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La-Insoportable-Levedad-del-ser

dedicarle cinco minutos

dedicarle cinco minutos a cada caso; les recetaba aspirinas, escribía los certificados de baja para sus empresas y los mandaba al especialista. Ya no se consideraba médico sino oficinista. Allí fue a visitarlo en una ocasión, cuando ya terminaba de pasar consulta, un hombre de unos cincuenta años; una ligera obesidad le añadía cierta prestancia. Se presentó como funcionario del Ministerio del Interior e invitó a Tomás al bar de enfrente. Pidió una botella de vino. Tomás se resistió: — He venido en coche. Si me coge la policía, me quitarán el carnet de conducir. El hombre del Ministerio del Interior se sonrió: — Si le pasase algo, basta con dar mi nombre —y le dio a Tomás su tarjeta en la que figuraba su nombre (seguro que falso) y el teléfono del Ministerio. Después se puso a hablar, durante largo rato, de lo mucho que apreciaba a Tomás. En el Ministerio todos lamentan que un cirujano de su talla tenga que recetar aspirinas en un ambulatorio de la periferia. Le dio a entender indirectamente que la policía, aunque no puede decirlo en voz alta, no está de acuerdo con el procedimiento excesivamente drástico por el cual se priva a destacados especialistas de sus puestos de trabajo. Hacía mucho tiempo que a Tomás no lo elogiaba nadie, así que oía muy atentamente al señor obeso y se sorprendía de la precisión y el detalle con que estaba informado de sus éxitos profesionales. ¡Qué indefenso está el hombre ante los elogios! Tomás no podía evitar tomar en serio lo que decía el hombre del Ministerio. Pero no era sólo por vanidad. Era más que nada por falta de experiencia. Si está usted sentado cara a cara con alguien que es afable, respetuoso, cortés, es muy difícil darse cuenta permanentemente de que nada de lo que dice es verdad, de que ninguna de sus afirmaciones es sincera. No creer (permanente y sistemáticamente, sin un momento de duda) requiere un enorme esfuerzo y exige entrenamiento, es decir interrogatorios policiales frecuentes. A Tomás le faltaba este entrenamiento. El hombre del Ministerio seguía: — Sabemos, estimado doctor, que tenía usted en Zurich una excelente posición. Y valoramos su actitud al regresar. Eso ha sido estupendo. Usted sabía que su sitio era éste —y después añadió, como si le estuviera echando algo en cara a Tomás—: ¡Pero su sitio está en el quirófano! — Estoy de acuerdo —dijo Tomás. Se produjo una breve pausa y el hombre del Ministerio dijo con voz compungida: — Pero dígame, doctor, ¿usted cree de verdad que habría que atravesarles los ojos a los comunistas? ¿No le parece raro que pueda decir eso una persona como usted que le ha devuelto la salud a tanta gente? — Esto es absurdo -objetó Tomás-. Lea atentamente lo que yo escribí. — Lo he leído —dijo el hombre del Ministerio con una voz que pretendía ser muy triste. — ¿Y acaso escribí que hay que atravesarles los ojos a los comunistas? — Todos lo entendieron así -dijo el hombre del Ministerio y su voz era cada vez más triste. — Si hubiera leído usted el texto completo, tal como lo escribí, jamás se le hubiera ocurrido eso. — ¿Cómo? —aguzó el oído el hombre del Ministerio—. ¿No publicaron el texto tal como usted lo escribió? — Lo recortaron. — ¿Mucho? — Como un tercio. El hombre del Ministerio parecía sinceramente indignado: — Pues eso no fue juego limpio por parte de ellos. Tomás se encogió de hombros. — ¡Debía haber protestado! ¡Debía haber exigido una rectificación! — No ve que inmediatamente después llegaron los rusos. Todos teníamos otras preocupaciones —dijo Tomás. — ¿Pero por qué tiene que creer la gente que usted, un médico, quería que alguien le arrancara los ojos a la gente? — Pero si mi artículo se publicó en la parte de atrás, con las cartas de los lectores. Nadie se fijó

en él. Únicamente la embajada rusa, porque le vino bien. — ¡No diga eso, doctor! Yo mismo he hablado con mucha gente que había leído su artículo y estaba asombrada de que usted lo hubiera podido escribir. Pero ahora todo está mucho más claro al explicarme usted que el artículo no fue publicado tal como usted lo escribió. ¿Fueron ellos los que se lo encargaron? — No —dijo Tomás—, se lo mandé yo. — ¿Usted los conoce? — ¿A quiénes? — A los que publicaron su artículo. — No. — ¿No habló nunca con ellos? — Me invitaron una vez a la redacción. — ¿Para qué? — Por lo del artículo. — ¿Y con quién habló? — Con uno de los redactores. — ¿Cómo se llamaba? Hasta ese momento Tomás no se había dado cuenta de que estaba siendo interrogado. De pronto le dio la impresión de que cualquier cosa que dijera podía poner a alguien en peligro. Por supuesto sabía el nombre de aquel redactor, pero lo negó: «No lo sé». — Pero doctor —dijo el hombre con un tono lleno de indignación por la insinceridad de Tomás—: ¡Le habrá dicho su nombre al recibirle! Resulta tragicómico que nuestra buena educación se convierta en aliada de la policía. No sabemos mentir. El imperativo «¡di la verdad!» que nos inculcaron mamá y papá actúa hasta tal punto de forma automática que incluso ante el policía que nos interroga nos da vergüenza mentir. Es más fácil para nosotros discutir con él, insultarlo (lo cual no tiene sentido alguno) que mentirle descaradamente (que es lo único lógico que podemos hacer). Cuando el hombre del Ministerio del Interior le reprochó su falta de sinceridad, Tomás estuvo a punto de sentirse culpable; tuvo que superar una especie de obstáculo interno para continuar mintiendo: — Seguramente se presentó —dijo—, pero el nombre no me decía nada y enseguida lo olvidé. — ¿Qué aspecto tenía? El redactor que había hablado con él era pequeño y tenía el pelo rubio muy corto. Tomás trató de elegir los rasgos opuestos: — Era alto. Tenía el pelo largo y negro. — Ah —dijo el hombre del Ministerio—, ¡y la mandíbula saliente! — Sí —dijo Tomás. — Un poco encorvado. — Sí —coincidió Tomas una vez más y se dio cuenta de que el hombre del Ministerio había identificado a la persona en cuestión. Tomás no sólo acababa de delatar a un pobre redactor, sino que además su delación era falsa. — ¿Y por qué le llamaron? ¿De qué hablaron? — Se trataba de una modificación de la sintaxis. Aquello sonaba como una excusa ridícula. El hombre del Ministerio volvió a indignarse y asombrarse de que. Tomás no quisiera decirle la verdad: — ¡Pero doctor! ¡Hace un rato me dijo que le habían recortado una tercera parte del texto y ahora me dice que estuvieron discutiendo de un cambio en la sintaxis! ¡Eso no es lógico! Para Tomás la respuesta ya era más fácil porque lo que decía era la pura verdad: —No es lógico pero es así —sonrió—: Me pidieron que les permitiese modificar la sintaxis en una frase y después redujeron el artículo en un tercio. El hombre del Ministerio volvió a hacer con la cabeza un gesto como si no pudiera comprender una actitud tan inmoral y dijo: —Esa gente no se ha comportado correctamente con usted.

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