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La-Insoportable-Levedad-del-ser

Vuelve a su mente la

Vuelve a su mente la siguiente escena: Salió del retrete y su cuerpo estaba en la antesala desnudo y rechazado. El alma temblaba, asustada, en algún lugar en la profundidad de las entrañas. Si en aquel momento el hombre que estaba en la habitación le hubiera hablado a su alma, se hubiera echado a llorar, hubiera caído en sus brazos. Se imaginó que en su lugar hubiese estado en la antesala junto al retrete alguna de las amantes de Tomás y que en lugar del ingeniero hubiese estado dentro Tomás. Le habría dicho a la chica una sola palabra y ella lo hubiera abrazado llorando. Teresa sabe que así es el momento en que nace el amor: la mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz. Tomás no está protegido ante los peligros del amor y Teresa ha de temer por él a cada hora y a cada minuto. ¿Cuál es su arma? Únicamente su fidelidad. Se la ofreció desde el comienzo, desde el primer día, como si supiera que no tenía otra cosa que darle. El amor que hay entre ellos es de una arquitectura extrañamente asimétrica: descansa sobre la seguridad absoluta de su fidelidad como un palacio mastodóntico sobre una sola columna. La corneja ya no movía las alas, sólo a veces le temblaba la patita herida, quebrada. Teresa no quería separarse de ella, como si velase junto al lecho de una hermana suya moribunda. Al fin fue a la cocina a almorzar rápidamente algo. Cuando volvió, la corneja había muerto. 22 Durante el primer año Teresa gritaba cuando hacían el amor y aquellos gritos, como ya he dicho, pretendían cegar y ensordecer los sentidos. Más tarde, ya gritaba menos, pero su alma seguía ciega de amor y no veía nada. Sólo cuando se acostó con el ingeniero, la ausencia de amor permitió que su alma viese con claridad. Había ido otra vez a la sauna y estaba ante el espejo. Se miraba y veía la escena amorosa en el piso del ingeniero. Lo que de ella recordaba no era al amante. Francamente, no sería capaz de describirlo, posiblemente no se había fijado en su aspecto cuando estaba desnudo. De lo que se acordaba (y lo que ahora, excitada, veía en el espejo) era su propio cuerpo; su pubis y la mancha redonda situada inmediatamente encima de él. Aquella mancha que hasta entonces había sido para ella un simple y prosaico defecto de la piel, se le había grabado en la mente. Deseaba volver a verla una y otra vez en aquella increíble proximidad del miembro de un extraño. Es necesario que lo subraye una vez más: lo que deseaba no era ver el sexo de un extraño. Quería ver su pubis en compañía de un miembro extraño. No deseaba el cuerpo de un amante. Deseaba a su propio cuerpo, repentinamente descubierto, el más próximo y el más extraño y el más excitante. Observaba su cuerpo lleno de pequeñas gotas que le habían quedado de la ducha y pensaba que el ingeniero volvería a pasar por el bar dentro de poco. ¡Deseaba que viniera, que la invitara a su casa! ¡Lo deseaba enormemente! 23 Todos los días tenía miedo de que el ingeniero apareciese por el bar y de no ser capaz de decirle «no». Con el paso de los días el temor a que viniera fue reemplazado por el miedo a que no viniera. Pasó un mes y el ingeniero no apareció. A Teresa aquello le parecía inexplicable. El deseo frustrado pasó a segundo plano y fue reemplazado por la intranquilidad: ¿por qué no vino? Atendía a los clientes. Estaba entre ellos el calvo que una vez se había metido con ella diciéndole que servía alcohol a menores. Estaba contando en voz alta un cuento verde, el mismo que había oído ya cien veces a los borrachos a los que servía cerveza, tiempo atrás, en la pequeña ciudad.

Una vez más le parecía que el mundo de la madre volvía a ella y por eso interrumpió al calvo con muy malos modos. El hombre se ofendió: — Usted no me va a decir a mí lo que tengo que hacer. Puede estar muy contenta de que nosotros la dejemos seguir aquí detrás de esta barra. — Nosotros ¿quiénes? ¿Quiénes son nosotros? — Nosotros —dijo el hombre y pidió otra vodka—. Y recuerde que no le voy a permitir que me ofenda —después señaló el cuello de Teresa, que llevaba un collar de perlas baratas—: ¿De dónde sacó esas perlas? ¡Seguro que no se las dio su marido que limpia escaparates! ¡Ese no tiene dinero para comprarle regalos! Se lo dan los clientes, ¿eh? Y a cambio ¿de qué? — ¡Calle la boca inmediatamente! —le gritó Teresa. El hombre intentó coger con sus dedos el collar: — ¡No olvide que en nuestro país está prohibida la prostitución! Karenin se levantó, se apoyó con las patas delanteras en la barra y gruñó. 24 El embajador dijo: — Es de la social. — Si es de la social, debería comportarse con discreción —arguyó Teresa—. ¡Qué clase de policía secreta es ésta si ya no es ni secreta! El embajador se acomodó en su canapé, con las piernas debajo del cuerpo, tal como se lo habían enseñado en los cursos de yoga. Encima de él sonreía Kennedy en el marquito y les daba a sus palabras un tono de particular consagración. — Señora Teresa —dijo paternalmente—, los sociales cumplen varias funciones. La primera es la clásica. Oyen lo que la gente dice e informan de ello a sus superiores. La segunda función es la de intimidar. Nos hacen ver que nos tienen en su poder y pretenden que tengamos miedo. Eso es lo que perseguía el calvo en cuestión. La tercera función consiste en organizar montajes que puedan comprometernos. Hoy ya no tiene sentido acusarnos de conspirar contra el Estado, porque lo único que lograrían es que la gente simpatizara aún más con nosotros. Es más probable que intenten encontrar hashish en nuestro bolsillo o que procuren demostrar que hemos violado a una niña de doce años. Siempre se encuentra a alguna niña dispuesta a atestiguarlo. Volvió a acordarse del ingeniero. ¿Cómo es posible que no haya vuelto nunca? El embajador continuaba: — Necesitan hacer caer a la gente en la trampa para captarla para su servicio y con su ayuda preparar trampas para más gente y convertir así poco a poco a toda la nación en una sola organización de confidentes. En lo único en que pensaba Teresa era en que el ingeniero había sido enviado por la policía. ¿Quién era aquel chico tan extraño que se había emborrachado en el bar de enfrente y le había declarado su amor? El calvo de la social se metió con ella por su culpa y el ingeniero la defendió. Los tres jugaban su papel en una escenografía preparada de antemano, cuyo objetivo era despertar en ella simpatía hacia el hombre que tenía la misión de seducirla. ¿Cómo es posible que no se le hubiera ocurrido? ¡Era un piso raro, que nada tenía que ver con aquel hombre! ¿Por qué iba a vivir un ingeniero tan bien vestido en un piso tan mísero? ¿Sería ingeniero? Y si era ingeniero, ¿cómo es que no tenía que trabajar a las dos de la tarde? ¿Y cómo es que un ingeniero leía a Sófocles? ¡No, aquélla no era la librería de un ingeniero! Aquélla parecía más bien la habitación de un intelectual pobre detenido. Cuando ella tenía diez años y detuvieron a su padre, también le incautaron el piso y toda su biblioteca. Quién sabe para qué habrán utilizado después el piso. Ahora ya sabe por qué nunca volvió. Había cumplido ya su misión. ¿Cuál? El social, cuando estaba borracho, le confesó sin querer: «¡La prostitución está prohibida en nuestro país, no lo olvide!». ¡Aquel supuesto ingeniero atestiguaría que ella se ha acostado con él y que le pidió dinero a cambio! La amenazarán con montar un escándalo y le harán chantaje para que denuncie a la gente que se

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