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pa, viví un año en

pa, viví un año en zona militarizada. Durante ese tiempo hicimos giras hacia EEUU con gente afectada directamente por la guerra. Íbamos a dar charlas por uno o dos meses para concientizar a la sociedad norteamericana. El último viaje que hicimos fue en septiembre del 86. Recuerdo que iba una mujer de Lagartillo que había perdido a su esposo y a una hija en un ataque perpetrado por La Contra. También iba una mujer suiza que perdió a su marido en otra emboscada cerca de Somotillo. A finales del 86, regresé al país y me junté con la mujer que luego sería mi esposa. Una cooperante norteamericana. Juntos nos fuimos a la zona más dura de la guerra: Río Blanco, Matagalpa. En el 87 y 88 trabajamos con una organización que estaba construyendo asentamientos en esa zona. Primero hicimos un camino desde Río Blanco hacia Mulucucú, luego otro que iba a San José de Bocay y finalmente un trecho que iba hacia Bocana de Paiwas (RAAS). Construimos 12 asentamientos, los cuales fueron objeto de ataque muy fuerte por parte de la Contra. Muchos proyectos eran coordinados mutuamente entre la iglesia y el gobierno. Trabajamos con permiso militar durante dos años. Luego, mi pareja y yo, decidimos casarnos en Río Blanco, en abril del 88. Hace ya 25 años. Pronto salió embarazada y en noviembre decidimos salir hacia Canadá donde tuvimos a nuestra hija. Estábamos muy impactados por la experiencia de la guerra. Para poder asimilarla, mi esposa decidió estudiar Teología en agosto del 89. Regresamos en el 90. Yo siempre quise aportar al esfuerzo de lucha contra la guerra. La presencia de muchos internacionalistas en Nicaragua, evitó una intervención militar directa por parte de EEUU. Sabíamos que Reagan era capaz de mandar tropas y sentimos que eso pasaría en cualquier momento. Nues- 108

tro enfoque era traer delegaciones, tomar testimonios, meternos en los medios y trabajar con los cooperantes para luego acercarnos a los congresistas y senadores de nuestro país. Fue una labor de hormiguitas. Pero valió la pena. Desde la primera vez que vine a Nicaragua, me sentí acogido por la gente. Sólo recuerdo una protesta de la “derecha” en la cual sentimos el odio hacia los internacionalistas, me parece que era gente de la iglesia católica y nos tildaban de “comunistas criminales”. Pero, en general, la gente común y corriente estaba muy agradecida por nuestra presencia. Decidí quedarme en Nicaragua, a pesar de la derrota del 90. Me sentía mucho más cómodo viviendo aquí que en EEUU. Sin embargo, iba y venía. Lo mismo le pasaba a mi esposa. Pienso que mi hija, criándose entre Nicaragua y EEUU, tendría la oportunidad de escoger dónde y con quiénes vivir. Siempre sentí que la relación humana entre los nicaragüenses era mucho más profunda que las relaciones humanas dentro de la sociedad gringa”. Lillian Hall, 52 años. “Nací en la ciudad de Wilmington, en el estado de Delaware. A los nueve años me fui a Arizona. Soy Ingeniera Agrónoma. Yo estaba en la universidad en el 79, estudiando agricultura internacional con el fin de ir a América Latina para trabajar como ingeniera agrónoma. Era mi sueño. A inicios de la década del 80, me metí en un grupo de solidaridad llamado CUSLAR (Committee on U.S. - Latin American Relations). La solidaridad no sólo era con Nicaragua, sino también con El Salvador, Guatemala y Chile. Yo quería saber lo que nuestro gobierno había hecho en muchos lugares del mundo con nuestros impuestos. Y quería ver con mis propios ojos lo que pasaba en Nicaragua, un lugar del que hablaban maravillas. En diciembre del 82, durante la “luna de miel” entre el pueblo nicaragüense 109

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