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Camboya-Memoria

Revista de Estudios

Revista de Estudios sobre Genocidio mente, era “curada” por medio de la ejecución. De hecho, la ejecución funcionaba como el medio más directo y riguroso para obliterar recuerdos contra-revolucionarios del pasado. v Chlat fumaba mientras me contaba las historias de cómo su familia se iba caminando de Phnom Penh bajo el abrasador sol, a veces avanzando sólo un metro en dos horas, de cómo los Jemeres Rojos requisaron su reloj, diploma, y ropa, cómo su cuñado, un antiguo oficial militar, fue identificado y llevado, para nunca regresar, y cómo su abuelo murió y fue enterrado al costado del camino en una tumba señalizada sólo con incienso. La primera vez, me ofreció un cigarrillo, que rechacé. Él sonrió de forma tirante y me contó cómo había empezado a fumar durante KD cuando le fue asignado transportar excremento humano desde las letrinas para que pudiera ser utilizado como fertilizante. Explicó, “el olor era insoportable y los cigarrillos tapaban el hedor. Después de que dejé de trabajar ahí, continué fumando debido al hambre. Nunca estaba lleno pero cuando fumaba mi hambre disminuía”. En otra oportunidad me dijo que fumaba porque su cabeza estaba muy ocupada. Si cavilaba sobre algún tema difícil como KD, fumar aliviaba su corazón. A medida que Chlat recordaba estos acontecimientos, iba dando una pitada a su cigarrillo, las brasas por un momento radiantes como sus recuerdos, luego ceniza. Normalmente nos reuníamos al anochecer en la casa de un amigo en común, luego de que Chlat terminara de trabajar en la oficina del gobierno provincial. La electricidad a menudo fallaba y el solía sentarse en una mesa débilmente iluminada por una sola vela y el extremo del cigarrillo encendido, que dibujaban su contorno y proyectaban sombras contra las paredes. Fue en una de esas noches que me contó por primera vez cómo su hermano giró su rumbo hacia la Pagoda en la Colina de los Hombres en 1977, en medio de una grave purga. La familia de Chlat había vuelto al pueblo natal de sus padres, donde la gente conocía el sospechoso trasfondo urbano; su hermano mayor Sruon había trabajado allí en la industria de importación y exportación. Hablando bajo en un tono monocorde, interrumpido por largas pausas y repentinos golpes de su cigarrillo contra el cenicero, Chlat recordaba cómo Sruon fue llevado a la Pagoda, la cual había sido transformada en un centro de exterminio: Primero oímos que los camiones habían estado viniendo para llevar gente de cooperativas vecinas a una “aldea nueva”. Se difundían rumores de que la gente era llevada para ser asesinada. Los camiones llegaron a mi aldea sin previo aviso. Nadie había sido informado. La gente comenzó a ser llevada al mediodía. Podías ver que se trataba fundamentalmente de gente de 1975, en especial aquellos que eran perezosos o incapaces de trabajar duro, a quienes se les había ordenado ir a la nueva aldea (...) Cuando el nombre [de mi hermano mayor] Sruon no fue pronunciado −había estado enfermo y no había podido trabajar mucho últimamente, con lo cual estábamos preocupados− él no podía creer su suerte. No paraba de decirnos a mí y a mi padre, “soy realmente afortunado. Debo haber realizado buenas acciones en el pasado para escaparle a la muerte, porque esa gente no está yendo a un lugar nuevo, están yendo a ser asesinados y desechados”. El nombre de Sruon aún no había sido llamado a las 8:00 de esa noche. Recién había terminado de decir “estoy fuera de peligro. No voy a morir” cuando Sieng, el jefe de la aldea, dio unos golpecitos en nuestra puerta y dijo a Sruon, ‘”recoge tus cosas. Los camiones te llevarán a una nueva aldea”. Sruon dejó de hablar y 30

Verdad, Representación y las Políticas de la Memoria después del Genocidio se sentó lentamente sobre la cama, aterrado, pensando en lo que él sospechaba que iba a sucederle a su familia. Finalmente, dijo “de modo que mi nombre está en la lista también”. Alguien, supongo que podría haber sido un familiar lejano mío que espiaba para los Jemeres Rojos, debe haberlos hecho reemplazar su nombre por el de mi hermano a último momento. Sruon ordenó a su mujer e hijos que se prepararan para ir. Me dijo, “cuida de papá y nuestros hermanos. En cuanto a mí, no creas que me están llevando a un nuevo lugar. No existe tal. Nos están llevando para matarnos”. Todo estaba calmo; nadie hablaba. Todo lo que se podía escuchar era el golpeteo de la lluvia. A las personas cuyos nombres eran llamados se les ordenaba reunirse en una pagoda cercana. Sruon levantó a su hijo menor, protegiéndolo de la lluvia y el barro, y llevó a su familia allí. Se estaba haciendo tarde, entonces los Jemeres Rojos ordenaron a todos quedarse a dormir en la pagoda esa noche. Los guardias impedían que la gente saliera del establecimiento. Los niños lloraban de hambre porque no se les daba comida. Al día siguiente, con las primeras luces, los Jemeres Rojos cargaron a todos en los camiones y partieron. Mi hermano y su familia entera fueron ejecutados en la Pagoda en la Colina de los Hombres (...) Algunos días después, se distribuyó ropa a gente en nuestra aldea. Eran las prendas de la gente que había sido cargada en los camiones. Yo los vi entregar las ropas de mi hermano. El recuerdo que tiene Chlat de la muerte de su hermano es escalofriante, más aun cuando uno tiene en cuenta que, en toda Camboya, millones de personas soportaron similares situaciones de muerte, sufrimiento, y terror durante KD. Tales recuerdos, y las emociones intensas que evocan, han probado ser una dinámica poderosa en Camboya, en la medida en que diferentes grupos han reescrito el horizonte del pasado de KD para satisfacer las necesidades del presente, reivindicando su legitimidad y autoridad moral en el proceso. v Este artículo explora varias dimensiones de esta política de la memoria, en especial aquella de la República Popular de Kampuchea (RPK), el sucesor de KD apoyado por los vietnamitas, la cual ligó su legitimidad, de forma tan estrecha, a una serie de narrativas discursivas sobre este pasado violento. Además, podemos percibir otro extenso cambio en la política de la memoria de Camboya cerca de la época de las elecciones de 1993 apoyadas por la ONU en Camboya. En ese momento, organizaciones no gubernamentales proliferaron en Camboya y discursos sobre reconciliación, derechos humanos, y justicia, fueron localizados, a menudo en términos budistas, en otra revisión de la memoria del pasado genocida. Nuevos cambios pueden percibirse nuevamente con el comienzo, en julio del año 2006, del juicio respaldado por la ONU a los antiguos líderes de los Jemeres Rojos. Luego de discutir el aparato de verdad, conocimiento, poder, y memoria de la RPK, pasaré a una reflexión acerca del budismo, el cual ha operado tanto en conjunción como en disyunción con las narrativas a nivel estatal, así como lo han hecho otros discursos a nivel local e internacional. Legitimidad y liberación En enero de 1979, cuando un ejército apoyado por los vietnamitas invadió Camboya, poniendo fin al régimen de los Jemeres Rojos, las arenas de la memoria se modificaron una vez más. Las calles de Camboya comenzaron a llenarse de gente, algunos regresando a vidas y hogares perdidos, otros buscando unos nuevos, y 31

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