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8 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

E 10 LOS GOBIERNOS DEL

E 10 LOS GOBIERNOS DEL SILENCIO n 2010, en Egipto gobernaba el dictador Hosni Mubarak, que reprimía con mano de hierro a la oposición y a los ciudadanos que hablaban de más. Una de las obsesiones del régimen era el control de Internet. Si una imagen en que se viera la corrupción imperante llegaba a la Red, su difusión podría ser imparable, por lo que las autoridades se amparaban en una cuasi ilegal Ley de Emergencia para proceder a la identificación, en cualquier momento, de todos los que estuvieran en cualquier lugar público —como un locutorio— y, a continuación, revisar su actividad en el ordenador que estuvieran usando. Era norma detener a los blogueros, golpearlos con saña y mantenerlos bajo arresto hasta que las marcas se desvanecían. Así buscaban acallar las críticas al poder, dado que prohibir Internet, una de las principales distracciones de la juventud, podría producir el efecto contrario al deseado e instigar una revuelta. El 6 de junio, un chaval de veintiocho años llamado Jaled Mohamed Saeed estaba en un cibercafé del distrito de Sidi Gaber, muy cerca de su casa, en la norteña ciudad de Alejandría. Hacía un tiempo había subido a la Red un vídeo que fue bastante popular en el país y despertó un odio especial contra el chico por parte de los implicados. En él se veía a varios policías repartiéndose los beneficios tras una operación contra el tráfico de drogas. Aquella infausta tarde llegaron al establecimiento dos agentes de paisano y pidieron la documentación de todos los presentes. Saeed ya sabía que no despertaba simpatías entre la corporación, de cuya brutalidad nadie tenía dudas. Pensó que su mejor opción era negarse a la identificación, puesto que si averiguaban su nombre, sería peor. Gesto inútil, porque los oficiales eran conscientes desde el principio de a quién tenían delante y esa fue la excusa que necesitaban. Le esposaron las manos a la espalda, pero, en vez de llevárselo al vehículo policial, comenzaron a golpearlo allí mismo, delante de todo el mundo. Estrellaron su cabeza contra el suelo de mármol y luego lo arrastraron fuera del edificio, donde continuaron la paliza. Ya estaba cubierto de sangre cuando los transeúntes comenzaron a rogarles que se detuviesen. Incluso dos médicos presentes intentaron ayudar, sin suerte. Le golpearon el cráneo contra una puerta de hierro y contra los escalones de una casa cercana. Más policías comenzaron a llegar ante la cantidad de testigos que se estaban arremolinando y acordonaron la zona. Al chico lo arrojaron en un coche de la institución y abandonaron la zona. Los policías recién llegados, por su parte, confiscaron todos los teléfonos móviles de los presentes y cualquier otro dispositivo de grabación donde pudiera haber pruebas de lo que acababa de pasar. Quince minutos más tarde, el cadáver desfigurado de Jaled apareció tirado en www.lectulandia.com - Página 194

una cuneta, dentro aún de la ciudad. Lo que podría haber sido un caso más de la impunidad en países dictatoriales creció en las redes. La autopsia determinó que había fallecido por ingerir un alijo de hachís al reparar en la presencia policial. Su hermano, al acudir a identificar el cadáver, le hizo subrepticiamente varias fotos que corrieron por Internet como la prueba irrefutable de la mentira: un rostro destrozado, con la mandíbula rota por varios sitios, el cráneo fracturado, golpes y arañazos por todos los lados y sangre que manaba de los oídos y la boca. Wael Ghonim, un egipcio residente en los Emiratos Árabes Unidos, ejecutivo de Google y activista de Internet, creó la página web, dentro de Facebook, Todos somos Jaled Said, que atrajo a cientos de miles de compatriotas hasta convertirse en el sitio opuesto al régimen más popular del país. Tanta fue su influencia que consiguió que los dos responsables de la paliza fueran entregados a la justicia. Recayó sobre cada uno de ellos una sentencia de diez años por homicidio. El gobierno de Mubarak había reaccionado tarde y mal. A pesar de que el 27 de enero de 2011 Ghonim fue detenido y el acceso a Internet suspendido en todo el país durante doce días, la bola de nieve era demasiado grande y, junto con la influencia de la Revolución de los Jazmines que había estallado en Túnez, el pueblo se echó a la calle. El dictador tenía contadas las horas en el poder. CUANDO HABLAR ES DELITO Una de las obsesiones de los regímenes autoritarios es el control de la información. Los medios de comunicación de masas pueden influir en la población lo suficiente para causar su derrocamiento. Parte del éxito de un dictador consiste en tener a la población convencida de que es necesaria su presencia o, por lo menos, mantenerla apaciguada, porque ni el más poderoso de los ejércitos puede controlar a un pueblo cuya mayoría esté enfurecida. Las fuerzas armadas están formadas por personas de ese mismo país y, como tales, son susceptibles de ser influidas también. Así, una de las primeras formas de detectar una deriva autoritaria es la prohibición de la prensa no afín. En España el control de las publicaciones estuvo presente durante toda la dictadura de Franco y hasta, por lo menos, el real decreto-ley 24/1977 de 1 de abril. Hoy, el secuestro de números solo puede hacerse bajo las órdenes de un juez. Hasta entonces, la Administración lo ejecutaba ante cualquier obra contraria a los Principios Fundamentales del Movimiento o tan solo molesta para el gobierno. La llegada de Internet ha causado una revolución sin precedentes en las comunicaciones, con una velocidad sorprendente: las posibilidades aparecen y se multiplican mucho más rápido que la legislación que pueda regularlas. Esto es peligroso para los totalitarismos por dos motivos. Por un lado, los disidentes no necesitan reuniones personales o utilizar vulnerables teléfonos para llamarse. Hoy www.lectulandia.com - Página 195

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