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La-Insoportable-Levedad-del-ser

contra el tronco y miró

contra el tronco y miró hacia arriba: veía el verde iluminado por el sol y a lo lejos oía el sonido de la ciudad, ligero y dulce, como si en ella sonaran miles de violines. El hombre levantó el fusil. Teresa sintió que su coraje se agotaba. Su debilidad la desesperaba, pero era incapaz de controlarla. Dijo: — Es que no es mi voluntad. El bajó inmediatamente el cañón del fusil y dijo muy suavemente: — Si no es su voluntad, no podemos hacerlo. No tenemos derecho. Y su voz era amable, como si le pidiera disculpas a Teresa por no poder fusilarla si ella misma no lo deseaba. Aquella amabilidad le destrozaba el corazón y ella se volvió de cara al tronco del árbol y se echó a llorar. 14 Todo su cuerpo se estremecía de dolor y ella se abrazaba al árbol como si no fuese un árbol sino su padre, al que había perdido, su abuelo, a quien no conoció, su bisabuelo, su tatarabuelo, algún hombre tremendamente viejo, llegado desde las más distantes profundidades del tiempo para ofrecerle su cara en forma de rugosa corteza de árbol. Se giró. Los tres hombres ya estaban lejos, caminaban por el césped como jugadores de golf y el fusil que llevaba uno de ellos parecía, en efecto, un palo de golf. Bajó por las veredas de Petrin y en su alma quedaba la nostalgia por aquel hombre que debía haberla fusilado y no la había fusilado. Deseaba que estuviera allí. ¡Alguien tiene por fin que ayudarla! Tomás no va a ayudarla. Tomás la envía a la muerte. ¡Tiene que ser otro quien la ayude! Cuanto más se aproximaba a la ciudad, más nostalgia sentía de aquel hombre y más miedo tenía de Tomás. No le perdonará el que no hiciera lo que había prometido. No le perdonará el no haber sido valiente y el haberlo traicionado. Estaba ya en la calle en la que vivían y sabía que dentro de poco le vería. Le dio tanto miedo que sentía la angustia en el estómago y tenía ganas de devolver. 15 El ingeniero la invitaba a que fuera a visitarle a su casa. Ya se había negado dos veces. Esta vez aceptó. Almorzó como siempre de pie en la cocina y se marchó. Aún no eran las dos. Se aproximaba a la casa y sentía que sus piernas, sin atender a su voluntad, aflojaban ellas mismas el paso. Pero después pensó que en realidad había sido Tomás quien la había enviado a su casa. Era precisamente él quien le explicaba siempre que el amor y la sexualidad no tenían nada que ver, y ahora ella va a comprobar y a confirmar sus palabras. Le parece oír su voz: «Te comprendo. Sé lo que quieres. Lo he preparado todo. Llegarás hasta arriba y lo entenderás todo» Sí, no hace otra cosa que cumplir las órdenes de Tomás. Sólo quiere quedarse un momento en casa del ingeniero; sólo para tomar una taza de café; sólo para saber lo que es llegar hasta el límite mismo de la infidelidad. Quiere empujar su cuerpo hasta ese límite, dejarlo ahí un momento como en la picota y después, cuando el ingeniero quiera abrazarlo, le dirá, como le dijo al hombre del fusil en Petrin: «Es que no es por mi voluntad». Y el hombre bajará el cañón del fusil y le dirá con voz amable: «Si no es su voluntad, entonces no puede pasarle nada. No tengo derecho». Y ella se volverá hacia el tronco del árbol y se echará a llorar.

16 Era un edificio suburbano construido a comienzos de siglo en el barrio obrero de Praga. Penetró en un pasillo de paredes sucias pintadas con cal. Unas desgastadas escaleras de piedra con la barandilla de hierro la condujeron hasta el primer piso. Allí dobló a la izquierda. Era la segunda puerta, sin nombre ni timbre. Llamó con los nudillos. Le abrió. El piso se componía de una única habitación, dividida a unos dos metros de la puerta por una cortina, que creaba así una especie de sucedáneo de antesala, en la que había una mesa con un infiernillo y una nevera. Al atravesar la cortina se encontró frente al rectángulo vertical de una ventana, al final de una habitación estrecha y alargada; a un costado había una librería, al otro una cama y un sillón. — Es un piso muy modesto —dijo el ingeniero-, espero que no le haya sorprendido. — No, no me sorprende —dijo Teresa mirando la pared completamente cubierta de estantes y libros. Este hombre no tiene una mesa apropiada, pero tiene cientos de libros. Esto le resultaba simpático a Teresa y la angustia con la que había llegado se suavizó un poco. Desde la infancia considera los libros como contraseña de una hermandad secreta. Un hombre que tiene en casa esta biblioteca, no puede hacerle daño. Le preguntó qué podía ofrecerle, ¿vino? No, no, no quiere vino. En todo caso, café. El atravesó la cortina y ella se acercó a la librería. Le llamó la atención uno de los libros. Era una traducción de Edipo de Sófocles. ¡Es curioso que este libro esté aquí! Hace muchos años, Tomás se lo dio a Teresa para que lo leyera y le habló mucho de él. Después publicó sus opiniones en un periódico y por culpa de aquel artículo toda su vida quedó patas arriba. Observó el lomo de aquel libro y al mirarlo se tranquilizó. Era como si Tomás hubiera dejado a propósito una huella, un recado diciendo que todo lo había organizado él. Sacó el libro y lo abrió. Cuando el ingeniero vuelva de la antesala, le preguntará por qué tiene ese libro y si lo ha leído y qué opina de él. De ese modo, mediante una estratagema, la conversación se desplazará del peligroso territorio de un piso ajeno al mundo familiar de las ideas de Tomás. Entonces sintió una mano en el hombro. El ingeniero le quitó el libro de las manos, volvió a colocarlo en la estantería sin decir palabra y la llevó hacia la cama. Volvió a acordarse de la frase que le había dicho al verdugo de Petrin. Ahora la dijo en voz alta: «¡Es que no es por mi voluntad! ». Creía que era una fórmula mágica que modificaría instantáneamente la situación, pero en esa habitación las palabras habían perdido su poder mágico. Incluso me parece que aquello lo incitó a actuar con mayor decisión: la atrajo hacia sí y le puso una mano sobre el pecho. Cosa curiosa: aquel contacto la liberó inmediatamente de la angustia. El ingeniero, al tocarla, le señaló su cuerpo y ella se dio cuenta de que no se trataba para nada de ella (de su alma) sino única y exclusivamente de su cuerpo. De un cuerpo que la había traicionado y al que ella había mandado a recorrer el mundo junto con los demás cuerpos. 17 Le desabrochó un botón de la blusa y le dio a entender que ella misma se desabrochara los demás. Pero no respondió a aquella indicación. Había mandado su cuerpo a recorrer el mundo, pero no estaba dispuesta a respondió a aquella indicación. Había mandado su cuerpo a recorrer el mundo, pero no estaba dispuesta a asumir responsabilidad alguna en su nombre. No se resistía, pero tampoco le ayudaba. El alma pretendía así poner en evidencia que no estaba de acuerdo con lo que sucedía, pero que había decidido mantenerse neutral. Él la desnudaba y ella permanecía mientras tanto casi inmóvil. Cuando la besó, los labios de ella no respondieron al contacto de los suyos. Pero entonces sintió de pronto que su sexo estaba

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