Views
5 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

cambio de siglo. Quien

cambio de siglo. Quien tenía algo que otro deseaba, se lo copiaba y, en muchas ocasiones, se lo vendía, desde música hasta juegos pasando por todo lo imaginable. El verdadero caos comenzó con Napster y estallaría con la segunda y tercera generación de programas entre iguales. En vez de complicados comandos y que cada persona solo compartiese lo que almacenaba, ¿por qué no crear una red en la que todos los que participen compartan lo que desean y, mejor todavía, que todos los que tengan un mismo archivo puedan compartirlo con todos los que lo deseen a la vez? Es decir, cada persona que desea un contenido determinado, puede descargárselo al mismo tiempo de todos aquellos que lo posean. Sin necesidad de servidores, de páginas web ni de nada más que los propios sistemas de búsqueda creados dentro de estas aplicaciones. El crecimiento fue exponencial. En pocos años, una gran fracción de los internautas se estaba descargando contenido protegido. Que los internautas compartan contenido protegido entre ellos no es buena manera de conseguir dinero. Si acaso, lo es para los delincuentes que llenaron de virus aquellas redes para conseguir robar los datos bancarios o de cualquier otro tipo de sus víctimas. Demasiado complicado y poco ético para la inmensa mayoría de emprendedores con lo ajeno. Alguien tuvo una idea poco después que creció como la espuma: ¿por qué no montar una web que diese a conocer los enlaces donde se podía adquirir música o películas? Los propios archivos estarían almacenados en los ordenadores de los particulares. Ellos solo les pondrían en contacto entre sí. Poca capacidad de almacenamiento pero mucho tráfico. Eso también es caro. ¿Y el negocio? La publicidad online. Por cada persona que visitase al anunciante de una de esas webs sus dueños ingresarían algunos centimillos. Eso multiplicado por cientos de miles de accesos representaba una pequeña fortuna. Quien se cree más listo que nadie por no pagar por lo que antes lo hacía en el videoclub no está dispuesto tampoco a enriquecer a su pirata particular, así que comenzó una guerra que aún se mantiene para engañarlo, con botones falsos de acceso a los enlaces, ventanas emergentes que se cruzan en el camino del ratón, banners —nombre que reciben los anuncios incrustados en una web— engañosos… y todo cuanto diera de sí el ingenio del ser humano. El reinado de los peer to peer no duraría mucho, sustituido por otra forma de descarga más obvia, la directa. Los contenidos están de hecho alojados en lugares físicos. En Internet, el tráfico cuesta dinero y el de muchos megabytes —el alojamiento de una película— es más caro que el de unos pocos bytes —un enlace—, así que necesitan más ingresos. Para financiarse y lucrarse, además de la misma publicidad anunciada anteriormente, también ofrecen un sistema de suscripción que el pirata doméstico ha estado más dispuesto a pagar —dentro de la marginalidad— que a quien posee los derechos de explotación. Estas páginas comenzaron con la alemana Rapidshare que se vio obligada a modificar sus condiciones y a restringir de forma drástica el acceso a sus servicios. Al contrario que otras, estaba pensaba para que las empresas y particulares pudieran compartir de forma rápida documentos que www.lectulandia.com - Página 110

por su tamaño no se podían enviar por otros sistemas, como el correo electrónico. Luego llegó Megaupload, del magnate alemán afincado en Nueva Zelanda Kim Schmitz, conocido como Kim Dotcom, que se podría traducir por Puntocom en referencia al dominio de primer nivel más popular. Después, incontables clones: Rapidgator, Uploaded, Netload y un largo etcétera. Los enlaces se almacenaban en foros, mantenidos con los aportes de sus usuarios para el enriquecimiento de los dueños o en los mismos sitios que antes tenían datos para la descarga P2P, donde a menudo ambas opciones se solapan incluso hoy. En un paso más allá, estos piratas voluntarios que ponían contenidos en foros intercalaron unas páginas publicitarias entre el foro y el sitio de descarga, de manera que ellos cobraban también por visita. En el colmo del paroxismo, estos individuos iniciaban diatribas indignadas cuando, a su vez, alguien ofrecía gratis el mismo contenido que ellos. Eran habituales expresiones como «si vuelvo a encontrar mis escaneos en eMule —uno de los más conocidos sistemas P2P— dejaré de hacerlos. ¿Quién me paga a mí los tres euros de la revista?». Preguntarse por quién pagará a la gente que, de hecho, intenta ganar su sueldo haciendo esa revista de la que él se aprovechaba estaba más allá de su capacidad de empatía. Nadie estuvo a la altura, ni la industria, ni el gobierno, ni los consumidores responsables, menos aún en España. Mientras en Estados Unidos o Japón la ilegalidad está en torno al veinte por ciento, en España, en el mejor de los casos está en más del doble. Solo Italia nos supera por poco en la clasificación europea. Para entenderlo hay que tener en cuenta varios factores. Uno de ellos es el cultural. Lo que en el país nipón es impensable —apropiarse del trabajo de otro—, aquí no: quien defrauda a Hacienda es el más listo de su barrio y hasta alardea de ello. El segundo factor es la legislación más o menos restrictiva, que hay que entroncar con el primero; y es que no se puede criminalizar un comportamiento que está tan arraigado. No se puede convertir a toda la población en ilegal. Aquí llega el tercer factor, ofrecer al ciudadano contenidos a un precio aceptable y de una manera rápida. Darle una opción válida. El modelo tradicional se ha visto sobrepasado y casi aniquilado. Sin embargo, quien se ha sabido adaptar, sobrevive. El ejemplo paradigmático es el videoclub virtual Netflix. Unos datos tan bajos de copia audiovisual en el país de las barras y estrellas se explica cuando por apenas ocho dólares al mes, cualquiera tiene a su alcance casi todas las series y películas en alta definición, con sonido envolvente y disponible cuando lo desee ver. Un estudio realizado en Australia —un país con poca incidencia de piratería, en torno al veintinueve por ciento— por la IP Awareness Foundation ha mostrado que, en un solo año desde la implantación del negocio, estos índices han caído cinco puntos. El consumidor medio prefiere pagar y tener el servicio a su disposición que tener que buscar en sitios fraudulentos, ser engañado y a veces llevarse sorpresas desagradables: hubo un tiempo en que era normal buscar una película y encontrarse con las desagradable realidad de descargar pornografía, a veces de menores. www.lectulandia.com - Página 111

la red oscura