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La-Insoportable-Levedad-del-ser

en paz y, mientras

en paz y, mientras Karenin se estaba muriendo, ella lo hacía sufrir con sus sospechas. Siempre le había reprochado secretamente que no la amaba bastante. Su propio amor estaba para ella fuera de toda sospecha, mientras que consideraba el amor de él como simple amabilidad. Ahora ve lo injusta que ha sido: ¡Si de verdad hubiera sentido por Tomás un gran amor, hubiera tenido que permanecer con él en el extranjero! ¡Allí Tomás estaba contento, allí se le abría la perspectiva de una nueva vida! ¡Y a pesar de eso se fue de allí! Es verdad que trató de convencerse a sí misma de que lo hacía por generosidad, para no molestarlo. ¿Pero no era la generosidad tan sólo una disculpa? ¡En realidad sabía que vendría tras ella! Lo atraía cada vez más hacia abajo, como atraen las ninfas a los campesinos hacia los pantanos para dejarlos morir allí. ¡Utilizó el momento en que él tenía espasmos de estómago para obtener la promesa de que se irían a vivir al campo! ¡Cómo sabía engañarlo! Le hacía ir tras ella como si quisiese comprobar permanentemente que la amaba, hizo que fuera tras ella hasta llegar a este sitio: con el pelo cano, cansado, con las manos medio destrozadas, que ya nunca podrán coger un bisturí. Llegaron a un lugar del que ya no pueden ir a ninguna parte. ¿Adonde podrían ir? Al extranjero nunca les dejarán salir. Ya no encontrarán el camino de regreso a Praga, nadie les dará trabajo allí. Y no tienen motivo alguno para irse a otro pueblo. Dios mío, ¿era necesario llegar hasta aquí para que creyera que la quería? Finalmente, Tomás logró volver a montar la rueda. Se sentó al volante, los hombres saltaron al camión y se oyó el ruido del motor. Teresa se fue a casa y llenó la bañera de agua. Se sumergió en el agua caliente pensando que toda la vida había utilizado sus propias debilidades en contra de Tomás. Todos tendemos a considerar la fuerza como culpable y la debilidad como víctima inocente. Pero Teresa ahora lo comprende: ¡en su caso ha sido al revés! ¡Hasta sus sueños, como si conociesen las únicas debilidades de ese hombre fuerte, le mostraban los sufrimientos de Teresa para hacerlo huir en retirada! Su debilidad era agresiva y le obligaba a constantes rendiciones, hasta que por fin dejó de ser fuerte y se convirtió en un conejito en su regazo. No dejaba de pensar en aquel sueño. Salió de la bañera y fue a buscar un vestido que ponerse. Quería ponerse el vestido más bonito para gustarle, para darle una alegría. Apenas se había abrochado el último botón cuando entró Tomás ruidosamente junto con el presidente de la cooperativa y un joven campesino llamativamente pálido. — ¡Venga —dijo Tomás—, algún licor fuerte! Teresa salió corriendo y trajo una botella de slivovice. Sirvió un vasito y el joven se lo tomó inmediatamente. Mientras tanto se enteró de lo que había sucedido: el joven se había dislocado un brazo y gritaba de dolor; nadie sabía qué hacer, así que llamaron a Tomás, que le volvió el brazo a su sitio con un solo movimiento. El joven bebió de un trago otro vasito y le dijo a Tomás: — ¡Tu mujer está guapísima hoy! — Tonto —dijo el presidente—, la señora Teresa siempre está guapa. —Ya sé que siempre está guapa —dijo el joven—, pero hoy se ha puesto muy elegante. Nunca la habíamos visto con ese vestido. ¿Van a salir? — No vamos a salir. Me lo puse por Tomás. — Doctor, tú sí que lo pasas bien —rió el presidente—. Mi mujer nunca hace eso de vestirse así para que yo la vea. — Claro, por eso sales siempre de paseo con el cerdo y no con tu mujer —dijo el joven y se rió mucho. — ¿Y qué hace Mefisto? —dijo Tomás—, hace por lo menos... —se puso a pensar—, ¡una hora que no lo veo! — Es que me añora cuando no estoy —dijo el presidente. — Ahora que la veo con ese vestido, me dan ganas de bailar con usted —le dijo el joven a Teresa—. ¿Me dejarías bailar con ella, doctor? — Vamos todos a bailar —dijo Teresa. — ¿Vienes? —le dijo el joven a Tomás.

— ¿Pero dónde? —preguntó Tomás. El joven dio el nombre del pueblo vecino, en el que había una sala de baile. — Vienes con nosotros —le ordenó al presidente y, como llevaba ya tres vasitos, añadió—: ¡Si Mefisto te añora, nos lo llevamos! ¡Llevaremos a dos marranos! Todas las mujeres se van a caer sentadas cuando vean a dos marranos! —y volvió a reírse mucho. — Si no les da vergüenza Mefisto, voy con ustedes —dijo el presidente y subieron todos al camión de Tomás. Tomás se sentó al volante, Teresa a su lado y los dos hombres detrás con la botella de slivovice a medio beber. Hasta que no salieron del pueblo, el presidente no se acordó de que se habían dejado a Mefisto. Le gritó a Tomás que volvieran. — No hace falta, con un marrano basta —le dijo el joven y el presidente quedó conforme. Oscurecía. El camino trepaba por la montaña. Llegaron a la ciudad y detuvieron el camión frente al hotel. Teresa y Tomás no habían estado nunca allí. Bajaron por la escalera al sótano, donde había una barra de bar, una pista de baile y varias mesas. Un señor de unos sesenta años tocaba el piano y una señora de la misma edad tocaba el violín. Interpretaban canciones que habían estado de moda hacía cuarenta años. En la pista bailaban unas cinco parejas. El joven lanzó una mirada a su alrededor y dijo: — No me vale ninguna de éstas —e inmediatamente invitó a bailar a Teresa. El presidente se sentó con Tomás junto a una mesa libre y pidió una botella de vino. — ¡No puedo beber! ¡Soy el que conduce! —recordó Tomás. — Tonterías —dijo el presidente—, nos quedaremos a pasar la noche —y fue inmediatamente a la recepción a reservar dos habitaciones. Después volvió Teresa de la pista con el joven, la sacó a bailar el presidente y por último bailó con Tomás. Mientras bailaban le dijo: — Tomás, todo lo malo que hay en tu vida ha sido por mi culpa. Yo tengo la culpa de que hayas llegado hasta aquí. Tan bajo que ya no es posible ir a ninguna otra parte. Tomás dijo: — ¿Estás loca? ¿De qué bajo hablas? — Si nos hubiéramos quedado en Zurich, estarías operando a tus pacientes. — Y tú estarías haciendo fotos. — Esa es una comparación tonta —dijo Teresa—. Para ti tu trabajo lo era todo, mientras que yo puedo hacer cualquier cosa y me da exactamente lo mismo. Yo no perdí nada. Tú lo perdiste todo. — Teresa —dijo Tomás—, ¿no te has dado cuenta de que aquí soy feliz? — Tu misión era operar —dijo. — Teresa, la misión es una idiotez. No tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión. Era imposible no confiar en la sinceridad de su voz. Recordó la imagen de esa misma tarde: lo vio arreglando el camión y le pareció viejo. Ella había llegado adonde quería llegar: siempre había deseado que fuera viejo. Volvió a acordarse del conejito al que apretaba contra su cara en su habitación infantil. ¿Qué significa convertirse en conejito? Significa perder toda fuerza. Significa que uno ya no es más fuerte que el otro. Daban pasos de baile al sonido del piano y el violín, y Teresa apoyaba la cabeza en su hombro. Así tenía la cabeza cuando iban en el avión que los llevaba a través de la niebla. Sentía ahora la misma extraña felicidad y la misma extraña tristeza que en aquella ocasión. Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza. Volvieron a la mesa. Bailó otras dos veces con el presidente y una vez con el joven, que ya estaba tan cansado que se cayó con ella en la pista. Después subieron todos y fueron a sus habitaciones. Tomás dio vuelta al interruptor y encendió la lámpara. Ella vio dos camas juntas; al lado de

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