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La-Insoportable-Levedad-del-ser

transformar

transformar inesperadamente una inocente conversación con mujeres en una situación erótica: no mediante una caricia, un contacto, un elogio o un ruego, sino con una orden que daba de repente, inesperadamente, con voz suave pero con energía y autoridad, y manteniendo la distancia física: en esos momentos nunca tocaba a la mujer. También a Teresa le decía con frecuencia, exactamente en el mismo tono, «¡desnúdate!» y, aunque lo dijera con suavidad, aunque apenas lo susurrase, era una orden y ella se sentía siempre excitada al obedecerla. Ahora oía la misma palabra y el deseo de obedecer era quizás aún mayor, porque obedecer a una persona extraña es particularmente demencial, una demencia que en este caso resultaba aún más hermosa porque la orden no la daba un hombre sino una mujer. Sabina cogió su cámara y Teresa se desnudó. Estaba ante Sabina desnuda y desarmada. Literalmente desarmada, es decir, sin la cámara con la que hasta hacía un momento se cubría la cara y apuntaba a Sabina como con un arma. Estaba entregada a la amante de Tomás. Aquella hermosa entrega la embriagaba. Deseaba que los instantes durante los cuales estaba desnuda ante ella, no acabaran nunca. Creo que Sabina también percibió el particular encanto de la situación; la mujer de su amante estaba ante ella, curiosamente entregada y tímida. Apretó dos o tres veces el disparador y luego, como si aquel encanto le hubiera dado miedo y quisiera alejarlo de sí, se echó a reír sonoramente. Teresa también rió y las dos mujeres se vistieron. 23 Todos los anteriores crímenes del imperio ruso tuvieron lugar bajo la cobertura de una discreta sombra. La deportación de medio millón de lituanos, el asesinato de cientos de miles de polacos, la liquidación de los tártaros de Crimea, todo eso quedó en la memoria sin documentos fotográficos y, por lo tanto, como algo indemostrable, de lo que más tarde o más temprano se afirmará que fue mentira. En cambio, la invasión de Checoslovaquia en 1968 fue fotografiada y filmada por completo y está depositada en los archivos de todo el mundo. Los fotógrafos y los camarógrafos checos se dieron cuenta de que sólo ellos podían hacer lo iónico que todavía podía hacerse: conservar para un futuro lejano la imagen de la violencia. Teresa se pasó siete días enteros en la calle fotografiando a los soldados y oficiales rusos en todas las situaciones que resultaban comprometedoras para ellos. Los rusos no sabían qué hacer. Habían recibido instrucciones precisas acerca de cómo debían comportarse cuando alguien les disparase o les tirase piedras, pero nadie les había dicho qué tenían que hacer cuando alguien les apuntase con el objetivo de una cámara. Sacó un montón de carretes. La mitad de ellos se los regaló sin revelar a periodistas extranjeros (la frontera seguía abierta, los periodistas venían al menos por unos días y agradecían cualquier documento que pudieran conseguir). Muchas de aquellas fotos aparecieron en los más diversos periódicos extranjeros: había tanques, puños amenazantes, casas semiderruidas, muertos cubiertos con la ensangrentada bandera roja, blanca y azul, jóvenes que iban en moto a una enloquecida velocidad alrededor de los tanques y agitaban banderas nacionales con largos mástiles, jovencitas con faldas increíblemente cortas que provocaban a los pobres soldados rusos, sexualmente hambrientos, besándose ante sus ojos con viandantes desconocidos. He dicho ya que la invasión rusa no fue sólo una tragedia sino también una fiesta del odio, llena de una extraña (y ya inexplicable) euforia. 24 Teresa se llevó a Suiza unas cincuenta fotografías que reveló ella misma cuidadosamente con todo su arte. Fue a ofrecerlas a un gran semanario. El redactor la recibió con amabilidad (todos los checos llevaban aún alrededor de la cabeza la aureola de su desgracia, que enternecía a los buenos suizos), la invitó a sentarse en un sillón, miró las fotos, las elogió y le explicó que ahora, cuando ya había transcurrido cierto tiempo desde los acontecimientos, no había («¡a pesar de que son muy

hermosas!») posibilidad alguna de publicarlas. «¡Pero en Praga nada ha terminado!», protestó e intentó explicarle en mal alemán que ahora, precisamente cuando el país está ocupado, se crean en las fábricas, pese a todo, consejos de autogestión, que los estudiantes están en huelga en protesta por la ocupación y que todo el país sigue viviendo a su modo. ¡Eso es lo que resulta increíble! ¡Y ya no le interesa a nadie! El redactor se puso contento al ver entrar en la habitación a una mujer enérgica, que interrumpió su conversación. La mujer le entregó una carpeta y le dijo: — Aquí está el reportaje de la playa nudista. El redactor era una persona fina y temía que la checa que había fotografiado los tanques considerase que retratar a gente desnuda en la playa era una frivolidad. Por eso colocó la carpeta muy lejos, al borde de la mesa y le dijo en seguida a la mujer que acababa de llegar: — Te presento a una compañera tuya de Praga. Me ha traído unas fotos preciosas. La mujer le dio la mano a Teresa y cogió sus fotos. — Échele mientras tanto una mirada a las mías —dijo. Teresa estiró el brazo hasta la carpeta y sacó las fotos. El redactor le dijo a Teresa con voz casi de disculpa: — Esto es exactamente lo contrario de lo que ha fotografiado usted. Teresa dijo: — Qué va. Si es lo mismo. Nadie entendió aquella frase y a mí mismo me causa cierta dificultad explicar lo que quería decir Teresa al comparar a una playa nudista con la invasión rusa. Estuvo observando las fotografías y se fijó durante largo rato en una en la que aparecían los cuatro miembros de una familia: la madre desnuda, inclinada hacia los hijos, de modo que le colgaban unas grandes tetas, como le cuelgan a las cabras o a las vacas; detrás, el padre igualmente inclinado, cuyo paquete parecía también una especie de ubre en miniatura. — ¿No le gusta? —preguntó el redactor. — Está estupendamente hecha. — Más bien parece que es el tema lo que le choca —dijo la fotógrafa—. Se le nota en seguida que usted no es de las que van a una playa nudista. — No —dijo Teresa. El redactor sonrió: — Al fin y al cabo, se nota de dónde viene. Los países comunistas son terriblemente puritanos. La fotógrafa dijo con maternal amabilidad: — ¡No hay nada de particular en los cuerpos desnudos! ¡Son normales! ¡Todo lo que es normal, es bello! Teresa recordó a su madre cuando andaba desnuda por la casa. Oía en su interior una risa que sonaba en algún lugar a sus espaldas, mientras corría a cerrar las cortinas para que nadie viese a la madre desnuda. 25 La fotógrafa invitó a Teresa a tomar un café. — Las fotos que ha hecho son muy interesantes. He notado que tiene un enorme sentido del cuerpo femenino. ¡Ya sabe a lo que me refiero! ¡Esas jóvenes en posturas provocativas! — ¿Las que se besan frente a los tanques rusos? —Sí. Sería usted una estupenda fotógrafa de moda. Claro que para eso necesitaría ponerse en contacto con alguna modelo. Lo mejor es que sea alguien que esté empezando, como usted. Luego podría hacer una serie de fotos de muestra para alguna firma. Claro que le haría falta algo de tiempo antes de salir adelante. Mientras tanto, sólo hay una cosa que podría hacer por usted. Presentarle al redactor que lleva la sección de jardinería. Es posible que allí necesiten fotos de cactus, rosas y cosas de ésas. —Muchas gracias —dijo Teresa sinceramente, porque notaba que la mujer que estaba frente a ella tenía buena voluntad. Pero luego se dijo: ¿por qué iba a tener que hacer fotos de cactus? Y le repugnó la idea de tener

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