Views
8 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

de un pago en el metal

de un pago en el metal equivalente por parte del Estado correspondiente. Esto es, en teoría, que con un billete se puede acudir al banco nacional y pedir que se entregue la cantidad correspondiente en oro. Eso se llamó patrón oro y estuvo vigente en Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Cada moneda correspondía a un valor fijo de oro almacenado en los depósitos nacionales, por lo que su precio y la relación con otras divisas eran más o menos fijos. Cualquier ciudadano podía exigir que le cambiaran el billete por los gramos de metal indicados. Este sistema tuvo varios altibajos entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, momento en que dejó de servir. En esa convulsa época de crisis, los países necesitaban más dinero del oro que disponían para mantener la muy costosa maquinaria bélica. Comenzaron a imprimir billetes con valor futuro, es decir, no convertibles a voluntad del ciudadano, sino del Estado. Después de la paz de 1945, el patrón oro se modificó. Solo el dólar estadounidense sería convertible en oro, con las reservas que aquel país mantenía en Fort Knox. Las demás divisas tenían una equivalencia fija con aquel, dado que el dinero seguía representando un valor en oro, aunque fuese a través de un intermediario. Nixon acabó con ese modelo en 1971, cuando las necesidades de fondos para Vietnam le forzaron a emitir más papel del que podía respaldar. Ese fue el momento de la última gran revolución. El dinero se convirtió en fiduciario, esto es, no tiene más valor que el que sus propios usuarios le quieren dar, un valor de confianza mutua. El intercambio de bienes a través de papel moneda o equivalente electrónico —cada vez más las transferencias se realizan de banco a banco, modificando apuntes contables en uno y otro, sin que haya un envío físico en forma de billetes— es un acuerdo entre ciudadanos y países, basado en equivalencias que varían de forma continua. Si una nación necesita más efectivo puede imprimirlo a voluntad, pero eso va a causar que los precios aumenten dentro de las fronteras —inflación— y que la moneda valga menos en el exterior —devaluación—, es decir, que por una divisa determinada se obtienen menos de las de otros países. Hay que mantener una armonía muy delicada para que la economía no se desmorone ni los desequilibrios entre regiones del globo acaben con el sistema, porque todo está sustentado tan solo por algo tan volátil y difícil de calcular como la confianza entre las partes. Por eso, si el mercado internacional disminuye la seguridad en una moneda —piensan que el estado que la respalda no va a ser capaz de afrontar sus gastos—, esta pierde parte de su valor (los demás países dan menos monedas propias por la divisa en duda). Del mismo modo, si los propios ciudadanos no creen en ella, van a pedir otra —algo típico en países como Argentina, lo que desembocó en el famoso corralito— o una cantidad muy alta por un mismo producto, con lo que los precios —la inflación— se disparan. En la situación actual hay productos seguros, que disponen de una gran apreciación y que, en caso de colapso, seguirían sirviendo, como los metales preciosos y otras sustancias que proceden de la minería. Su escasez y su utilidad van www.lectulandia.com - Página 140

a darles un valor intrínseco en cualquier sociedad compleja (por supuesto, si todo va mal y volvemos a una economía básica de subsistencia como la del Paleolítico, lo único que valdrá de algo serán los bienes inmediatos: alimentos, utensilios, hogar y ropa). En 2008, un grupo que hasta hoy permanece en el anonimato y que se hace llamar Satoshi Nakamoto publicó en una lista de intercambio de correos sobre criptografía llamada Meltzdowd.com un artículo sobre una moneda de total seguridad que estaría fuera del control de cualquier gobierno a la que denominó Bitcoin y que lanzaría al mercado el 3 de enero del año siguiente. Varias personas, entre las que destaca el australiano Craig Steven Wright, han afirmado estar detrás del pseudónimo, pero hasta el momento ninguna afirmación ha resultado creíble. La moneda, al contrario que el resto de las actuales, no es fiduciaria en el sentido común del término. Cada una representa un esfuerzo de computación, con sus gastos en electricidad y otros servicios asociados, como explicaremos más adelante. Por ello el proceso de generarlo se llama, con una analogía muy gráfica, minería. De hecho, hay estudios de las universidades de Oxford y Warwick que han definido su comportamiento como más parecido a los metales preciosos que a las divisas. Otra importante diferencia con el dinero tradicional es la ausencia de una autoridad central que controle las transacciones que se realizan. Salvo para los pagos en mano, que son los menos, si un ciudadano desea entregar a otro una cantidad de dinero físico, esta transferencia pasa por una entidad bancaria que comprueba la validez de la misma y la hace llegar a su destinatario; ejerce de mediadora y puede revertir el envío si el emisor lo solicita y se cumplen una serie de parámetros. Las diferentes legislaciones, con muy pocas excepciones, requieren que ambas partes estén identificadas y los gobiernos pueden fiscalizar las cuentas. Se puede evitar estableciendo contacto directo entre quien paga y quien cobra. Para ello no se puede utilizar moneda corriente, porque todo en ellas está controlado hasta el extremo. La opción es crear una divisa que solo exista de manera virtual, en ordenadores y redes informáticas, en vez de estar impresa o almacenada en bancos. El primer problema que presenta es que los datos informáticos pueden ser copiados con facilidad. No hay forma de saber si existen una o mil copias de un archivo cualquiera, a menos que lo podamos asociar de forma única a quien lo envía y a quien le llega. Dicho de otra manera, se debe evitar el doble pago, que una persona pueda emplear la misma Bitcoin para pagar dos veces. Por tanto, hay dos partes de un mismo asunto a solucionar, evitar la copia y que las transacciones sean únicas, sin vuelta atrás. La solución que Nakamoto propuso está basada en una red entre iguales (peer to peer) cuyos datos tengan naturaleza criptográfica. La criptografía está lejos incluso de modelos tan avanzados como lo fue en su día la máquina Enigma que utilizaban los alemanes para cifrar sus comunicaciones en la Segunda Guerra Mundial y que fue vulnerada por los Aliados al principio de la contienda, gracias al trabajo de un grupo de matemáticos entre los que destacó Alan www.lectulandia.com - Página 141

la red oscura