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8 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

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ordenadores, sabía detalles íntimos que usaba para amenazarlas hasta el punto de que alguna de las chicas tenía miedo incluso de salir de casa. Habían dejado de acudir a clase y de hablar con sus amigos, debido al pánico. Todo eso sin llegar a ponerles un dedo encima. No es necesario para arruinar muchas vidas. En su caso, al menos ochenta y una se presentaron al juicio, de las más de doscientas cincuenta que localizó la Policía Nacional. Otros autores, los menos, desean llegar al contacto físico. Fue el caso de la Operación Tamo. Manuel Joaquín Blanco García buscaba a chiquillas de doce años a las que «enamoraba» y esperaba a que cumpliesen los trece para tener relaciones sexuales con ellas, lo que hacían engañadas. Lo hizo en al menos dos ocasiones, aunque los intentos se contaban por miles. Si se resistían o querían terminar la «relación», la crueldad de sus acciones no conocía límite, llegando a causar trastornos alimentarios y depresiones severas. Un individuo de cincuenta años tiene conocimientos y experiencia vital más que suficiente para conducir a chiquillas de esa edad como quiera, más aún cuando lleva dedicadas miles de horas de su vida a aprender cómo hacerlo mejor y a buscar los potenciales objetivos, inabarcables. En los servicios ocultos de la red TOR existen sitios web dedicados al tráfico de imágenes que proceden en exclusiva del grooming. Allí se reúnen acosadores sexuales de todo el mundo para poner en común sus hazañas. Entre ellos se felicitan y se dan respaldo psicológico. Su mayor recompensa —y la única— es el espaldarazo social en su reducido círculo. Uno de esos tipos era Arturo Dodero Tello, un peruano que se hacía llamar Maxi cuando entraba a la web con mayor tráfico de delincuentes sexuales de habla española, Lolita City, hoy desmantelada e inactiva. Su forma de actuar, expansiva y cuidadosa, sembró de víctimas España e Iberoamérica. La Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional tenía monitorizada la página en la que iban apareciendo, con preocupante regularidad, nuevas víctimas. A menudo lloraban e imploraban que las dejase en paz, con vacuo resultado y ante los aplausos de sus secuaces. En los textos que acompañaban a sus vídeos, afirmaba ser argentino, algo que no convencía a los investigadores. Su forma de escribir no era europea, pero tampoco parecía platense. Ver los vídeos, uno tras otro, y no poder hacer nada era tan frustrante como angustioso. Las niñas existían. Eran reales. Cada día había más. ¿Era imposible encontrar al autor? Dentro de TOR las IP van cifradas, ya lo sabemos. Esa vía quedaba descartada. Los investigadores empezaron a usar caminos alternativos. Tal vez si consiguieran identificar a alguien que apareciera en los vídeos… Así se pusieron a una de las tareas más exigentes para la psique de cualquier persona normal, y también de las más importantes en su trabajo, la identificación de víctimas. Procedieron a desmenuzar cada uno de los vídeos que Maxi iba subiendo, estudiando hasta el mínimo detalle. Había que encontrar algo que pudiera servir. Algún despiste. Algún error. Siempre los cometen. Este caso tenía la dificultad añadida de que del autor, como perpetraba sus crímenes detrás de una cámara web, no iba a aparecer www.lectulandia.com - Página 36

ningún elemento personal que lo señalase. La suerte, como es habitual, sonríe a quien la busca. Una de las niñas aparecía vestida con un uniforme escolar en el que se veía, diminuto y borroso, el escudo del centro. Podía estar en cualquier lugar del mundo o la policía podría no ser capaz de descifrarlo. Su perseverancia les dio la recompensa. Era un colegio de Las Palmas de Gran Canaria. Tenían su rostro y sabían dónde estudiaba. Lo más complicado estaba hecho. Un equipo de la Brigada de Investigación Tecnológica se desplazó a las Islas Afortunadas y no tardaron en poder entrevistar a la pequeña y a sus padres, que, como es natural, dieron permiso para estudiar su ordenador. Entre los contactos de Skype de la niña estaba el correo utilizado por Maxi, según ella misma les indicó y pudieron corroborar. TOR es lento y con poco ancho de banda, quizá demasiado escueto para realizar videoconferencias. Había tenido que arriesgarse y utilizar una conexión abierta, fuera de la seguridad del enmascaramiento de IP. Sus accesos reales llevaban a Perú, lo que era consistente con las investigaciones previas. El mismo equipo de profesionales de la BIT cogió un avión y aterrizó en Lima para coordinarse con la División de Investigación de Delitos de Alta Tecnología de la Policía Nacional de aquel país, que prestó todo su apoyo y colaboración. Juntos, no tardaron en encontrar el domicilio que Dodero compartía con sus padres. Obtenido el permiso para el allanamiento del domicilio y acompañados de la fiscal peruana, se dispusieron a la ejecución de la diligencia. El sospechoso vio llegar a los agentes e intentó darse a la fuga. Fue interceptado antes de coger la suficiente distancia y conducido al interior del recinto. Los agentes españoles que asistían en calidad de invitados obtuvieron permiso para ayudar a sus homólogos a revisar el ordenador presente en el domicilio. Para su disgusto, no encontraron nada, más allá del programa que permitía acceder a TOR. Indicio marginal en el mejor de los casos. Existía la posibilidad de que no pudieran acusar de nada a uno de los tipos más malvados y crueles con los que se habían enfrentado. Uno de los agentes españoles, Pedro Romero, reparó en que uno de los puertos USB del equipo, por los que se podían conectar elementos de almacenamiento masivo como pendrives o discos duros extraíbles, estaba inmaculado, mientras que los demás presentaban una más que notable suciedad. Algo había estado pinchado ahí. Como el investigado no quería contestar, iniciaron una concienzuda revisión de toda la casa, centímetro a centímetro. ¡Tenían que encontrarlo! Las horas pasaban sin que el dispositivo apareciese. Quizá lo había destruido antes de iniciar su abortada huida o tal vez lo había arrojado fuera de la vivienda, donde alguien podría habérselo llevado. Cuando ya parecía todo perdido, los policías tuvieron una sospecha. El padre no se había levantado del sitio en que se encontraba durante todo el tiempo, mientras que el resto de personas presentes en el domicilio se movían de un sitio a otro. Se le ordenó apartarse del sillón y, debajo, apareció un disco duro que poco tiempo llevaba allí. En él se encontraban todas las pruebas necesarias. Maxi había sido detenido y retirado de la circulación. Incluso sin poder www.lectulandia.com - Página 37

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