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La-Insoportable-Levedad-del-ser

12 Más o menos en la

12 Más o menos en la misma época le ocurrió la siguiente historia: se veía con una chica joven en un apartamento que un viejo amigo suyo le dejaba todos los días hasta la medianoche. Al cabo de uno o dos meses ella le recordó uno de sus encuentros: al parecer habían hecho el amor en la alfombra, bajo la ventana, mientras afuera relucían los relámpagos y estallaban los truenos. ¡Habían hecho el amor durante toda la tormenta y al parecer había sido inolvidablemente bello! Tomás casi se asustó: sí, recordaba que había hecho el amor con ella en la alfombra (su amigo sólo tenía en el apartamento una cama estrecha en la que no se sentía a gusto), ¡pero había olvidado por completo la tormenta! Era extraño: podía recordar todas las citas que había tenido con ella, había registrado incluso, con precisión, el modo en que había hecho el amor (se negó a hacerlo desde atrás), recordaba algunas frases que ella pronunció mientras hacían el amor (le pedía constantemente que le apretara las caderas y protestaba porque él la miraba), hasta se acordaba de cómo era su ropa interior, pero de la tormenta no sabía nada. Su memoria registraba, de sus historias amorosas, sólo la empinada y estrecha senda de la conquista sexual: la primera agresión verbal, el primer roce, la primera obscenidad que le dijo él a ella y ella a él, todas las pequeñas perversiones a las que había ido conduciéndola gradualmente y las que ella había rechazado. Todo lo demás (casi como con cierta pedantería) había sido eliminado de la memoria. Hasta había olvidado el lugar donde había visto por primera vez a aquella mujer, porque ese instante transcurrió antes de su propio ataque sexual. La chica hablaba de la tormenta, sonreía al recordarla y él la miraba asombrado y casi sentía vergüenza: ella había vivido algo hermoso y él no lo había vivido con ella. El doble modo en que la memoria de los dos había reaccionado ante la tormenta nocturna contenía toda la diferencia que hay entre el amor y el no-amor. Al emplear la palabra no-amor, no quiero decir que tuviera una relación cínica con esa chica ni que, como suele decirse, no reconociese en ella más que un objeto sexual: por el contrario, la apreciaba como amiga, estimaba su carácter y su inteligencia, estaba dispuesto a echarle una mano siempre que lo necesitase. No fue él quien se comportó mal con ella, la que se comportó mal fue su memoria que, por su cuenta y sin la intervención de él, la expulsó de la esfera del amor. Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas. Teresa ocupaba despóticamente su memoria poética y había barrido de ella las huellas de las demás mujeres. No era justo, porque por ejemplo la chica con la que había hecho el amor en la alfombra durante la tormenta era tan digna de poesía como Teresa. Le gritaba: «¡Cierra los ojos, cógeme de las caderas, apriétame fuerte!»; no podía soportar que Tomás tuviera los ojos abiertos, concentrados y observadores, mientras hacía el amor, que su cuerpo, ligeramente levantado por encima de ella, no se apretase contra su piel. No quería que la examinase. Quería arrastrarlo a la corriente del encantamiento, a la que no puede penetrarse más que con los ojos cerrados. Por eso se negaba a ponerse a gatas, porque en esa posición sus cuerpos no se tocaban en absoluto y él podía verla casi desde a medio metro de distancia. Odiaba esa distancia, quería confundirse con él. Por eso afirmaba tercamente que no se había corrido aunque toda la alfombra estuviera mojada de su orgasmo: «No busco el placer», decía, «busco la felicidad, y el placer sin felicidad no es placer». En otras palabras, golpeaba a la puerta de su memoria poética. Pero la puerta permanecía cerrada. En la memoria poética no había sitio para ella. Para ella sólo había sitio en la alfombra. Su aventura con Teresa había empezado precisamente en el mismo punto en que terminaban las aventuras con otras mujeres. Tenía lugar al otro lado del imperativo que le impulsaba a conquistar a mujeres. No pretendía descubrir nada en Teresa. A Teresa la recibió descubierta. Hizo el amor con ella antes de que le diese tiempo de coger el escalpelo imaginario con el que abría el cuerpo yacente del mundo. Antes aun de que tuviera tiempo de preguntarse cómo sería cuando hiciera el amor con ella, ya le estaba haciendo el amor. La historia de amor empezó después: le dio fiebre y él no pudo mandarla a su casa como a otras mujeres. Se arrodilló junto a su cama y se le ocurrió que alguien se la había enviado río abajo en

un cesto. Ya dije que las metáforas son peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética. 13 Hace unos años volvió a inscribírsele en la mente: volvía por la mañana a casa con la leche, como siempre, y, cuando le abrió, apretaba contra su pecho una corneja envuelta en una pañoleta roja. Así es cómo llevan las gitanas a sus hijos. No lo olvidará nunca: el enorme pico acusatorio de la corneja junto a su cara. La había encontrado enterrada en el suelo. Eso es lo que hacían en otros tiempos los cosacos con sus enemigos. «Lo han hecho los niños», dijo y en aquella frase no había sólo una simple constatación, sino también un repentino rechazo hacia la gente. Se acordó de que hacía poco le había dicho: «Empiezo a estarte agradecida de que nunca hayas querido tener hijos». Ayer se había quejado de que en el trabajo la había molestado un individuo. Le había echado la mano al collar barato que llevaba y había dicho que debía ser producto de la prostitución. Se había puesto muy nerviosa. Más de lo necesario, pensó Tomás. De pronto se horrorizó al pensar que en los últimos años la había visto tan poco y había tenido tan pocas oportunidades de estrechar largamente las manos de ella entre las suyas para que dejaran de temblar. Con estas ideas en la cabeza fue por la mañana a la oficina en la que una empleada repartía a los limpiadores el trabajo para todo el día. Un particular había insistido para que fuera precisamente Tomás a limpiarle las ventanas. Fue a aquella dirección a disgusto, temía que volviera a llamarle alguna mujer. No pensaba más que en Teresa y no tenía ganas de ninguna aventura. Cuando le abrieron la puerta, respiró. Vio ante sí a un hombre alto, ligeramente encorvado. Aquel hombre tenía una barba larga y le recordaba a alguien. Sonrió: —Adelante, doctor —y lo condujo a la habitación. Allí estaba un joven. Tenía la cara roja. Miraba a Tomás y trataba de sonreír. —Creo que no necesito presentarles a ustedes dos -dijo el hombre. —No —dijo Tomás sin sonreír y le dio la mano al joven. Era su hijo. Después se presentó el hombre de la barba larga. — ¡Ya sabía yo que me recordaba a alguien! —dijo Tornas — ¡Claro! Por supuesto que le conozco. De nombre. Se sentaron en unos sillones entre los cuales había una mesita baja. Tomás era consciente de que los dos hombres que estaban sentados frente a él eran involuntarias criaturas suyas. A su hijo se lo había obligado a hacer su primera mujer y los rasgos de aquel hombre los había dibujado, contra su voluntad, al policía que le había interrogado. Para alejar aquellos pensamientos dijo: — ¿Bueno, por qué ventana tengo que empezar? Los dos hombres que estaban sentados frente a él se echaron a reír abiertamente. Sí, estaba claro que no se trataba de ninguna limpieza de cristales. No había sido invitado a limpiar ventanas, había sido invitado a una trampa. Nunca había hablado con su hijo. Hoy era la primera vez que le daba la mano. No lo conocía más que de vista y no quería conocerlo de otro modo. Deseaba no saber nada de él y quería que su hijo deseara lo mismo. — Bonito cartel, ¿verdad? —dijo el redactor señalando hacia un dibujo enmarcado en la pared frente a Tomás. Hasta entonces Tomás no se había fijado en el aspecto del piso. En las paredes había cuadros interesantes, muchas fotografías y carteles. El dibujo que el redactor le señaló había sido publicado en 1969 en uno de los últimos números del semanario, antes de que los rusos lo clausuraran. Era una imitación del famoso cartel de la guerra civil rusa de 1918 que llamaba a las filas del ejército rojo: un soldado con una estrella roja en la gorra y un gesto extraordinariamente severo le mira a uno a los ojos y extiende su brazo con el índice señalándolo. En texto ruso original decía: «Ciudadano, ¿ya te has alistado en el ejército rojo?». Este texto fue reemplazado por un texto checo: «Ciudadano, ¿tú también

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