas. — ¿Qué es? —preguntó Teresa llena de angustia. Sin girarse Tomás cogió la carta y se la dio. Decía que tenía que presentarse ese mismo día en el aeropuerto de la ciudad más próxima. Por fin giró la cabeza y Teresa advirtió que en sus ojos había el mismo horror que había sentido ella. — Iré contigo —dijo. Hizo con la cabeza un gesto de negación: — La citación sólo se refiere a mí. — No, iré contigo —repitió. Fueron con el camión de Tomás. Al cabo de un rato llegaron a la pista de aterrizaje. Había niebla. Frente a ellos se perfilaban, muy borrosamente, varios aviones. Los examinaron uno tras otro, pero todos tenían las puertas cerradas, eran inaccesibles. Por fin encontraron uno con la puerta abierta y unas escalerillas adosadas que conducían hasta ella. Subieron, en la puerta apareció un auxiliar de vuelo y los invitó a pasar. El avión era pequeño, apenas para treinta pasajeros, y estaba completamente vacío. Avanzaron por el corredor entre los asientos, sin perder el contacto entre los dos y sin demasiado interés por lo que sucedía a su alrededor. Se sentaron en dos asientos contiguos y Teresa apoyó la cabeza en el hombro de Tomás. El horror del comienzo se diluía y se convertía en tristeza. El horror es un impacto, un momento de absoluta ceguera. El horror está desprovisto de toda huella de belleza. No vemos más que la intensa luz del acontecimiento desconocido que aguardamos. La tristeza, por el contrario, presupone que sabemos. Tomás y Teresa sabía qué les esperaba. La luz del horror perdió intensidad y el mundo empezó a verse bajo una iluminación azulada, tierna, que hacía las

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