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La-Insoportable-Levedad-del-ser

emborracha en su bar.

emborracha en su bar. — Esa historia no encierra ningún peligro —la tranquilizaba el embajador. — Espero que no —dijo ella con voz ahogada y salió con Karenin a las calles de la Praga nocturna. 25 La gente, en su mayoría, huye de sus penas hacia el futuro. Se imaginan, en el correr del tiempo, una línea más allá de la cual sus penas actuales dejarán de existir. Pero Teresa no ve ante sí rayas como ésas. Lo único que puede consolarla es mirar hacia atrás. Otra vez era domingo. Cogieron el coche y se fueron lejos de Praga. Tomás estaba sentado al volante, Teresa a su lado y Karenin se acercaba a ellos de vez en cuando desde el asiento trasero y les lamía las orejas. Al cabo de dos horas llegaron a un balneario donde habían pasado unos días hacía seis años. Querían pasar la noche allí. Pararon el coche en la plaza y bajaron. No había cambiado nada. Frente a ellos estaba el hotel en el que habían vivido tiempo atrás y delante de él un antiguo tilo. A la izquierda del hotel arrancaba un antiguo paseo, construido en madera, al final del cual brotaba de una fuente de mármol el manantial sobre el que hoy, tal como entonces, se inclinaba la gente con sus vasos en la mano. Tomás señaló de nuevo el hotel. Algo había cambiado. Antes se llamaba Grand y ahora llevaba un cartel que decía Baikal. Se fijaron en la placa que había en la esquina del edificio: Plaza de Moscú. Y recorrieron después (Karenin los seguía sin correa) todas las calles que conocían, mirando sus nombres: había una calle de Stalingrado, una de Leningrado, otra de Rostov, la de Novosibirsk, la de Kiev, la de Odesa, había un sanatorio Chaikovski, un sanatorio Tolstoi, un sanatorio Rimski-Korsakov, un hotel Suvorov, un cine Gorki y un café Pushkin. Todas las denominaciones estaban sacadas de la geografía y la historia rusas. Teresa recordó los primeros días de la invasión. La gente quitaba en todas las ciudades las placas con los nombres de las calles y eliminaba en las carreteras los indicadores en los que figuraban los nombres de las ciudades. El país se volvió anónimo en una sola noche. Siete días deambuló el ejército ruso por el territorio sin saber dónde estaba. Los oficiales buscaban los edificios de los periódicos, de la televisión, de la radio, querían ocuparlos pero no podían encontrarlos. Le preguntaban a la gente, pero la gente se encogía de hombros o les daba nombres falsos y direcciones falsas. Al cabo de los años, de pronto, parece que aquel anonimato fue peligroso para el país. Las calles y los edificios ya no podían recuperar sus nombres originales. Y así, de pronto, un balneario checo se convirtió en una especie de pequeña Rusia imaginaria y Teresa se encontró con que el pasado que había venido a buscar le había sido confiscado. Ya no les apetecía pasar la noche allí. 26 Regresaron al coche en silencio. Ella reflexionaba: Todas las cosas y las personas aparecen disfrazadas. Una vieja ciudad checa se cubrió de nombres rusos. Los checos que fotografiaban la ocupación trabajaban en realidad para la policía secreta. El hombre que la había enviado a la muerte llevaba la máscara de Tomás. El policía aparecía como ingeniero y el ingeniero quería jugar el papel del hombre de Petrin. La señal del libro en su piso era falsa y su función era conducirla por el camino equivocado. Ahora que se acordaba del libro que había cogido, se dio de pronto cuenta de algo y se sonrojó: ¿Cómo era aquello? El ingeniero dijo que iba a traer café. Ella se acercó a la librería y sacó el Edipo de Sófocles. Después el ingeniero regresó. ¡Pero sin café! Volvía a recordar aquella situación una y otra vez: ¿Cuánto tiempo había estado fuera cuando fue a buscar café? Al menos un minuto, probablemente dos, quizá tres. ¿Pero qué había estado haciendo durante tanto tiempo en aquella antesala de miniatura? ¿Habría ido al water? Teresa trata de

ecordar si había oído cerrarse la puerta o correr el agua. No, seguro que no oyó el agua, si no lo recordaría. Y está casi segura de que la puerta no hizo ruido alguno. Entonces, ¿qué hizo en aquella antesala? De pronto todo le parecía claro, demasiado claro. Si quieren cogerla en la trampa, no les basta el simple testimonio del ingeniero. Necesitan una prueba que sea irrefutable. Durante aquel período sospechosamente prolongado, el ingeniero instaló una cámara en la antesala. O, lo que es más probable, le abrió la puerta a alguien pro visto de una cámara fotográfica y que les hizo fotos oculto tras la cortina. No hace más de un par de semanas aún se reía de Prochazka por no saber que vivía en un campo de concentración, en el que no existe vida privada. ¿Y ella? Cuando abandonó la casa de la madre, pensó, qué ingenua, que se había convertido de una vez para siempre en dueña de su intimidad. Pero el hogar de la madre se extiende por todo el mundo y alarga sus manos hacia ella. Teresa nunca podrá escapar de él. Bajaban por las escaleras atravesando los jardines hacia la plaza en la que habían dejado el coche. — ¿Qué te pasa? —le preguntó Tomás. Antes de que tuviera tiempo de responderle alguien saludó a Tomás. 27 Era un hombre de unos cincuenta años, un campesino al que Tomás había operado en una ocasión. Desde entonces lo mandaban todos los años a curarse a ese balneario. Invitó a Tomás y a Teresa a tomar una copa de vino. Dado que en Bohemia los perros tienen prohibida la entrada en los sitios públicos, Teresa fue a llevar a Karenin al coche y los hombres se sentaron mientras tanto en la cafetería. Cuando regresó, el campesino estaba diciendo: — En nuestro pueblo la situación está tranquila. Hasta me eligieron hace dos años presidente de la cooperativa. — Le felicito —dijo Tomás. — Ya sabe usted, el campo. La gente quiere irse. Los de arriba tienen que conformarse con que haya alguien, al menos alguien, que quiera quedarse. A nosotros no nos pueden echar del trabajo. — Sería un sitio ideal para nosotros —dijo Teresa. — Se aburriría usted, joven. Allí no hay nada. No hay absolutamente nada. Teresa miraba la cara curtida del agricultor. Le resultaba muy simpático. ¡Después de tanto tiempo, por fin alguien volvía a serle simpático! Tenía ante los ojos la imagen del campo: un pueblecito con la torre de la capilla, las tierras, los bosques, el conejo que corre junto a un surco, el cazador con el sombrero verde. Nunca había vivido en el campo. Aquella imagen era de oídas. O de lecturas. O se la habían impreso en la conciencia sus antepasados lejanos. Y sin embargo la imagen era clara y precisa, como una fotografía de la tatarabuela en el álbum familiar o como un grabado antiguo. — ¿Aún siente algún dolor? —preguntó Tomás. El agricultor indicó un lugar detrás del cuello, allí donde el cráneo se une a la columna: — A veces me duele aquí. Sin levantarse de la silla, Tomás le palpó el lugar señalado y estuvo un rato haciéndole pregunt as. Después le dijo: — Yo ya no tengo derecho a recetar. Pero cuando llegue a casa, dígale a su médico que habló conmigo y que le recomendé esto. Sacó del bolsillo de la chaqueta un bloc y arrancó un papel. Con letras de imprenta escribió el nombre del medicamento.

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