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La-Insoportable-Levedad-del-ser

28 Volvieron a Praga.

28 Volvieron a Praga. Teresa pensaba en la fotografía en la que su cuerpo desnudo es abrazado por el ingeniero. Se consolaba: Aunque existiese tal fotografía, Tomás no la verá nunca. El único valor que tiene para ellos esa foto es que, gracias a ella, van a poder extorsionar a Teresa. En cuanto se la enviasen a Tomás, la foto perdería para ellos todo su valor. ¿Pero qué sucederá si la policía llega a la conclusión de que Teresa no tiene para ellos ningún interés? En ese caso la foto puede convertirse para ellos en un simple objeto de entretenimiento y nadie podrá impedir que alguien, quizá sólo para divertirse, la meta en un sobre y la envíe a la dirección de Tomás. ¿Qué pasaría si Tomás recibiese semejante fotografía? ¿La echaría de su lado? Es posible que no. Probablemente no. Pero la frágil construcción de su amor se derrumbaría por completo. Porque esa construcción tiene por única columna su fidelidad y los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también. Tenía ante los ojos una imagen: el conejo corriendo por el surco, el cazador con el sombrero verde y la torre de la capilla por encima del bosque. Deseaba decirle a Tomás que debían irse de Praga. Dejar a los niños que entierran vivas a las cornejas, dejar a los sociales, dejar a las jóvenes armadas con paraguas. Deseaba decirle que debían irse al campo. Que aquél era el único camino de la salvación. Volvió la cabeza hacia él. Pero Tomás callaba y miraba la carretera ante él. Teresa no sabía cómo salvar aquel silencio entre ambos. Se sentía como aquella otra vez, al bajar de Petrin. La angustia le oprimía el estómago y tenía ganas de devolver. Tomás le daba miedo. Era demasiado fuerte para ella y ella demasiado débil. Le daba órdenes que ella no comprendía. Procuraba cumplirlas, pero no sabía. Deseaba regresar a Petrin y pedirle al hombre del fusil que le permitiese atarse la venda ante los ojo s y apoyarse en el tronco del castaño. Deseaba morir. 29 Se despertó y comprobó que estaba sola en casa. Salió a la calle y fue andando hasta el río. Quería ver el Vltava. Quería detenerse junto a la orilla y mirar largamente las olas, porque la visión del fluir del agua tranquiliza y cura. El río fluye de una edad a otra y las historias de la gente transcurren en la orilla. Transcurren para ser olvidadas mañana y para que el río siga fluyendo. Se apoyó en la barandilla y miró hacia abajo. Estaba en la periferia de Praga, el Vltava había atravesado ya la ciudad, había dejado atrás la gloria del castillo de Hrad-cany y de las iglesias, era como una actriz después de la representación, cansada y pensativa. Fluía entre dos orillas sucia s que lindaban con alambradas y muros, tras los cuales había fábricas y campos de juego abandonados. Estuvo mirando durante mucho tiempo al agua, que allí parecía más triste y oscura y de pronto vio en medio del río una especie de objeto, un objeto rojo, sí, era un banco. Un banco de madera con las patas de metal, uno de los tantos que se encuentran en los parques praguenses. Navegaba lentamente por el medio del Vltava. Y tras él otro banco. Y otro y otro, y es ahora cuando Teresa se da cuenta de que los bancos de los parques de Praga se van de la ciudad río abajo, son muchos, son cada vez más, flotan en el agua como en otoño las hojas que el agua se lleva del bosque, son rojos, son amarillos, son azules. Miró a su alrededor como si quisiera preguntarle a la gente qué quería decir aquello. ¿Por qué se van río abajo los bancos de los parques de Praga? Pero todos pasaban a su lado indiferentes y les daba exactamente lo mismo que hubiera un río fluyendo de una edad a otra por en medio de su efímera ciudad. Volvió a mirar el río. Se sentía inmensamente triste. Comprendía que lo que estaba viendo era una despedida. La mayor parte de los bancos desapareció de su vista, aún aparecieron algunos más, los últimos rezagados, otro banco amarillo más y después otro más, azul, el último.

Quinta Parte. La levedad y el peso.

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