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6 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

mayoría, en especial

mayoría, en especial por su sencillez, lo que la hace más popular, e incluso puede conducir al descrédito virtual del mejor formado. Por eso es habitual que los expertos dejen de participar en foros, salvo los especializados que, o bien son privados, o bien son demasiado complejos para ser comprendidos por el lego. De esta forma, con honrosas excepciones, el verdadero conocimiento suele estar fuera de los sitios más accesibles de Internet y lejos del ciudadano medio, que prefiere creer lo simple antes de lo cierto, porque es más fácil, porque lo comprende, aunque sea erróneo y no se moleste en comprobar si lo es. Este problema se extiende a otros lugares de la sociedad. Por un lado, muchos ciudadanos siguen a su gurú favorito —político, periodista o lo que sea— como quien es forofo de un equipo de fútbol, con pasión y sin autocrítica. Da igual que la ciencia desmienta con rotundidad una afirmación, ellos se limitarán a creer y hasta defender con cerril cabezonería a su ídolo, porque no se molestarán en llevar a cabo una de las principales actividades que garantizan no ser engañado en la vida cotidiana: comparar, leer y decidir con información variada. Además está la actividad de grupos editoriales, físicos o virtuales, que saben que es más rentable tener lectores y obtener ingresos por la venta o por publicidad que contar la verdad, que suele ser compleja y difícil de aceptar. En resumen, Internet es un lugar que almacena grandes conocimientos, pero se corre el riesgo de no descubrirlos entre la ingente cantidad de contenido irrelevante o dañino. Aquello que utiliza argumentos científicos sin que en realidad lo sean se conoce como pseudociencia. Se llama así porque no utiliza el método científico, sino que, en el mejor de los casos, lo retuerce para que encaje con sus objetivos. En el peor, se limita a considerar su propuesta como dogma irrenunciable y negar con diversas falacias cualquier cosa que se oponga a ella. En el último tercio de 2014 se popularizó un vídeo en el que un señor que se hacía llamar Manuel Nava Rro (sic) frotaba la piel de una manzana, de la que iba saliendo una pasta blanquecina que a continuación quemaba, lo que dejaba, según él, un olor «a plástico quemado». Dudaba, por tanto, de lo idóneo de todos los alimentos que se venden en los supermercados y concluía que ni el gobierno ni sanidad vigilan en absoluto lo que pasa con la industria alimentaria. Como pasa de vez en cuando sin que se tengan claros los motivos, el vídeo se viralizó, es decir, comenzó a ser compartido por muchas personas por todo Internet, de manera que a principios del año siguiente había sido reenviado medio millón de veces, reproducido más de trece millones y en muchos lugares se hacían eco del mismo, indignados por tamaño peligro para el ciudadano medio. Este ha sido uno de los últimos triunfos de la ignorancia. Los expertos como Pedro Terrón, de la página Bulos y Leyendas, y el divulgador científico Mauricio- José Schwarz, autor, entre otros, del blog El regreso de los charlatanes, desmintieron con datos cada una de las afirmaciones. El sector alimentario es uno de los que más control gubernamental tiene. Es fácil comprobarlo atendiendo a la cantidad de leyes aplicables, que se pueden consultar en el Boletín Oficial del Estado. Es habitual ver www.lectulandia.com - Página 176

noticias de que cierto producto ha sido retirado de la venta porque se había descubierto una posibilidad nimia de contaminación, desde hamburguesas con carne de caballo —que en absoluto es nociva pero se consideró un fraude al consumidor— hasta lotes enteros de conservas en las que alguna lata estaba contaminada con toxina botulínica. Hay continuas supervisiones, y no solo oficiales, sino de la propia marca, del vendedor y de organizaciones de consumidores. Bastaba también una pregunta a los expertos para aprender que las manzanas producen de manera natural una cera, que es la que le da ese aspecto brillante. En ocasiones se recubre de otra, comestible también, llamada carnaúba, que se extrae de la hoja de palma y que se usa para alargar el buen aspecto de los productos, que es inocua, cuyo uso, por supuesto, está regulado y que, al arder, produce tan peculiar olor. El vídeo original, aunque pueden verse muchas copias, acabó por ser retirado porque «infringía la política de YouTube sobre spam, prácticas engañosas y estafas». Para entonces, el mal ya estaba hecho. Cuesta mucho menos esfuerzo crear un bulo que desmentirlo y, a pesar de dedicar recursos y energía, la verdad apenas llega a un veinte por ciento de quienes se lo han creído en primer lugar. Este es uno de los muchos ejemplos de mentiras que se esparcen basadas en la ignorancia de quienes las difunden. Su daño específico es bastante bajo, poco más que algo de ruido e indignar a muchos crédulos. Cualquier persona con una experiencia media en Internet habrá encontrado muchos otros bulos, compartidos por millones. Su funcionamiento suele ser cíclico. Algunos se detectaron en los albores del Internet popular, a finales de los años noventa, y vuelven unas dos veces al año con ligeras variaciones. Uno de los más habituales es el que dice que Facebook va a ser de pago a menos que se comparta determinado texto sin ningún sentido. La primera vez que apareció no existía ni siquiera el concepto de red social. Entonces, lo que iba a cobrarse, salvo que se enviase cierto mensaje a diez personas, era Hotmail, el correo gestionado por la empresa Microsoft que permitía acceder al servicio de mensajería instantánea MSN Messenger. Otra variante pide que se comparta en cada muro una supuesta prohibición que impide que la empresa de Mark Zuckerberg utilice los datos privados colgados en ella. Ambas tienen la característica de que, con cinco minutos de búsqueda en Internet o incluso con un poco de ejercicio del sentido común, quedan desmentidas. Ni siquiera están redactadas de un modo correcto o hacen referencia a leyes o acontecimientos reales. Hay bulos más peligrosos, destinados a crear alarma social. Unos son genéricos, como uno sobre llaveros rastreadores que se venden en gasolineras para robar vehículos en autopistas o el famoso «la pandilla basura», sobre una peligrosa banda juvenil que intentará asesinar a quien le haga el cruce de luces. Otros se desencadenan ante hechos concretos. De esos, el más recurrente es una amenaza de atentado que va a ocurrir en un fin de semana en un centro comercial. El lugar va variando. Lo aderezan con datos como «mi cuñado que es policía nacional me lo ha confirmado». La página en Facebook de la Unidad de Investigación Tecnológica www.lectulandia.com - Página 177

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