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7 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

le resulta una verdadera

le resulta una verdadera bicoca. Alphabay no fue el primero ni el más importante de estos mercados negros virtuales. Dejando a un lado The Farmer’s Market —el mercado del granjero—, se puede decir —aunque no sea del todo cierto— que todo empezó con Silk Road, «La Ruta de la Seda». Hay que remontarse hasta 2011 para encontrar a un individuo que se hacía llamar el Temido Pirata Roberts (Dread Pirate Roberts), en claro homenaje al protagonista de la novela de William Goldman y posterior película de culto La princesa prometida (The Princess Bride, Rob Reiner, 1987). Como él, escondía su verdadera identidad tras una máscara —en este caso, el enrutamiento TOR en vez de un trapo negro sobre su rostro— y, durante un tiempo se temió, de forma infundada que, como su sosias, no fuese una persona sino una pluralidad; es decir, que se llamaba Dread Pirate Roberts a quien estuviera administrando esos negocios ilegales en un determinado momento. El mismo Pirata jugó con eso al afirmar a la revista Forbes en una entrevista en que no se desvelaba su identidad, que él era tan solo el que había heredado la empresa del anterior dueño. Sin embargo, al contrario que el de ficción, el real tenía unos propósitos mucho más oscuros que encontrar «el amor verdadero». El hombre detrás del apodo se llamaba Ross William Ulbricht, un tejano de Austin, nacido el 27 de marzo de 1984, de pelo castaño alborotado y ojos verde oscuro. Estudió en la Universidad de Dallas, en la que se graduó en Física en 2006. Poco después se sintió atraído por teorías libertarias y contra todo tipo de regulación estatal. Su ídolo era el político y filósofo republicano —y antiguo miembro del Partido Libertario, que lo propuso como candidato a presidente de los Estados Unidos en 1988— Ron Paul, cuyas ideas, según él mismo, se resumen en que «la función correcta del gobierno es proporcionar la defensa nacional, un sistema legal para disputas civiles, una justicia penal para casos de agresión y fraude y poco más». Ulbricht inició una carrera de especulador a corto plazo —mediante la técnica conocida como day trading, que consiste en comprar bienes, sobre todo productos financieros, y venderlos el mismo día, aprovechando las fluctuaciones del mercado— que no tardó en fracasar. Después lo intentó, con la misma suerte, con empresas de videojuegos y una librería de reventa en su ciudad natal, llamada Good Wagon Books, que se hundió —literalmente: colapsó bajo el peso de los cincuenta mil volúmenes que guardaban en ella—. En 2010 conoció la moneda virtual Bitcoin. No tardó en descubrir su potencial, sobre todo su falta de control gubernamental, que permitía pagos casi indetectables. Alrededor de ella crearía el proyecto de su vida, siguiendo sus propias directrices morales y políticas, la página web Silk Road. Según su propia definición, que plasmó en su diario personal, «la idea era crear un sitio web donde la gente pudiera comprar cualquier cosa de forma anónima, sin rastro alguno que pudiera detectar quiénes eran». La alojó en un servicio oculto de TOR al que solo se podía acceder a través de este sistema. Eso significaba, como ya hemos visto, que era en extremo difícil saber dónde se encontraba alojada o quién la manejaba. Después de un periodo de desarrollo y programación de seis meses, el sitio vio la luz www.lectulandia.com - Página 96

en febrero de 2011. Estaba pensado como un «mercado anónimo total» en el que se podía vender todo tipo de productos sin control gubernamental alguno, tanto legales como ilegales. Como es lógico, los segundos eran casi la totalidad. De hecho, solo los diferentes tipos de drogas llegaron a ser el setenta por ciento del total de lo ofrecido. Para comerciar con sillas de jardín hay sitios menos complicados donde hacerlo. El uso de Bitcoins la diferenciaba de sus antecesoras, como la mencionada The Farmer’s Market, que utilizaba servicios como Western Union o PayPal, más fáciles de investigar. No obstante tenía un cierto código moral, ya que prohibía bienes robados, pornografía infantil y titulación falsa. Por otro lado, permitía y hasta apoyaba que incluso niños pudieran acceder y comprar. La web se identificaba con un dromedario verde sobre el cual se encontraba sentado un beduino, referencia a los comerciantes que cruzaban desde China hasta Europa en la Edad Media, siguiendo la Ruta de la Seda original, de la que había tomado el nombre. A la izquierda, debajo del logotipo, estaba el listado de bienes y productos, que comenzaba con un listado de drogas, clasificado por su tipo: cannabis, disociativos, éxtasis, opiáceos, psicodélicos, estimulantes… Incluso se vendían precursores, para que el cliente pudiera sintetizar en su propio domicilio. A continuación, el resto de servicios y materiales, desde tarjetas de crédito a supuestos asesinos por encargo. También fuegos artificiales, artículos eróticos y un largo etcétera casi vacío en muchos casos. Por ejemplo, en la categoría de pirotecnia apenas se ofrecían un par de elementos a la venta. En la zona central de la pantalla se podía acceder al detalle de los elementos a la venta, unos doce a la vez, cada uno de los cuales iba identificado por una fotografía con su rótulo (como «4 gramos de cocaína, escamas de cristal puras») seguida del precio, en Bitcoins, un problema para el usuario medio. Al carecer de control alguno, su precio puede fluctuar hasta un sesenta por ciento de un día a otro, por lo que había que tener una tabla abierta con las equivalencias del momento. Dependiendo del momento y de la agilidad del vendedor, la misma cantidad podía costar trescientos o ciento veinte euros al cambio. Haciendo clic en cada imagen se accedía a su página de venta, donde se mostraban detalles de la sustancia y de la transacción, como a qué regiones del mundo se enviaba, si existían gastos de transporte, en qué condiciones (por ejemplo en sobres que simulaban contener postales de viaje). Otro detalle más importante aún era el sistema de pago, que podía ser directo, entre cliente y vendedor, o indirecto, donde el dinero quedaba retenido por un intermediario, que era la propia web, hasta que se recibía el material solicitado, como control para evitar fraudes. Por último, se podía acceder a la página del mercader y observar el número de transacciones y la puntuación —positiva, negativa o neutra— que había recibido de sus otros clientes. También los compradores eran evaluados de la misma manera y alguien que no tuviera una buena reputación virtual no conseguiría que nadie estuviese dispuesto a venderle. A la derecha de la pantalla principal había un apartado para «noticias», como la www.lectulandia.com - Página 97

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