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La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

encuentra su hermano

encuentra su hermano pequeño, que, con sus gritos de pánico, atrae a los adultos que la llevan sin protestas —porque para quejarse hay que estar despierta— al hospital. Los médicos se asustan de su estado, casi crítico, no solo debido al lavaplatos sino a la falta de nutrientes de su organismo. No dan demasiadas esperanzas a sus padres. Pero Daniela es fuerte. Estará ingresada casi dos años, no por los perjuicios físicos, que los superará pronto —aunque tendrá secuelas todas su vida, entre las que estarán una corta estatura y daños en el sistema digestivo—, sino por su trastorno alimentario, de origen mental. Anorexia nerviosa lo llaman los doctores. Estará con supervisión para que coma como debe todo ese tiempo. Saldrá con miedo de recaer. Habrá aceptado que la imagen que le devuelve el espejo no es la real, pero no sabrá interpretar nunca cómo debería ser. Esperará mantener la principal promesa que le hizo a su terapeuta, no volver jamás a buscar en los foros de Ana y Mía. EL RIESGO DE LA CREDULIDAD Internet ha permitido que todo el que lo desee pueda contar al mundo lo que piensa. Cualquiera puede abrirse un blog o un canal en un portal de vídeos y opinar de lo que sabe y de lo que no. No se pide un certificado de conocimientos. No es necesaria una experiencia demostrable en un campo determinado. Los ignorantes suelen escribir de forma sencilla y accesible, atrayente para quien tampoco tiene una suficiente formación ni espíritu crítico. De esta forma consiguen una repercusión notable, en ocasiones mayor que la de los propios expertos, hasta fuera de la red. Uno de los casos paradigmáticos ocurrió en Televisión Española en junio de 2015, cuando, ante la muerte de un niño por no vacunarse —de lo que hablaremos más adelante— dieron voz por igual a los médicos y a los antivacunas, que carecen de una sola evidencia en su favor y de la mínima formación necesaria para entenderlo. De esta forma se contribuye a sembrar el desconcierto en la sociedad y a esparcir contenidos nocivos. Todos tienen el mismo derecho a opinar, lo mismo un premio Nobel hablando de su propio campo que un total ignorante. La libertad de expresión es un derecho consagrado en nuestra Constitución, con los límites que indique la ley. No obstante, ser libre de opinar no significa que las opiniones deban ser respetadas o tomadas en serio. Ese es uno de los errores más comunes. Las personas, por el hecho de serlo, merecen respeto. Sus ideas, no necesariamente. En Internet, las teorías de los sabios son disputadas por quienes no saben de qué se está hablando y han formado su cuerpo argumentativo con un par de experiencias personales —que no son significativas en el conjunto de la población— y las expresiones de otros cuyas ideas coinciden con las suyas, lo que los ingleses definen como wishful thinking, esto es, creer que las cosas son como a uno le gustaría que fueran, no como la tozuda realidad se empeña en definir. www.lectulandia.com - Página 174

Los sabios en cada campo no lo son por sí mismos, sino por el conocimiento que han acumulado y que pueden defender, refrendado por lo que se conoce como método científico, una serie de procedimientos estrictos para diferenciar la casualidad del hecho y que ya definió Descartes en el siglo XVII. Sus principios se estudian durante la educación básica en España, pero muchos lo olvidan con rapidez. Se fundamenta en evitar las distorsiones que la propia naturaleza humana introduce en las observaciones, lo que se conoce como predisposiciones o sesgos cognitivos. Somos seres destinados a sobrevivir en un entorno pequeño que hemos superado nuestra propia limitación. Eso requiere también modificar la manera en la que analizamos la realidad, porque nuestra percepción subjetiva está obsoleta. Dicho de una forma sencilla, el método consiste, en primer lugar, en observar un determinado hecho o fenómeno, tomando las debidas anotaciones para su sistematización. A continuación, basándonos en lo observado, formular una explicación provisional llamada hipótesis. El siguiente paso consiste en ponerla a prueba mediante experimentos, tratando de confirmarla o desmentirla a través de todos los escenarios posibles. Este paso es muy probable que muestre alteraciones a la hipótesis planteada, que se describen en lo que se conoce como antítesis. La sistematización del conocimiento adquirido, la explicación rigurosa de lo que acontece y cómo acontece es lo que se llama tesis o teoría. Es decir, una teoría es la aplicación de unas hipótesis en un conjunto de reglas verificables por un tercero y que explican un determinado fenómeno o realidad. En las condiciones actuales, la fase de experimentación es tan minuciosa que puede durar años o hasta décadas y tiene múltiples supervisiones y controles por parte de otros equipos de investigadores. La ciencia es siempre duda, nuevos interrogantes que resolver y nuevas respuestas que dar. A medida que tenemos más conocimientos, viejas teorías van quedando atrás. Eso no es porque quienes las desarrollaran fueran laxos, sino porque no tenían los medios actuales. Un artículo informativo correcto, en Internet como en los demás sitios, está avalado por estudios realizados por especialistas que son citados y pueden ser consultados. Con este espíritu nació la popular Wikipedia, aun con todos sus conocidos problemas que no la convierten en el más fiable de los textos. Sus normas de edición exigen que cada afirmación esté respaldada por las palabras de un especialista que se puedan comprobar, además de mantener una estricta neutralidad y aportar diversos puntos de vista cuando sean relevantes. La teoría es excelente, pero dado que cualquiera puede redactar esa enciclopedia del conocimiento compartido, es fácil que malintencionados o tan solo equivocados escriban sus opiniones como pruebas reales, sin citas o con referencias a sitios sin valor científico. En Internet todos los participantes están al mismo nivel. En una discusión sobre medicina en un foro cualquiera tiene la misma relevancia la aportación de un médico que la de alguien cuya única relación con la materia es que estuvo tres días ingresado en un hospital. Este, además, puede tener una opinión más cómoda de aceptar por la www.lectulandia.com - Página 175

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