Views
4 months ago

La-Insoportable-Levedad-del-ser

amistad que Mari-Claude

amistad que Mari-Claude sentía por la pintora, pero era sin embargo una frase que no cuadraba con la forma en que Marie-Claude hablaba con los demás. — Lo he hecho yo misma —dijo Sabina. — Es feo, de verdad —repitió Marie-Claude en voz muy alta—: No deberías llevarlo. Franz sabía que a su mujer no le importaba nada que el colgante fuese feo o no. Feo era aquello que ella quería ver feo, hermoso era lo que quería ver hermoso. Los adornos de sus amigos eran hermosos a priori. Pero aunque, pese a todo, los encontrase feos, se lo callaría, porque hacía tiempo que el halago se había convertido en su segunda personalidad. Entonces ¿por qué había decidido que el colgante que Sabina se había hecho iba a ser feo? Franz lo tiene completamente claro: Marie-Claude dijo que el colgante de Sabina era feo porque se lo podía permitir. Para ser más preciso: Marie-Claude dijo que el colgante de Sabina era feo para que quedase claro que se podía permitir decirle a Sabina que su colgante era feo. La exposición de Sabina, hace un año, no tuvo gran éxito y a Marie-Claude no le interesaba demasiado ganarse el favor de Sabina. Por el contrario, Sabina tenía motivos para desear ganarse el favor de Marie-Claude. Sin embargo, su actitud no daba esa impresión. Sí, Franz lo tenía completamente claro: Marie-Claude había aprovechado la oportunidad para poner de manifiesto ante Sabina (y los demás) cuál era la verdadera relación de fuerzas. 7 Pequeño diccionario de palabras incomprendidas (terminación) IGLESIA ANTIGUA EN AMSTERDAM: de un lado están las casas y en las grandes ventanas de los pisos bajos, que parecen escaparates de comercios, están las pequeñas habitaciones de las putas, quienes, en ropa interior, están sentadas justo al lado de los cristales, en sillones con almohadones. Parecen grandes gatas aburridas. La parte de enfrente de la calle está formada por una enorme iglesia gótica del siglo catorce. Entre el mundo de las putas y el mundo de Dios, como un río entre dos reinos, se extiende un intenso olor a orina. Lo único que ha quedado del antiguo estilo gótico adentro de la catedral son las altas paredes desnudas, las columnas, la bóveda y las ventanas. En las paredes no hay ni un solo cuadro, ni una sola escultura. La iglesia está vacía como un gimnasio. Lo único que hay en el medio son filas de sillas formando un gran cuadrado que rodea un ínfimo estrado con una mesa para el predicador. Detrás de las sillas hay unas cabinas de madera, son los palcos para las familias de ricos burgueses. Las sillas y los palcos están puestos sin la más mínima consideración para con la forma de las paredes y la situación de las columnas, como si quisieran expresarle a la arquitectura gótica su indiferencia y desprecio. La fe calvinista convirtió hace ya siglos la iglesia en un simple Cobertizo que no tiene otra función que la de proteger la Oración de los creyentes de la lluvia y la nieve. Franz estaba fascinado: por esta enorme sala había pasado la Gran Marcha de la historia. Sabina se acordó de cuando, tras el golpe de Estado de los comunistas, todos los palacios de Bohemia fueron nacionalizados y convertidos en escuelas de formación profesional, en asilos de ancianos, pero también en establos. Visitó uno de esos establos: en las paredes estuca das estaban empotrados los soportes de las argollas de hierro a las que estaban atadas las vacas que miraban como en sueños por las ventanas al parque del palacio por el que corrían las gallinas. Franz dijo: — Este vacío me fascina. La gente acumula altares, estatuas, cuadros, sillas, sillones, alfombras, libros y después viene ese momento de alivio feliz en el que lo sacuden todo como migas de una mesa. ¿Te imaginas cómo sería esa escoba de Hércules que barrió esta iglesia? Sabina señaló uno de los palcos de madera: — Los pobres tenían que estar de pie y los ricos tenían palcos. Pero había algo que unía al banquero y al pobre: el odio a la belleza.

— ¿Qué es la belleza? —dijo Franz y ante sus ojos apareció la inauguración de la exposición en la que tuvo que participar recientemente en compañía de su mujer. La infinita vanidad de los discursos y las palabras, la vanidad de la cultura, la vanidad del arte. Cuando ella trabajaba como estudiante en la Obra de la Juventud y tenía el alma envenenada por las alegres marchas que sonaban sin interrupción por los altavoces, cogió un domingo la motocicleta y se dirigió hacia las lejanas montañas. Se detuvo en un pueblecito perdido en medio de los montes. Apoyó la motocicleta en la pared de la iglesia y entró. Estaban oficiando la misa. En aquella época la religión estaba perseguida por el régimen y la mayor parte de la gente se mantenía alejada de la iglesia. Los únicos que estaban sentados en los bancos eran los viejos y las viejas, porque ésos no le temían al régimen. Sólo le temían a la muerte. El sacerdote pronunciaba con voz cantarina una frase y la gente la repetía a coro. Eran letanías. Las palabras, siempre iguales, volvían como un peregrino que no puede despegar los ojos del paisaje o como un hombre que no es capaz de despedirse de la vida. Ella estaba sentada en el último banco, a ratos cerraba los ojos, sólo para oír la música de aquellas palabras y luego los volvía a abrir: veía arriba la cúpula pintada de azul y sobre el azul unas grandes estrellas doradas. Estaba como encantada. Lo que repentinamente había encontrado en aquella iglesia no era a Dios, sino a la belleza. Sabía perfectamente que aquella iglesia y aquellas letanías no eran bellas en sí mismas, sino precisamente en relación con la Obra de la Juventud, en la que pasaba sus días en medio del ruido de las canciones. La misa era bella porque se le había aparecido, repentina y secretamente, como un mundo traicionado. Desde entonces sabía que la belleza es un mundo traicionado. Sólo podemos encontrarla cuando sus perseguidores la han dejado olvidada por error en algún sitio. La belleza está oculta tras los bastidores de la manifestación del primero de mayo. Si la queremos encontrar, tenemos que rasgar el lienzo del decorado. —Esta es la primera vez que me fascina una iglesia—, dijo Franz. Lo que despertaba su entusiasmo no era ni el protestantismo ni el ascetismo. Era otra cosa, algo muy personal, de lo que no se atrevía a hablar delante de Sabina. Le parecía oír una voz que lo exhortaba a coger la escoba de Hércules y barrer de su vida las inauguraciones de Marie-Claude, los cantantes de Marie-Anne, los congresos y los simposios, los discursos vanos, las palabras vanas. El gran espacio vacío de la iglesia de Ámsterdam aparecía ante él como la imagen de su propia liberación. FUERZA: en la cama de uno de los muchos hoteles en los que hacían el amor, Sabina jugaba con los brazos de Franz: — Es increíble —dijo— que tengas esos músculos. Franz se alegró por el elogio. Se levantó de la cama, cogió una pesada silla de roble por la parte de abajo de la pata, junto al suelo, y la levantó lentamente. — No tienes que tener miedo de nada —dijo—, yo podría defenderte en cualquier situación. Antes participaba en competiciones de judo. Consiguió levantar el brazo con la pesada silla por en cima de la cabeza y Sabina dijo: —Es agradable ver lo fuerte que eres. Pero para sus adentros añadió lo siguiente: Franz es fuerte, pero su fuerza se dirige sólo hacia fuera. Con respecto a las personas con las que vive, a las que quiere, es débil. La debilidad de Franz se llama bondad. Franz nunca podría darle órdenes a Sabina. No le mandaría, como en tiempos hizo Tomás, que coloque un espejo en el suelo y ande encima de él desnuda. No es que le falte sensualidad, pero le falta fuerza para mandar. Hay cosas que sólo pueden hacerse con violencia. El amor físico es impensable sin violencia. Sabina miraba a Franz que caminaba por la habitación con la silla levantada, aquello le parecía grotesco y la llenaba de una extraña tristeza. Franz dejó la silla en el suelo y se sentó en ella mirando a Sabina. — No es que no me agrade ser fuerte —dijo—, pero ¿para qué necesito estos músculos en Ginebra? Los llevo como un adorno. Como unas plumas de pavo real. En la vida me he peleado con nadie. Sabina continuó con su meditación melancólica: ¿Y si tuviera un hombre que le diera órdenes?

“SER MADRE, SER PADRE EN LA DIVERSIDAD” - Cuenta Conmigo
Cuando se esta en medio de la adversidad, ya es tarde para ser ...
Sobre-la-Campaña-Por-Ser-Niña
portafolio de ser... - Animales AVANZAVET
PLAN_por-ser-ninas_BAJISIMA2
Por si las moscas... - RazonEs de SER
Pensemos que cosas podrían ser grandes
Todas las prestaciones posibles, más una: ser ISEO.
Por los padres que han sido capaces de ser lo ... - Cap-C
INNOVACIÓN PARA SER LOS PRIMEROS ... - Blair Rubber
Deporte Lo importante: ser más - Alfa y Omega
( PD), será la última en ser ejecutada antes de que entre en modo ...
Ser comerciante… Comerciante… - Fenalco Antioquia
EL SER SACERDOTAL: - Universidad Pontificia Comillas
Por ser mujer
La recepta per ser eterns - FCB Junior
Ser como Dinamarca? - Biblioteca Hegoa - Euskal Herriko ...
Ritmos circadianos en los procesos atencionales del ser humano ...