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La-Insoportable-Levedad-del-ser

Le habló a Tomás de la

Le habló a Tomás de la enfermedad de la madre y le comunicó que se tomaría una semana de vacaciones para ir a verla. Su voz estaba llena de rebeldía. Como si intuyese que lo que atraía a Teresa hacia la madre era el vértigo, a Tomás le disgustó la idea del viaje. Llamó al hospital de la pequeña ciudad. El sistema de control de los casos de cáncer es muy preciso en Bohemia, de modo que le fue muy fácil comprobar que a la madre de Teresa nunca le habían encontrado nada que fuese sospechoso de cáncer y que, además, durante el último año no había ido nunca al médico. Ella le hizo caso a Tomás y no fue a ver a su madre. Pero ese mismo día se hizo un raspón en la rodilla al caerse en la calle. Su andar se volvió inseguro y casi todos los días se caía en algún sitio, se lastimaba con algo o, por lo menos, dejaba caer algo que tenía en la mano. Había en ella un deseo insuperable de caer. Vivía en un vértigo permanente. Aquel que se cae está diciendo: «¡Levántame!». Tomás la levantaba pacientemente. 19 «Quisiera hacer el amor contigo en mi estudio, como en un escenario. Alrededor habría gente y no podrían acercarse ni un paso. Pero no podrían quitarnos los ojos de encima...» Con el paso del tiempo, aquella imagen iba perdiendo su crueldad inicial y empezaba a excitarla. Varias veces le recordó al oído aquella situación a Tomás mientras hacían el amor. Se le ocurrió que existía una manera de escapar de la condena que veía en las infidelidades de Tomás: ¡que la lleve consigo!, ¡que la lleve cuando vaya a ver a sus amantes! Quizás ésa sea la manera de convertir otra vez a su cuerpo en el primero y el único de todos. El cuerpo de ella se volvería un alter ego de él, su ayudante y su asistente. «Yo te desnudaré, te lavaré en el baño y después te las traeré», le susurraba mientras estaban abrazados. Deseaba que se convirtieran en un ser hermafrodita y que los cuerpos de las demás mujeres fuesen su juguete compartido. 20 Convertirse en el alter ego de su vida poligámica. Tomás no quiere entenderlo, pero ella no podía librarse de aquella imagen y trataba de estrechar relaciones con Sabina. Le propuso hacerle unas fotos. Sabina la invitó a su estudio y ella pudo ver, por fin, aquella amplia habitación en medio de la cual había una cama ancha en forma de cuadrado, como un podio. «Es una vergüenza que no hayas venido nunca a mi casa», le decía Sabina y le enseñaba los cuadros que estaban apoyados contra la pared. Incluso sacó de alguna parte una obra antigua que había hecho cuando aún estaba en la escuela. Representaba una fábrica en construcción. La había pintado en una época en que la escuela exigía el más severo realismo (el arte no realista era considerado entonces como una subversión del socialismo) y Sabina, llevada por el espíritu deportivo de la apuesta, trataba de ser aún más severa que los profesores y pintaba sus cuadros de modo que no se reconociesen las huellas del pincel y pareciesen fotografías en color. «Este cuadro se me estropeó. Me cayó una mancha de pintura roja. Al principio estaba muy disgustada, pero luego aquella mancha empezó a gustarme, porque parecía una grieta. Era como si la obra en construcción no fuese una obra de verdad, sino un decorado teatral cuarteado, sobre el cual la fábrica en construcción no estaba más que dibujada. Empecé a jugar con la grieta, a ampliarla, a inventar lo que se podría ver a través de ella. Así pinté mi primer ciclo de cuadros, a los que llamé tramoyas. Por supuesto que nadie podía verlos. Me hubieran echado de la escuela. Delante había siempre un mundo realista perfecto y detrás, como tras la tela rasgada de un decorado, se veía otra cosa, misteriosa o abstracta.» Hizo una pausa y luego añadió: «Delante había una mentira comprensible y detrás una verdad

incomprensible». Teresa la escuchaba nuevamente con esa increíble concentración que pocos profesores han visto en la cara de un alumno suyo y constataba que, en efecto, todos los cuadros de Sabina, antiguos o actuales, hablan siempre de lo mismo, que son todos el encuentro simultáneo de dos temas, de dos mundos, que son como fotografías producidas por una doble exposición. Un paisaje detrás del cual reluce una lámpara de mesa. Una mano que rasga desde atrás el lienzo sobre el que está pintado un bodegón idílico, con manzanas, nueces y un árbol de navidad iluminado. Sentía admiración por Sabina y, dado que la pintora se comportaba muy amistosamente, aquella admiración no iba acompañada por el miedo ni la desconfianza y se convertía en simpatía. Casi olvidó que había venido a hacerle fotos. La propia Sabina se lo tuvo que recordar. Quitó la vista de los cuadros y volvió a ver la cama que estaba en medio de la habitación como en un escenario. 21 Junto a la cama había una mesa de noche y encima de ella una pieza en forma de cabeza humana. Precisamente como las que emplean los peluqueros para las pelucas. Pero en aquella cabeza no había una peluca, sino un sombrero hongo. Sabina sonrió: «Era el sombrero de mi abuelo». Teresa sólo había visto un sombrero como aquél, negro, duro, redondo, en película. Chaplin llevaba un sombrero de ésos. Sonrió, cogió el sombrero y lo estuvo examinando durante mucho tiempo. Luego dijo: — ¿Quieres que te haga una foto con el sombrero puesto? Sabina se rió de aquella pregunta durante largo rato. Teresa dejó a un lado el sombrero, cogió la cámara y empezó a hacer fotos. Cuando ya llevaban casi una hora, dijo de pronto: — ¿No quieres que te fotografíe desnuda? — ¿Desnuda? —se rió Sabina. — Sí —repitió Teresa valientemente su proposición. — Para eso necesitamos beber algo —dijo Sabina y abrió una botella de vino. Teresa se sentía débil, permanecía callada, mientras Sabina se paseaba por la habitación con un vaso de vino y hablaba de su abuelo que había sido alcalde de un pequeño pueblo; Sabina no le había conocido; lo único que le había quedado de él era ese sombrero y una fotografía en la que hay una tribuna en la cual están de pie, unos al lado de otros, varios dignatarios de pueblo; uno de ellos es el abuelo, no queda nada claro qué hacen en aquella tribuna, a lo mejor participan en alguna celebración, a lo mejor están inaugurando un monumento a otro dignatario que también lleva sombrero hongo en las celebraciones. Sabina estuvo largo rato hablando del sombrero y el abuelo, y cuando terminó el tercer vaso, dijo: «Espera» y se fue al cuarto de baño. Volvió vestida con un albornoz. Teresa cogió la cámara y la apoyó contra la mejilla. Sabina abrió el albornoz ante ella. 22 La cámara le servía a Teresa simultáneamente como ojo mecánico con el cual observaba a la amante de Tomás y como velo con el cual se cubría la cara ante ella. Sabina necesitaba algo de tiempo antes de decidirse a quitarse del todo el albornoz. La situación en la que se hallaba era algo más complicada de lo que había previsto. Cuando llevaban ya varios minutos de fotografías, se acercó a Teresa y le dijo: «Ahora te sacaré fotos yo a ti. Desnúdate». La palabra «desnúdate» la había oído Sabina muchas veces en boca de Tomás y se le había quedado grabada. Era por lo tanto una orden de Tomás que ahora le dirigía la amante de Tomás a la mujer de Tomás. El había unido a las dos mujeres con la misma frase mágica. Era su manera de

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